L'ÉTOURDI,
di Jacques Lacan
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Al contribuir al 50 aniversario del
Hospital Henry-Rousselle, por el favor que los míos y yo allí
recibimos en un trabajo del cual indicaré lo que sabía hacer, es
decir, pasar la presentación, rindo homenaje al doctor Daumézon,
que me lo permitió.
Lo que sigue nada prejuzga, según mi costumbre, del interés que
le prestará su destino: mi decir en Sainte-Anne fue vacuola,
igual que en Henry-Rousselle y, ¿se imaginan?, desde hace casi
el mismo tiempo guardando en cualquier caso el valor de esa
carta que digo llega siempre donde debe.
Parto de migajas, ciertamente no filosóficas, puesto que son el
relieve de mi seminario de este año (en París I).
Allí, en dos oportunidades, escribí en la pizarra (de una
tercera en Milán donde, itinerante, las había convertido en
pancarta para un flash sobre el "discurso psicoanalítico") estas
dos frases:
Que se diga queda olvidado tras lo que se dice en lo que se
escucha.
Este enunciado que parece de aserción por producirse en una
forma universal, es de hecho modal, existencial como tal: el
subjuntivo con que se modula su sujeto lo testimonia.
Si el bienvenido que de mi auditorio me responde lo bastante
como para que el término seminario no sea demasiado indigno de
lo que traigo de palabra, no me hubiese desviado de estas
frases, hubiera querido demostrar, por su relación de
significación, el sentido que toman con el discurso
psicoanalítico. La oposición que evoco aquí habrá de ser
acentuada mas adelante.
Recuerdo que con la lógica este discurso toca a lo real, al
encontrarlo como imposible, por lo cual es el discurso que la
lleva a su última potencia: ciencia, he dicho, de lo real. Que
aquí me perdonen los que, por ser los interesados, no lo saben.
Aún me anduviese yo con miramientos, los acontecimientos se lo
enseñarían muy pronto.
La significación, por ser gramatical, rubrica primero que la
segunda frase se refiere a la primera, al convertirla en su
sujeto bajo la forma de un particular. Dice: este enunciado, y
luego lo califica con el asertivo de postularse como verdadero,
lo cual confirma porque tiene la forma de la proposición llamada
universal en lógica: en todo caso queda el decir olvidado tras
lo dicho.
Pero de antítesis, esto es, en el mismo plano, en un segundo
tiempo, denuncia su semblante: al afirmarlo por el hecho de que
su sujeto es modal, y al probarlo porque éste se modula
gramaticalmente como: que se diga. Cosa que ella convoca no
tanto a la memoria sino, como se dice: a la existencia.
La primera frase no pertenece pues a ese plano tético de la
verdad que el primer tiempo de la segunda asegura, como de
costumbre, mediante tautologías (aquí dos). Se evoca que su
enunciación es momento de existencia, que situada con el
discurso, "ex-siste" a la verdad.
Reconozcamos aquí la vía por donde adviene lo necesario: en
buena lógica, se entiende, la que ordena sus modos de proceder
desde donde accede, o sea, ese imposible, módico sin duda aunque
por ello incómodo, de que para que un dicho sea verdadero
todavía hace falta que se diga, que decir haya.
Con lo cual la gramática mide ya fuerza y debilidad de las
lógicas que se aislan de ella, para, con su subjuntivo,
escindirlas, e indica que concentra su poder, por desbrozarlas a
todas.
Pues, insisto en ello una vez mas, "no hay metalenguaje" tal que
alguna de las lógicas, por armarse de la proposición, lo pueda
usar de báculo (que cada una se quede con su imbecilidad), y si
alguien cree poder encontrarlo en mi referencia, mas arriba, al
discurso, lo refuto porque la frase que parece ahí ser el objeto
de la segunda, no por ello se aplica menos significativamente a
ésta.
Pues esta segunda, que se la diga queda olvidado tras lo que se
dice. Y ello, de modo tanto mas impresionante que es asertiva,
sin remisión, hasta el punto de ser tautológica en las pruebas
que ofrece -al denunciar en la primera su semblante, postula su
propio decir como inexistente, ya que al cuestionar a ésta como
dicho de verdad, a la existencia hace responder de su decir, y
no porque haga existir este decir, ya que sólo lo denomina, sino
porque le niega la verdad- sin decir.
Si se extiende este proceso, nace la fórmula, mía, de que no hay
universal que no tenga que contenerse con una existencia que lo
niega. Así, el estereotipo de que todo hombre es mortal no se
enuncia desde ninguna parte. La lógica que le pone fecha, no es
sino la de una filosofía que simula esa nulibiquidad, ese hacer
de coartada para lo que denomino discurso del amo.
Ahora bien, no de este solo discurso, sino del lugar donde toman
turno otros (otros discursos), el que designo como el del
semblante, toma un decir su sentido.
Este lugar no es para todos, pero les ex-siste, y de allí se
homologa (se hombreloga) que todos son mortales. Sólo pueden
serlo todos, puesto que a la muerte se les delega de este lugar,
y es bien necesario que sean todos pues ahí se vela por la
maravilla del bien de todos. Y particularmente cuando lo que ahí
vela pone semblante de significante amo o de saber. De allí el
sonsonete de la lógica filosófica.
No hay pues universal que no se reduzca a lo posible. Aún la
muerte, ya que ésa es la punta con la que ella se articula. Por
universal que se la postule, nunca deja de ser mas que posible.
Que la ley se aligere por afirmarse como formulada desde ninguna
parte, es decir, con ser sin razón, confirma aun mas de dónde
asale su decir.
Antes de devolver al análisis el mérito de esta apercepción,
saldemos cuentas con nuestras frases señalando que el "en lo que
se escucha" de la primera, empalma asimismo con la existencia
del "queda olvidado" que destaca la segunda y con el "lo que se
dice" que ella misma denuncia como cubriendo ese resto.
Con lo cual acoto, de paso, el defecto del intento
"transformacional" por hacer lógica recurriendo a una estructura
profunda supuestamente arborescente.
Y vuelvo al sentido a fin de recordar el esfuerzo que necesita
la filosofía -la última en salvar su honor por estar al día y
haber llegado a la página que el analista hace ausente- para
percibir aquello que, del analista, es el recurso de cada día:
que nada esconde tanto como lo que revela, que la verdad,
Aleteia=Verborgenheit.
De modo que no reniego de la fraternidad de este decir, puesto
que lo repito solo a partir de una práctica que, al situarse
desde otro discurso, lo vuelve incuestionable.
Para los que me escuchan ...o peor, este ejercicio no hubiese
hecho mas que confirmar la lógica con la que se articulan en el
análisis castración y Edipo.
Freud nos encamina a que el ausentido (ab-sens) designa el sexo:
en el bulto de este sentido áureo (ab-sexe) se explaya una
topología donde la palabra es lo tajante.
Partiendo de la locución: "eso ni que decir", se ve que sin
decir no andan muchas cosas, casi ninguna, y tampoco la cosa
freudiana tal como la situé de ser lo dicho de la verdad.
No andar sin... es hacer pareja o, como se dice, que "las cosas
no andan solas".
Es así como lo dicho no anda sin decir. Pero si lo dicho se
postula siempre como verdad, así sea sin pasar nunca de un
mediodicho (tal me expreso yo), el decir solo se acopla allí por
ex-sistir, o sea, por no ser de la dimensión, de la dichomansión
de la verdad.
Es fácil hacer sentir esto en el discurso de la matemática donde
constantemente el dicho se renueva por tomar su sujeto de un
decir antes que de realidad alguna, así tenga que a ese decir
sumarle la continuación propiamente lógica que implica como
dicho.
No se necesita el decir de Cantor para palpar esto. Comienza con
Euclides.
Si recurrí este año al primero, o sea, a la teoría de los
conjuntos, fué para traer la maravillosa florescencia que por
aislar en lógica lo incompleto de lo inconsistente, lo
indemostrable de lo refutable, y hasta por anexarle lo
indecidible al no lograr excluirse de la demostrabilidad, nos
pone tanto contra el muro de lo imposible como para que brote el
"no es eso", que es el vagido que clama por lo real.
Dije discurso de la matemática. No lenguaje de la misma. Tengas
en cuenta para el momero de retornar al inconsciente,
estructurado como un lenguaje, he dicho desde siempre. Pues en
el análisis es donde se ordena en discurso.
Queda por recalcar que el matemático tiene con su lenguaje los
mismos tropiezos que nosotros con el inconsciente, para
traducirlo de ese pensamiento que no se sabe de qué habla, y aún
para asegurarlo como verdadero (casamatas).
Por ser el lenguaje mas propicio para el discurso científico, la
matemática es la ciencia sin conciencia que convierte en promesa
nuestro buen Rabelais, aquella ante la que el filósofo solo
puede quedar obtuso: esto alegraba a la gaya ciencia que
presumía por ello la ruina del alma. Por supuesto, le sobrevive
la neurosis.
[NOTA] El filósofo se inscribe (en el sentido en que se dice de
una circunferencia) en el discurso del amo. Hace en él de bufón.
Eso no quiere decir que sea tonto; es hasta mas que utilizable.
Lean a Shakespeare.
Tampoco es eso decir que sepa lo que dice. El bufón de corte
tiene un papel: el de ser quien hace las veces de la verdad.
Puede hacerlo expresándose como un lenguaje, igual que el
inconsciente. Que por ello esté, él, en la inconsistencia es
secundario, lo importante es que alguien haga las veces.
Así Hegel, aunque habla tan exactamente del lenguaje matemático
como Bertrand Russell, no deja de fallar el tiro: pasa que
Russell está en el discurso de la ciencia.
Kojève, a quien considero mi maestro, por haberme iniciado en
Hegel, tenía la misma parcialidad respecto de la matemática,
pero es preciso decir que había llegado al tiempo de Russell, y
que solo filosofaba en virtud del discurso universitario bajo el
cual se había cobijado, pero sabiendo perfectamente que su saber
no funcionaba en él mas que como semblante y tratándolo como
tal: lo mostró en todas las formas habidas y por haber,
entregando sus notas a quien podía sacarles beneficio y
postumando su irrisión de toda la aventura.
Este desprecio, tan suyo, se sostenía en su discurso de partida
que fué también a donde volvió: el alto funcionario sabe tratar
a los bufones como a los demás, o sea, como sujetos que son del
soberano. [Fin de la NOTA].
Señalado esto, el decir se demuestra, y por escapar de lo dicho.
Entonces, este privilegio sólo lo asegura al formularse en
"decir que no", cuando al ir al sentido, es el "contiene" lo que
se capta, no la contradicción -la respuesta, no la reasunción
como negación- el rechazo, no la corrección.
Responder así suspende lo que el dicho tiene de verdadero.
Lo cual se aclara con la luz rasante que el discurso analítico
aporta a los otros, al revelar los lugares modales con que se
cumple su ronda.
Voy a metaforizar ahora, con el incesto, la relación que la
verdad mantiene con lo real. El decir viene de donde él la
ordena.
¿Pero no puede haber también decir directo?
Decir lo que hay, es cosa que no les dice nada, queridos
amiguitos de la sala de guardia, llamada así sin duda porque se
guarda bien de contrariar el patronazgo al que aspira (sea cual
fuere).
Decir lo que hay, durante mucho tiempo era algo que encumbraba a
un hombre hasta esa profesión que ya sólo les obsesiona por su
vacío: el médico, que en todas las épocas y por toda la
superficie terráquea, sobre lo que hay, se pronuncia. Pero es
también por lo siguiente: que lo que hay sólo tiene interés por
tener que ser conjurado.
La historia ha reducido esta función sacramental hasta tal
punto, que comprendo vuestro malestar. Ni siquiera les cabe, la
época no está para eso, fungir de filósofos, última muda en la
que, haciendo de lacayos de emperadores y príncipes, los médicos
encontraron su supervivencia (léase a Fernel).
Sepan no obstante, aunque el análisis sea de una sigla diferente
-y pese a ello les atrae, lo cual es comprensible- de qué doy
testimonio primero.
Lo digo, por estar demostrado sin excepción respecto de los que
llamé mis "dandies": no hay la mas pequeña vía de acceso a Freud
que no esté recusada -y sin remisión en este caso- por la
elección de tal o cual analista.
Es que no hay formación del analista concebible fuera del
mantenimiento de este decir, y que Freud, por no haber forjado,
con el discurso del analista, el lazo que atase a las sociedades
de psicoanálisis, las situó desde otros discursos que
necesariamente tachan su decir.
Cosa que todos mis escritos demuestran.
El decir de Freud se infiere de la lógica que toma en su fuente
el dicho del inconsciente. En tanto que Freud descubrió ese
dicho, ex-siste.
Restituir este decir es necesario para que el discurso se
constituya del análisis (a lo cual contribuyo), y a partir de la
experiencia donde resulta que existe.
No se puede, este decir, traducirlo en términos de verdad ya que
de la verdad solo hay mediodicho, bien cortado, pero el que haya
ese mediodicho tajante (se conjuga hacia arriba: tú meditas, yo
malmedigo) sólo recibe su sentido de ese decir.
Este decir no es libre, sino que se produce por relevar a otros
que provienen de otros discursos. Por cerrarse en el análisis
(cf. mi Radiofonía, el número justamente anterior de este
aperiódico), su ronda sitúa los lugares con que se cerca este
decir.
Lo cercan como real, es decir, con lo imposible, el cual se
anuncia:
No hay relación sexual.
Esto supone que relación, ratio, proporción "en general", no hay
sino enunciada, y que lo real de ello sólo se asegura
confirmándose con el límite que se demuestra de las
consecuencias lógicas del enunciado.
Aquí límite inmediato, de que "no hay" nada que hacer para hacer
una proporción con un enunciado..
De esto, ninguna consecuencia lógica, lo que no es negable,
aunque ninguna negación basta para sostenerlo: solamente el
decir que: nohay.
Negó/no hay no conlleva en español la misma homofonía que
nya/nia (negación y pretérito de negar) en francés. Así, nia
(negó) basta para, con el pasado que significa, de cualquier
presente cuya existencia allí se connote marcar que nya (no hay)
huella.
Pero ¿de qué se trata? De la relación del hombre y de la mujer
en tanto precisamente fuesen apropiados, por habitar el
lenguaje, para hacer enunciado de esta relación.
¿Es la ausencia de esta relación lo que lo exila en estábitat?
¿Es por abitarlo que esta relación solo puede quedar en
entre-dicho?
No se trata de la pregunta: mas bien de la respuesta, y la
respuesta que la sustenta -por ser lo que la estimula a
repetirse- es lo real.
Admitámoslo: donde es-ahí. Nada se gana con remontarse al
diluvio cuando éste ya se narra por retribuir la relación de la
mujer con la gloria.
Ilustremos sin embargo esta función de la respuesta con un
apólogo, logo acosado de aúllos por el psicólogo quien lo
suministra, ya que el alma es aúllo, y con la (a) minúscula,
a(huyo).
Desgraciadamente, el psicólogo, por no fundar su sector mas que
en la teología, quiere que lo psíquico sea normal, y por ello
elabora lo que lo suprime.
El Innenwelt y el Umwelt en especial, cuando sería mejor que se
ocupara del hombre-vuelta o del hombre-voltio que hace el
laberinto de donde el hombre no sale.
La pareja estímulo-respuesta confiesa al fin sus invenciones.
LLAMAR respuesta a lo que permite al individuo mantenerse en
vida es excelente pero el que la cosa termine pronto y mal, abre
la pregunta que se resuelve en que la vida reproduce al
individuo, y por tanto reproduce asimismo la pregunta o, como se
dice en este caso, se repite, que es lo mismo que decir que ella
revienta.
Es precisamente lo que se descubre del inconsciente, el cual
entonces resulta ser respuesta, pero por ser ella quien
estimula.
Con lo cual también, aunque le pese, el psicólogo regresa al
hombre-vuelta de la repetición, esa que sabemos que se produce
desde el inconsciente.
La vida sin duda reproduce, Dios sabe qué y por qué. Pero la
respuesta sólo se hace pregunta donde no hay relación que
sustente la reproducción de la vida.
A no ser que el inconsciente formule: "¿Cómo se reproduce el
hombre?", que es lo que hace en este caso.
-"Reproduciendo la pregunta", es la respuesta. O "para hacerte
hablar", dicho-de-otro-modo que tiene el inconsciente, por
ex-sistir.
A partir de ahí tenemos que obtener dos universales, dos todos
bastante consistentes para poder separar en hablantes (quiénes,
por serlo, se creen seres), dos mitades que no se enreden
demasiado en la coiteración cuando a ella lleguen.
Mitad (moitié) dice en francés que se trata de un asunto de yo
(moi), y la mitad de pollo que abría mi primer libro de lectura
me desbrozó también el camino hacia la división del sujeto.
El cuerpo de los hablantes está sujeto a dividirse de sus
órganos, lo bastante para tener que encontrarles una función. Se
precisan a veces eras: por un prepucio que adquiere uso con la
circuncisión, véase el apéndice esperarlo por siglos enteros, de
la cirugía.
Así, del discurso psicoanalítico, un órgano se hace el
significante. Aquel del que puede decirse que se aísla en la
realidad corporal como carnada, por funcionar allí (la función
se la delega un discurso):
a) como fanera gracias a su aspecto de aditamento móvil que se
acentúa por su erectibilidad;
b) para ser anzuelo, donde este último acento contribuye en las
diversas pescas que hacen discurso de las voracidades con que se
tapona la inexistencia de la relación sexual.
Se reconoce ciertamente, aun en este modo de evacuación, el
órgano que por estar, digamos, "en el activo" del macho, hace a
éste, en el dicho de la copulación, merecer el activo del verbo.
Es el mismo a quien sus diversos nombres, en la lengua que uso,
muy sintomáticamente feminizan.
Es preciso sin embargo no equivocarse: en cuanto a la función
que le viene del discurso, pasó al significante. Un significante
puede servir para muchas cosas, igual que un órgano, pero no son
las mismas. En la castración, por ejemplo, si presta sus
servicios, no tiene (afortunadamente, en general) las mismas
consecuencias que si se tratase del órgano. Para la función de
carnada, si es el órgano el que se ofrece como anzuelo a las
voracidades que situábamos antes, digamos: de origyn el
significante en cambio es el pez que devora lo que precisan los
discursos para sustentarse.
Esto órgano que pasó al significante, horada el lugar desde
cobra efecto para el hablante, sigámoslo en eso de que se
piensa: ser, la inexistencia de la relación sexual.
El estado actual de los discursos que se alimentan de estos
seres, se sitúa desde este hecho de la inexistencia, desde este
imposible, no imposible de decir, sino que, ceñido por todos los
dichos, prueba ser lo real.
El decir de Freud así establecido se justifica por sus dichos
primero, con los cuales se prueba, lo que he dicho -se confirma
por haberse delatado en el estancamiento de la experiencia
analítica, que denuncio-, y podría desarrollarse con el
resurgimiento del discurso analítico, a lo cual me dedico, ya
que, aunque sin recursos, es de mi incumbencia.
[NOTA: Aquí se detiene lo que aparece a la vez en el memorial de
Henri-Rousselle.
En medio de la confusión en que el organismo parásito que Freud
injertó en su decir, hace él mismo injerto de sus dichos, no es
poca cosa dar pié con bola, ni dar el lector con un sentido.
El enredo es insuperable por lo que se prende a él de la
castración, de los desfiladeros por donde el amor cultiva el
incesto, de la función del padre, del mito en que el Edipo se
redobla con la comedia del Padre-Orang-te, del perorante
Padre-Után.
Se sabe que me esmeré durante diez años por hacer jardín a la
francesa de esas vías a las que Freud aupo adherirse en su
diseño, el primero, cuando sin embargo desde siempre lo que
ellas tienen de torcido era discernible para cualquiera que
hubiese querido sacar en claro lo que suple a la relación
sexual.
Aún era necesario que surgiese a la luz la distinción de lo
simbólico, lo imaginario y lo real: esto para que la
identificación a la mitad hombre y a la mitad mujer, donde acabo
de evocar que el asunto del yo domina, no fuese con relación
confundida.
Basta que el asunto de yo así como el asunto de falo hasta donde
tuvieron a bien seguirme hace un instante, se articulen en el
lenguaje, para que se conviertan en asunto de sujeto y dejen de
ser de la sola incumbencia de lo imaginario. Piénsese que ya
desde el año 56 todo esto hubiese podido darse por sabido, de
consentirlo el discurso analítico.
Pues en la "Cuestión Previa" de mis Escritos, que debía leerse
como la respuesta dada por lo percibido en las psicosis,
introduzco el Nombre-del-Padre, y con los campos (de los cuales
hay grafo en ese Escrito), que permiten ordenar la psicosis
misma, se puede calibrar su potencia.
No hay nada excesivo, en vista de lo que nos da la experiencia,
en poner bajo el acápite de ser o tener el falo (cf. mi
Bedeutung de los Escritos) la función que suple a la relación
sexual.
De allí una inscripción posible (en la significación donde la
posible es fundante, leibniziana) de esta función como X a lo
cual los seres van a responder por su modo de hacer allí
argumento. Esta articulación de la función como proposición es
de Frege.
Pertenece solo al orden del complemento que ofrezco mas arriba a
todo posición del universal en cuanto tal, el que sea preciso
que en un punto del discurso una existencia, como se dice, tache
de falsa a la función fálica, para que establecerla sea
"posible", que es lo poco de lo que puede pretender a la
existencia.
Precisamente a esta lógica se resume todo lo tocante al complejo
de Edipo.
Todo puede mantenerse si se desarrolla en torno a lo que yo
expongo de la correlación lógica de dos fórmulas que, al
inscribirse matemáticamente VX.X, y X.X, se enuncian:
.--la primera, para todo X se cumple X, lo cual puede
traducirse con una V que denota su valor de verdad. Esto
traducido al discurso analítico, cuya práctica es dar sentido,
"quiere decir" que todo sujeto en cuanto tal, ya que es eso lo
que está en juego en este discurso, se inscribe en la función
fálica para obviar la ausencia de relación sexual (la práctica
de dar sentido es justamente la de referirse a esta ausencia,
este ausentido);
.--la segunda, se da excepcionalmente el caso, familiar en
matemática (el argumento X=0 en la función exponencial 1/X), el
caso en que existe una X para la cual X, la función, no se
cumple, es decir, que al no funcionar queda excluída de hecho.
Precisamente, allí conjugo el todos de la universal, modificado,
más de lo que uno imagina, en el paratodo del cuantor, con el
existe-un que lo cuántico le aparea, siendo patente su
diferencia con lo que implica la proposición que Aristóteles
dice ser particular. Los conjugo porque el "existe-un" en
cuestión, al hacer de límite al paratodo, es lo que lo afirma o
lo confirma (cosa que un dicho ya objeta al contradictorio de
Aristóteles).
Ello se debe a que el discurso analítico versa sobre el sujeto,
que, como efecto de significación, es respuesta de lo real. Esto
lo articulaba yo, desde el 11 de abril de 1956, y está recogido
en texto, con una cita del significante asemántico, para gente a
quien hubiese podido interesarle por sentirse llamada a una
función de deyecto.
Desbroce, ciertamente, que no es para cualquiera que, por
montarse en el discurso universitario, lo desvía hacia ese moque
hermenéutico, y aún semiologizante, del que me imagino
responsable, rezumante por todos lados como está ahora, a falta
de una deontología que el análisis no les ha fijado aún.
Que yo enuncie la existencia de un sujeto postulándola en un
decir que no a la función proposicional X implica que se
inscriba con un cuantor del cual esta función queda cercenada
porque no tendría en ese punto ningún valor que pueda acotarse
como de verdad, lo que quiere decir de error tampoco, y lo falso
sólo habrá de entenderse falsus como de lo caído, en lo que ya
he hecho hincapié.
En lógica clásica, piensesé, lo falso se percibe sólo por ser de
la verdad el revés: él la designa también.
Es pues correcto escribir como lo hago: X.X. El uno que
existe, es el sujeto supuesto porque la función fálica falta
allí. No es mas, respecto de la relación sexual, que un modo de
acceso sin esperanza, pues el síncope de la función que sólo se
mantiene allí por ser semblante, por allí sembrarse, diría yo,
no basta ni para inaugurar esta relación, pero es en cambio
necesario para completar la consistencia del suplemento que hace
de ella, y esto por fijar el límite donde este semblante no es
mas que decencia, des-sentido (dé-sens).
Sólo opera entonces el equívoco significante, o sea, la astucia
con la cual la ausencia, el ausentido de la relación se tapona
hasta el punto de suspensión de la función.
El des-sentido, precisamente, por cargarlo a la cuenta de la
castración, lo denotaba yo de lo simbólico desde el 56 (al
inicio de los cursos: Relación de objeto, estructuras
freudianas; existe una reseña), distinguiéndolo por tanto de la
frustración, imaginaria, de la privación, real.
El sujeto se hallaba ahí ya supuesto, con solo aprehenderlo del
contexto que Schreber, a través de Freud, me había suministrado
mediante la consumación de su psicosis.
Ahí, el Nombre-del-Padre, al hacer lugar de su playa, demuestra
ser el responsable según la tradición.
Lo real de esta playa, al naufragar allí el semblante, "realiza"
sin duda la relación a la que suple el semblante, pero no mas de
lo que el fantasma sustenta nuestra realidad, lo que no es poco,
puesto que es todo, aparte de los cinco sentidos, si es que
quieren creerme.
La castración hace de relevo de hecho, como vínculo con el
padre, para lo que en cada discurso se connota de virilidad.
Hay pues dos dimensiones (dichomansiones) del paratodohombre, la
del discurso con el cual se paratodea y la de los lugares donde
eso se thombrea, eso es hombre (ça se thomme).
El discurso psicoanalítico se inspira en el decir de Freud por
proceder de la segunda primero, y de una decencia establecida
por abandonar ésos -con quien la herencia biológica es generosa
en cuanto al semblante. El azar que parece no poder reducirse
así tan pronto en esta repartición se formula con la sex-ratio
de la especie, estable, al parecer, sin que pueda saberse por
qué: ésos -valen por una mitad, ¡en mala hora, macho de mí!-.
Los lugares de este thombreo se disciernen por darle sentido al
semblante, -con él, a la verdad de que no hay relación,
-a un goce
que la suple,
-y hasta al producto de su complejo, al efecto llamado (gracias
a mí) plus de gozar.
Sin duda el privilegio de estas avenidas elegantes podría ser
una ganancia que se repartiese en dividendos mas razonados que
ese juego de cara o sello (dosificación de la sex-ratio), si no
fuese porque la otra dimensión con la que este menoscabo que es
el thombreo se paratodea demuestra que ello agravaría el caso.
El semblante, por fortuna para una mitad, resulta ser en efecto
de un orden estrictamente inverso a la implicación que la ofrece
al oficio de un discurso.
Me ceñiré a demostrarlo con lo que sufre el órgano mismo.
No sólo porque su thombreo sea un menoscabo a priori por hacer
de sujeto en el decir de los padres, pues para la hija puede ser
peor.
Antes bien, mientras mas ensartado por el a posteriori de los
discursos que le esperan, mas asuntos tendrá el órgano que
cargar.
Se le imputa ser emotivo.... ¡Ah! por qué no haberlo adiestrado
mejor, quiero decir educado. Para eso, por mas que se corra....
Se ve claro en el Satiricón que darle órdenes y hasta
implorarle, vigilarlo desde temprana edad, someterlo a estudio
in vitro, nada cambia en sus humores, los que equivocadamente se
cargan a cuenta de su naturaleza, cuando por el contrario, sólo
parque no le gusta lo que le obligan a decir se tranca.
Mejor sería, para amansarlo, tener esa topología de la que
dependen sus virtudes, por ser la que dije a quien quisiese
escucharme mientras se urdía la trama destinada a acallarme (año
61-62 sobre La identificación). La dibujé con un cross-cap, o
mitra como también se llama.... Que los obispos la usen de
sombrero, no sorprende.
Debe decirse que no hay nada que hacer si de un corte circular
-¿de qué? ¿qué es? ni siquiera superficie, por nada de espacio
separar-, no se sabe empero cómo se deshace.
Se trata de un asunto de estructura, o sea de lo que no se
aprende de la práctica, lo cual explica para los que lo saben
que solo se haya sabido hace poco. Sí, pero ¿cómo? Precisamente
como eso: perocomo.
La bastardía del organo-dinamismo estalla justamente por el
sesgo de esta función, mas que por otra cosa. ¿Acaso se cree que
el Eterno femenino atrae hacia arriba por el órgano mismo, y que
funciona mejor (o peor) porque el meollo lo libera de
significar?
Digo esto por los buenos tiempos de una sala de guardia que
dentro de todo esto se deja despistar, lo que delata que su
reputación de jodedero sólo proviene de las canciones que en
ella se aúllan.
Ficción y canto de la palabra y el lenguaje, sin embargo, ¿no
hubiesen podido, esos muchachos y muchachas, permitirse contra
los Padresamos de los cuales, hay que decirlo, tenían el sello,
los doscientos pasos que había que hacer para ir adonde yo hablé
durante diez años? Pero de aquellos para quiénes yo estaba en
entredicho, ni uno solo lo hizo.
Después de todo ¿quién sabe? la necedad tiene sus caminos que
son impenetrables. Y si el psicoanálisis la propaga, se me ha
escuchado, precisamente en Henri-Rousselle, profesar que ello
redunda mas para bien que para mal.
Concluyamos que hay trabacuenta en alguna parte. El Edipo es lo
que yo digo, no lo que se cree.
Con un deslizamiento que Freud no supo evitar por implicar -en
la universalidad de los cruces en la especie donde eso habla, o
sea, en el mantenimiento, fecundo al parecer, de la sex-ratio
(mitad-mitad) en los que hacen mayoría, con la mezcla de sus
sangres-, la significancia que descubría en el órgano, universal
en quiénes son sus portadores.
Es curioso que el reconocimiento, tan fuertemente acentuado por
Freud, de la bisexualidad de los órganos somáticos (cuando por
otra parte desconocía la sexualidad cromosómica), no lo haya
llevado a la función de cobertura del falo en lo que al germen
se refiere.
Pero su todothombría delata su verdad en el mito que crea en
Tótem y tabú, menos seguro que el de la Biblia pese a que lleva
su sello, para dar cuenta de las vías retorcidas por donde
procede, ahí donde eso habla, el acto sexual.
Acaso presumimos que de todothombre, si queda huella biológica,
es porque no hay sino de raza con que thombrearse y nada con que
paratodearse.
Me explico: la raza de que hablo no es la que una antropología
sustenta por decirse física, la que Hegel muy bien señaló por el
cráneo y que lo merece todavía por encontrar en él, mucho
después de Lavater y Gall, lo mas grueso de sus medidas.
Pues, como se vio en el intento grotesco de fundar con ello un
Reich llamado tercero, con eso no se constituye ninguna raza (y
ese mismo racismo en los hechos tampoco).
Esta se constituye por el modo en que se transmiten según el
orden de un discurso los puestos simbólicos, los puestos con que
se perpetúa la raza de los amos y no menos la de los esclavos,
de los pedantes igualmente, a los que les hace falta para
responder por ellos los pederastas (pédants-pédés), de los
machacones, agregaría yo, a quien no pueden faltar los
machacados.
Prescindo pues con toda facilidad del tiempo de servidumbre, de
los bárbaros expulsados de donde los griegos se sitúan, de la
etnografía de los primitivos y del recurso a las estructuras
elementales, para afirmar lo que sucede con el racismo de los
discursos en acción.
Me gustaría mas apoyarme en el hecho de que en cuanto a las
razas, lo mas seguro que poseemos se debe al horticultor, y
hasta a los animales de nuestra domesticidad, efectos de arte, y
por tanto de discurso: las razas de hombre son cosa que se
mantiene con el mismo principio que las de perro y caballo.
Esto antes de señalar que el discurso analítico lo paratodea a
contrapelo, lo cual es concebible si resulta que cierra con su
lazo lo real.
Porque es aquel en que el analista debe ser primero el
analizado, si, como se sabe, es éste el orden con que se traza
su carrera. El analizante, aunque sólo a mi se debe esta
designación (pero ¿qué asonada iguala el éxito de esta
activación?), el analizante es ese cuyo servicio (oh sala de
guardia), el cuello que se doblega, tenía que enderezarse.
Hasta ahora, sin mas, hemos seguido a Freud en lo que de la
función sexual se enuncia con un paratodo, pero igualmente
quedándonos en una mitad, de las dos que discierne, en cuanto a
él, del mismo rasero por arrojar las mismas dichomansiones.
Este traslado al otro demuestra bien el ausentido de la relación
sexual. Pero es mas bien, este ausentido, forzarlo.
Es de hecho el escándalo del discurso psicoanalítico, y ya dice
bastante de como están las cosas en la Sociedad que lo sustenta,
que este escándalo solo se traduzca porque lo ahogan a la luz
del día, si cabe decir.
A tal punto que es mover una montaña aludir a este debate
difunto de los años treinta, y no porque al pensamiento del
Maestro no se hayan enfrentado Karen Horney, Helen Deutsch,
incluso Ernest Jones, otros también.
Pero la tapa que se le ha puesto encima desde entonces, desde la
muerte de Freud, como basta para que no se escape ni un poquito
de humo, dice mucho acerca de la contención a la cual Freud, en
su pesimismo, se remitió deliberadamente para perder,
queriéndolo salvar, su discurso.
Indiquemos solamente que las mujeres aquí nombradas apelaron
--es su inclinación en este discurso- del inconsciente a la voz
del cuerpo, como si precisamente no fuese del inconsciente de
donde el cuerpo cobra voz. Es curioso comprobar, intacta en el
discurso analítico, la desmesura que hay entre la autoridad con
que las mujeres causan efectos y lo ligero de las soluciones con
que este efecto se produce.
Me conmueven las flores, mas aún por ser de retórica, con las
que Karen, Helena -cuál no importa, lo olvido ahora, ya que no
me gusta volver a abrir mis seminarios-, con las que Horney o la
Deutsch adornan el encantador dedal que les sirve de reserva de
agua en el corsage tal como se lleva al dating, esto es a
aquello de lo cual parece que una relación se espera, aunque
solo fuese de su dicho.
En cuanto a Jones, la entrada de servicio (cf. la última línea
antes del último intervalo) que toma al calificar a la mujer de
deuterofalicidad, sic, esto es, al decir exactamente lo
contrario de Freud, a saber, que ellas nada tienen que ver con
el falo, al mismo tiempo que parece decir la misma cosa, a
saber, que ellas pasan por la castración, es sin duda la obra
maestra que permitió a Freud reconocer que, respecto a la
cervilidad que se espera de un biógrafo, ése era su hombre.
Agrego que la sutileza lógica no excluye la debilidad mental
que, como lo demuestra una mujer de mi escuela, proviene mas
bien del decir parental que de una obtusión nata. A partir de
esto era Jones el mejor de los goym, ya que con los judíos Freud
no estaba seguro de nada.
Pero me extravío volviendo a la época en que esto, lo machaqué,
¿lo machaqué para quién?
El no hay relación sexual no implica que no haya relación con el
sexo. Es precisamente lo que la castración demuestra, pero no
mas: a saber, que esta relación con el sexo no sea distinta en
cada mitad, por el hecho mismo de que las reparta.
Subrayo. No dije: que las reparta por repartirles el órgano,
velo donde se extraviaron Karen, Helen, Dios las tenga en su
gloria si aún no es así. Pues lo importante no es que parta de
las titilaciones que los meninos sienten en la mitad de su
cuerpo que hay que devolver a su yo-alto, sino que esa mitad
haga allí entrada de emperadora para solo reaparecer como
significante amo o meser de este asunto de relación con el sexo.
Y esto lisa y llanamente (aquí en efecto Freud tiene razón)
respecto a la función fálica, ya que por proceder justamente
como suplemento de una manera única, es como esta función se
organiza, encuentra el órganos que aquí reviso.
Lo hago porque a diferencia de él -en el caso de las mujeres
nada lo guiaba, y es justamente lo que le permitió avanzar tanto
escuchando a las histéricas que "hacen de hombre"-, a diferencia
de él, repito, no obligaré a las mujeres a medir en la horma de
la castración la vaina encantadora que ellas no elevan al
significante, aún si el calzador, por el otro lado, no sólo al
significante, sino también al pié ayuda.
A hacer de calzado, por cierto, de tal pié, las mujeres (y que
entre ellas se me perdone esta generalidad que pronto repudio,
pero los hombres al respecto son duros de oreja), las mujeres,
digo, se dedican a veces a fondo. De ello se sigue entonces que
el calzador sea recomendable, pero debe preverse que ellas
puedan prescindir de él, no solamente en el MLF que es de
actualidad, sino porque no hay relación sexual, de lo que lo
actual no es mas que testimonio, aunque, me temo, momentáneo.
A ese paso, la elucubración freudiana del complejo de Edipo, en
la que la mujer es en él pez en el agua, por ser la castración
en ella inicial (Freud dixit), contrasta dolorosamente con el
estrago que en la mujer, en la mayoría, es la relación con la
madre, de la cual parece esperar en tanto mujer mas subsistencia
que del padre, lo que no pega con su ser segundo en este
estrago.
Aquí muestro mis cartas al postular el modo cuántico bajo el
cual la otra mitad, mitad del sujeto, se produce a partir de una
función por satisfacerla, o sea, por completarla con su
argumento.
De dos modos depende que el sujeto se proponga aquí ser dicho
mujer. Son éstos: X.X y VX.X.
Su inscripción no es usual en matemática. Negar, como lo marca
la barra del cuantor, negar que existeun no se hace, y menos aún
cuando para todo se paranotoda.
Es ahí, sin embargo, donde se da el sentido del decir, porque al
allí conjugarse el nohay-negó que susurra de los sexos en
compañía suple el que entre ellos relación no haya.
Lo que debe tomarse no en el sentido que, al reducir nuestros
cuantores a su lectura según Aristóteles, igualaría el
noexisteuno al ningúnes de su universal negativa, haría volver
el T..., el notodo (que supo sin embargo formular), a dar fe de
la existencia de un sujeto diciendo que no a la función fálica,
lo que es suponerlo por la llamada contrariedad de dos
particulares.
No es éste el sentido del decir, que se inscribe con estos
cuantores. Es: que por introducirse como mitad que decir de las
mujeres, el sujeto se determina porque, no habiendo suspensión
de la función fálica, todo puede decirse de ella, aún lo
proveniente de la sinrazón. Pero es un todo fuera de universo,
que se lee de inmediato en el segundo cuantor como notodo.
El sujeto, en la mitad donde se determina a partir de los
cuantores negados, porque nada existente hace límite a la
función, nada puede asegurarse de un universo. Así al fundarse
con esta mitad, "ellas" no todas son, y en consecuencia y por
ello mismo, ninguna tampoco es toda.
Podría aquí, con desarrollar la inscripción, que hice mediante
una función hiperbólica, de la psicosis de Schreber, demostrar
en ella lo que tiene de sardónico el efecto incita-a-la-mujer
que se especifica en el primer cuantor: habiendo precisado que
es por la irrupción de Un-padre como sin razón, que se precipita
aquí el efecto experimentado como forzamiento, en el campo de un
Otro que ha de pensarse como lo mas ajeno a todo sentido.
Pero llevar a su potencia de extrema lógica la función,
desorientaría. Ya pude medir el esfuerzo que la buena voluntad
hizo de aplicarla a Hölderlin: sin éxito.
¿Acaso no es mucho mas cómodo, y aún promesa de delicias,
acreditar al otro cuantor el singular de un "confín", porque
obliga la potencia lógica del notodo a habitarse con el receso
del goce que la feminidad sustrae, y aún cuando viene a
conjugarse con lo que hace thombre...
Pues este "confín", por enunciarse aquí de lógica, es realmente
el mismo con que se ampara Ovidio al figurarlo como Tiresias en
el mito. Decir que una mujer no es toda, es lo que el mito nos
indica por ser ella la única cuyo goce sobrepasa al que surge
del coito.
Por eso mismo, quiere ser reconocida como la única por la otra
parte: harto ahí lo saben.
Pero es también donde se capta lo que hay allí que aprender, a
saber, que así se la satisficiera en la exigencia del amor, el
goce que se tiene de una mujer la divide convirtiendo su soledad
en su pareja, mientras que la unión queda en el umbral.
Pues cómo puede servirle mejor el hombre a la mujer de la que
quiere gozar, si no es devolviéndole ese goce suyo que no la
hace toda suya: por en ella re-suscitarlo.
Lo que llaman el sexo (y aún el segundo, cuando es una necia) es
propiamente, por fundarse en notoda, el 'Eteros que no puede
saciarse de universo.
Llamemos heterosexual, por definición, a lo que gusta de las
mujeres, cualquiera sea su propio sexo. Así será mas claro.
Dije: gustar de, no: estar prometido a ellas por una relación
que no hay. Hasta es lo que implica lo insaciable del amor, que
se explica con esta premisa.
Que haya sido necesario el discurso analítico para que esto
llegue a decirse, muestra claramente que no en todo discurso
viene un decir a ex-sistir. Pues la cuestión fué durante siglos
machacada en términos de intuición del sujeto, el cual era muy
capaz de verlo, y aún refocilarse con ello, sin que nunca se
tomara en serio.
Debe darse inicio a la lógica del 'Eteros, siendo notable que es
donde desemboca el Parménides a partir de la incompatibilidad
del Uno con el Ser. Pero ¿cómo comentar ese texto ante
setecientas personas?
Queda la cantera siempre abierta al equívoco del significante:
el 'Eteros, por declinarse en 'Etera, se eterniza, y hasta se
hetairiza...
El apoyo del dos que hacer con ellos que parece ofrecernos ese
notodo, se presta a ilusión, pero la repetición que en suma es
el transfinito, muestra que se trata de un inaccesible, a partir
de lo cual, ya asegurado lo enumerable, se asegura también la
reducción.
Aquí semeja el semblante, se siembra su semejante, cuyo equívoco
sólo yo he intentado desanudar, por haberlo escudriñado con el
homosexuado, esto es, con lo que hasta ahora se llamaba el
hombre en forma abreviada, que es el prototipo del semejante
(cf. mi estadio del espejo).
El 'Eteros, observen, es quien, por sembrarse en él de
discordia, erige al hombre en su estatuto que es el de
homosexual. No por mis oficios, subrayo, sino por los de Freud,
quien le devuelve este apéndice, y con todas sus letras.
Sin embargo, sólo se siembra así de un decir por estar ya bien
avanzado. Lo que primero llama la atención es hasta qué punto el
homodicho pudo arreglárselas con todo lo que le viniese del
inconsciente, hasta el momento en que, al decirlo "estructurado
como un lenguaje", di a pensar que de tanto hablar, era poco lo
dicho: que eso habla y habla, pero que eso es todo lo que sabe
causar. Tan poco me comprendieron, mejor así, que puedo contar
con que un día me lo van a objetar.
En suma, uno flota del islote falo, atrincherándose ahí con lo
que de él se trincha.
Así la historia se hace de maniobras navales donde los barcos
danzan su ballet con un número limitado de figuras.
Es interesante que haya mujeres que no desdeñen entrar en su
ronda: y hasta es por eso que la danza es un arte que flora
cuando los discursos se mantienen en su lugar, y en ella abren
el paso quiénes tienen con qué, para el significante congruente.
Pero cuando el notoda llega a decir que no se reconoce en ellas,
qué otra cosa dice sino lo que se encuentra en lo que aporté,
esto es:
-el cuadrípodo de la verdad y del semblante, del goce y de lo
que de un plus de -, se esquiva al desmentir que se defiende de
él,
-y el bípodo cuyo intervalo muestra el ausentido de la relación,
-luego el trípode que se restituye con la entrada del falo
sublime que guía al hombre hacia su verdadero lecho, por su
rumbo haber perdido.
"Me has satisfecho thombrecito. Te diste cuenta, era lo que
hacía falta. Anda, atolondradichos no sobran, para que te vuelva
uno después del mediodicho. Gracias a la mano que te responderá
con que Antígona la llames, la misma que puede desgarrarte
porque esfinjo mi notoda, sabrás incluso, atardeciendo,
equipararte a Tiresias y como él, por haber hecho de Otro,
adivinar lo que te dije"
Esto es superyomitad que no se superyomedia tan fácilmente como
la conciencia universal.
Sus dichos no pueden completarse, refutarse, inconsistirse,
indemostrarse, indecidirse sino a partir de lo que ex-siste de
las vías de su decir
¿De qué otra fuente que la de este Otro, el Otro de mi grafo y
significado con S de A tachado: notoda, de dónde más podrá el
analista sacar peros que ponerle a lo que bulle de los ardides
lógicos cuya relación al sexo se extravía, por querer que sus
caminos lleven a la otra mitad?
Que aquí una mujer no sirva al hombre mas que para dejar de amar
a otra; que él retenga contra ella el que no lo consiga, cuando
es precisamente porque lo logra que ella lo falla,
-que, torpe, él mismo imagine que por tener dos, la vuelve toda,
-que la mujer en el pueblo sea la doña, que en otros lados el
hombre quiera que ella nada sepa:
-¿desde dónde podrá el analista orientarse entre estas
gentilezas -hay otras- a no ser desde la lógica que en ellas se
delata y en la que pretendo adiestrarlo?
Me complació destacar que Aristóteles se doblega a ella,
proporcionándonos, curiosamente, los términos que yo retomo de
otro devaneo amoroso. ¿Pero acaso no hubiese sido interesante
que encarrilarse su Mundo con el notodo negándole lo universal?
Con ello, la existencia ya no se marchitaba por la
particularidad, y para Alejandro, su amo, hubiera podido ser
buena la advertencia: si el notodo que ex-siste se escabulle
mediante un ausentido como-ni(ng)uno con que negar el universo,
hubiese sido el primero en reírse, como le corresponde, de su
designio de "impeorar" el universo.
Allí es precisamente donde nitanloco, el filósofo, toca tanto
mejor la tonada del mediodicho cuanto que puede hacerlo con
buena conciencia. Se le suministra el sustento para que diga la
verdad, como el bufón, sabe que es perfectamente factible, con
tal de que no suture (Sutor...) por encima de su zapatitud.
Ahora viene un poco de topología.
Consideremos un toro (una superficie en forma de "anillo").
Salta a la vista que al apretarlo entre dos dedos a todo lo
largo a partir de un punto al que se regresa, quedando al final
abajo el dedo que primero estaba arriba, es decir, operando
media vuelta de torsión durante la realización de la vuelta
completa del toro, se obtiene una banda de Moebius: con tal de
considerar que la superficie así prensada confunde las dos
láminas producidas de la superficie inicial. Resulta que su
evidencia se homologa por su vaciamiento.
Cabe demostrarlo de modo menos grosero. Procedamos a un corte
siguiendo el borde de la banda obtenida (se sabe que es único).
Es fácil ver que cada lámina, ahora separada de la que la
duplica, se continúa, sin embargo, precisamente en ésta. Así, el
borde de una lámina en un punto es el borde de la otra lámina
cuando una vuelta lo ha llevado a un punto conjugado por ser del
mismo "través", y cuando con una vuelta adicional vuelve a su
punto de partida; ha dejado de lado, por haber hecho un doble
lazo repartido sobre dos láminas, otro doble lazo que constituye
un segundo borde. La banda obtenida tiene pues dos bordes, lo
que basta para asegurarle un derecho y un revés.
Su relación con la banda de Moebius que figuraba antes de que en
ella hiciéramos corte, es... que el corte la haya producido.
En eso consiste el juego de manos: con volver a coser el mismo
corte no se reproducirá la banda de Moebius puesto que sólo se
la "fingía" mediante un toro aplanado, pero con un deslizamiento
de las dos láminas una sobre otra (y también en los dos
sentidos), al enfrentarse consigo mismo el doble lazo de uno de
los bordes, su costura constituye la banda de Moebius
"verdadera".
Donde la banda obtenida del toro revela ser la banda de Moebius
bipartita -con un corte no de doble vuelta, sino que se cierra
con una sola (hagámoslo por la mediana para aprehenderla...
imaginariamente).
Pero a al vez se evidencia que la banda de Moebius no es otra
cosa mas que ese corte, el mismo por el cual de su superficie
desaparece.
Y la razón es que al proceder a unir consigo, tras el
deslizamiento de una lámina sobre la otra de la banda bipartita,
el doble lazo de uno de los bordes de esta misma banda, cosíamos
a todo lo largo del reverso de esta banda su anverso.
Donde se palpa que no es del través ideal con que una banda se
tuerce media vuelta, como la banda de Moebius ha de ser
imaginada; es a todo lo largo como hace que su anverso y su
reverso no sean mas que uno. No hay ningún punto suyo donde uno
y otro no se unan. Y la banda de Moebius no es otra cosa sino el
corte de una sola vuelta, cualquiera (aunque puesta en imagen a
partir de la impensable "mediana"), que la estructura con una
serie de líneas sin puntos.
Esto se confirma imaginando al corte reduplicarse (por estar
"mas cercano" a su borde): este corte dará una banda de Moebius,
verdaderamente mediana ésta, que, achatada, quedará haciendo
cadena con la Moebius bipartita que sería aplicable sobre un
toro (por constar de dos rollos de un mismo sentido y uno de
sentido contrario o, de modo equivalente: por obtenerse de ella
tres rollos de un mismo sentido): se ve así que el ausentido que
resulta del corte simple hace la ausencia de la banda de
Moebius. De ahí que este corte = la banda de Moebius.
Con todo, el corte no tiene esta equivalencia sino por bipartir
una superficie que el otro borde limita: con una doble vuelta
precisamente, o sea, con lo que hace a la banda de Moebius. La
banda de Moebius es pues aquello que al operar sobre la banda de
Moebius, la hace volver a la superficie tórica.
El agujero del otro borde puede sin embargo suplementarse de
otro modo, a saber, con una superficie que, por tener de borde
el doble lazo, lo llena; con otra banda de Moebius, obviamente,
y esto da la botella de Klein.
Aún hay otra solución: tomar este borde del recorte en arandela
que al desenrollarlo éste despliega sobre la esfera.
Por hacer en ella círculo, puede reducirse a un punto: punto
fuera de la línea que, por suplementar la línea sin puntos,
configura lo que en topología se designa como cross-cap.
Es la aesfera, léase bien: a-esfera. El plano proyectivo,
también llamado de Desargues, plano que reduce su horizonte a un
punto, y cuyo descubrimiento se precisa con que este punto sea
tal que toda línea trazada, de llegar a él, sólo lo transpone
pasando del anverso del plano a su reverso.
Este punto, asimismo, se despliega con la línea inasible con la
que se dibuja en la figuración del cross-cap la travesía
necesaria de la banda de Moebius por la arandela con que
acabamos de suplementarla por apoyarse sobre su borde.
Lo notable de esta secuencia es que la aesfera, por comenzar en
el toro (se presenta de primera mano) sólo alcanza la evidencia
de su aesfericidad suplementándose con un corte esférico.
Este desarrollo debe tomarse como la referencia -expresa, quiero
decir ya articulada- de mi discurso adonde ha llegado:
contribuyendo al discurso analítico.
Referencia que no es para nada metafórica. Diría: se trata de la
urdimbre, de la urdimbre de este discurso, si eso no fuera
precisamente caer en la metáfora.
Para decirlo, caí; ya está hecho, no por el uso del término
repudiado al instante, sino por haber hecho-imagen, para hacerme
entender por a quiénes me dirijo, a todo lo largo de mi
exposición topológica.
Sépase que podía hacerse con una pura álgebra literal,
recurriendo a los vectores con que por lo general se desarrolla
de cabo a rabo esta topología.
La topología, ¿no es ese noespacio adonde nos lleva el discurso
matemático y que requiere revisión de la estética de Kant?
No hay otra urdimbre que darle sino ese lenguaje de puro matema,
y por ello entiendo lo único que puede enseñarse: y esto sin
recurrir a ninguna experiencia, que por estar siempre fundada,
pese a todo, en un discurso, permite las locuciones que sólo
apuntan en última instancia a, este discurso, establecerlo.
¿Qué me autoriza en mi caso a referirme a este puro matema?
Acoto primero que si excluyo de él la metáfora, admito que puede
ser enriquecido y que como tal sólo sea, por este camino,
recreación, esto es, aquello con lo cual se han abierto, de
hacho, toda índole de campos matemáticos nuevos.
Me mantengo, entonces, en el orden por mí aislado de lo
simbólico, al inscribir en él lo tocante al inconsciente, para
tomar allí referencia de mi presente discurso.
Contesto, entonces, a mi pregunta: que primero hay que tener la
idea, la cual se toma de mi experiencia, de que cualquier cosa
no puede ser dicha. Y hay que decirlo.
Vale decir que primero hace falta decir.
El "significado" del decir sólo es, como pienso haberlo hecho
sentir desde un comienzo con mis frases, ex-sistencia al dicho
(aquí al dicho de que no todo puede decirse). O sea: que no es
el sujeto, el cual es efecto de dicho.
En nuestras aesferas, el corte, corte cerrado, es el dicho. El,
hace sujeto: : así ciña lo que fuere...
Señaladamente, como lo figura la comunicación de Popilio de que
se le responda con un sí o un no, señaladamente, digo, si lo que
ciñe el corte es el concepto, con que se define el ser mismo:
con un círculo alrededor, recortándose de una topología
esférica, la que sostiene lo universal, el en cuanto-al-todo:
topología del universo.
Lo malo es que el ser no tiene por sí mismo ningún sentido.
Desde luego, allí donde está, es el significante-amo, como lo
demuestra el discurso filosófico que, por mantenerse a su
servicio, puede ser brillante, esto es: ser bello, pero en
cuanto al sentido lo reduce al significante me-ser. Meser sujeto
que lo redobla al infinito en el espejo.
Evocaré aquí la sobrevivencia magistral, tan sensible cuando
abraza los hechos "modernos", la sobrevivencia de este discurso,
el de Aristóteles y el de Santo Tomás, en la pluma de Etienne
Gilson, la cual no es ya mas que regodeo: me es "plus de gozar".
Es también que le doy sentido con otros discursos, el autor
también como acaba de decirlo. Explicaré esto, lo que produce el
sentido, un poco mas adelante.
El ser se produce pues "señaladamente". Pero nuestra aesfera en
todos sus avatares atestigua que si lo dicho se concluye de un
corte que se cierra, hay ciertos cortes cerrados que no hacen de
esta aesfera dos partes: dos partes que pueden denotarse con el
sí y el no en cuanto a lo que hay ("del ser") de una de ellas.
Lo importante es que sean estos otros cortes los que tengan
efecto de subversión topológica. Pero ¿qué decir del cambio que
acarrean?
Podemos denominarlo topológicamente: cilindro, banda, banda de
Moebius. Pero encontrar lo que hay de ello en el discurso
analítico, sólo puede hacerse interrogando en éste la relación
del decir con lo dicho.
Digo que un decir se especifica en él con la demanda cuyo
estatuto lógico es del orden de lo modal, y que la gramática lo
certifica.
Otro decir, para mí, es allí privilegiado: la interpretación,
que no es modal, ella, sino apofántica. Añado que en el registro
de la lógica de Aristóteles es particular, porque concierne al
sujeto de los dichos particulares, los cuales notodos
(asociación libre) son dichos modales (la demanda entre otros).
La interpretación, como lo formulé en su tiempo, atañe a la
causa del deseo, causa que ella revela, y de la demanda que con
su modal arropa el conjunto de los dichos.
Quienquiera que me siga en mi discurso sabe bien que encarno
esta causa con el objeto (a), y este objeto, lo reconoce (por
haberlo yo enunciado tiempo ha, diez años, en el seminario del
61-62 sobre la identificación, donde introduje esta topología),
ya lo ha, afirmo, reconocido en lo que designo aquí con la
arandela adicional con que se cierra la banda de Moebius, cuando
se configura con ella el cross-cap.
La topología esférica de este objeto llamado (a) es lo que se
proyecta sobre el otro compuesto, heterogéneo, que el cross-cap
constituye.
"Imaginemos" aún según lo que se configura gráficamente de
manera usual, esta otra parte. ¿Qué vemos de ella? Su
abultamiento.
Nada mas natural para que se tome por esférica. Por mas que se
reduzca la torsión de una media vuelta, no deja por ello de ser
una banda de Moebius, esto es, la valorización de la aesfera del
notodo: es lo que sustenta lo imposible del universo, o sea,
tomando nuestra fórmula, lo que allí encuentra lo real.
El universo no está en ningún otro lado mas que en la causa del
deseo, lo universal tampoco. De ahí procede la exclusión de lo
real...
...de ese real: que no hay relación sexual, y ello debido al
hecho de que un animal tiene estábitat que es el lenguaje, que
elabitarlo es asímismo lo que para su cuerpo hace de órgano;
órgano que, por así ex-sistirle, lo determina con su función, y
ello antes de que la encuentre. Por eso incluso es reducido a
encontrar que su cuerpo no deja de tener otros órganos, y que la
función de cada uno se le vuelve problema; con lo que el dicho
esquizofrénico se especifica por quedar atrapado sin el auxilio
de ningún discurso establecido.
Mi tarea es desbrozar el estatuto de un discurso, donde sitúo
que hay... discurso: y lo sitúo con el vínculo social a lo cual
se someten los cuerpos que, este discurso, loabitan.
Lo mío parece una empresa desesperada (lo es por el hecho mismo,
en ello reside lo desesperado) porque es imposible que los
psicoanalistas formen grupo.
No obstante, el discurso psicoanalítico (es mi desbroce) puede
precisamente fundar un vínculo social limpio de toda necesidad
de grupo.
Como saben que no me ando con miramientos cuando se trata de
resaltar una apreciación que, pese a merecer un acceso mas
estricto, debe prescindir de él, diré que sopeso el efecto de
grupo según lo que añade de obscenidad imaginaria al efecto de
discurso.
Este decir poco asombro causará, espero, puesto que es
históricamente cierto que la entrada en juego del discurso
analítico abrió las vías a las prácticas llamadas de grupo y que
estas prácticas sólo promueven un efecto, valga la palabra,
purificado del propio discurso que las permitió.
En esto, ninguna objeción a la práctica llamada de grupo, con
tal de que esté bien indicada (no es mucho decir).
La presente observación respecto a lo imposible del grupo
psicoanalítico es a la vez lo que en él funda, como siempre, lo
real. Lo real es esa obscenidad misma: así entonces de ella
"vive" (entre comillas) como grupo.
Esta vida de grupo es lo que preserva la institución llamada
internacional, y lo que intento proscribir de mi Escuela, contra
las reconvenciones que recibo de algunas personas con dones para
proferirlas.
Lo importante no es eso, ni tampoco el que sea difícil para
quien se instala dentro de un mismo discurso vivir de otra
manera que no sea en grupo; lo importante es lo que ahí se
convoca, a saber: el baluarte del grupo, la posición del
analista tal como queda definida por su discurso mismo.
El objeto (a), en cuanto a la aversión que lo enfrenta al
semblante donde lo sitúa el análisis, ¿podría sustentarse con
otro consuelo que no sea el del grupo?
Ya he perdido bastante gente: sin amargarme, y siempre dispuesto
a que otros me enmienden la plana.
No voy a vencer yo, sino el discurso al cual sirvo. Ahora voy a
decir por qué.
Hemos llegado al reino del discurso científico y lo voy a hacer
sentir. Lo voy a hacer sentir desde el lugar donde se confirma
mi crítica anterior, del universal de que "el hombre es mortal".
Su traducción al discurso científico es el seguro de vida. La
muerte, según el decir científico, es asunto de cálculo de
probabilidades. Es lo que ella tiene de verdadero en este
discurso.
Hay sin embargo, en nuestra época, gente que rehúsa afiliarse a
un seguro de vida. Es porque quieren de la muerte una verdad
distinta, ya asegurada por otros discursos. El del amo por
ejemplo que, si nos guiamos por Hegel, se funda en la muerte
considerada como riesgo; el del universitario, que se regodea en
la memoria eterna del saber.
Por ser sumamente cuestionables, estas verdades, así como estos
discursos, han sido cuestionados. Ha salido a la luz otro
discurso, el de Freud, según el cual la muerte, es el amor.
Esto no quiere decir que el amor no esté también sometido al
cálculo de probabilidades, que no le concede mas que la ínfima
oportunidad que supo realizar el poema de Dante. Lo que quiere
decir es que no hay seguro de amor, ya que sería también un
seguro de odio.
El amor-odio es aquello cuya ambivalencia es lo único que, con
razón, un psicoanalista, aún no lacaniano, reconoce, o sea, la
faz única de la banda de Moebius; con la consecuencia, ligada a
lo cómico que le es propio, de que en su "vida" de grupo, sólo
nombra el odio.
Reengancho con lo de antes: el incentivo del seguro de amor se
reduce en la medida en que solo produce pérdidas; como le pasó a
Dante, quien en los círculos de su infierno omite el conjunto
sin fin.
Entonces sobra ya el comentario en la imaginería de este decir
que es mi topología. Un analista verdadero sólo se avendría a
hacer que este decir ocupase el lugar de lo real, a falta de
otro mejor.
En efecto, el lugar del decir es el análogo en el discurso
matemático de ese real que otros discursos cercan con el
imposible de sus dichos.
Esta dichomansión de un imposible que incidentalmente llega a
abarcar el impasse propiamente lógico, en otro lado se llama
estructura.
La estructura es lo real que sale a relucir en el lenguaje. Y
por supuesto no tiene relación alguna con la "buena forma".
La relación del lenguaje como órgano con el ser que habla es
metáfora. El lenguaje es además estábitat del cual debe
suponerse, porque el habitante hace en él de parásito, que le
asesta el golpe de un real.
Es evidente que al "expresarme así", que es como traduciría lo
que acabo de decir, estoy cayendo en una "concepción del mundo",
es decir en el desecho de todo discurso.
De esto, precisamente, podría salvarse el analista porque su
discurso mismo lo desecha, al iluminarlo como desperdicio del
lenguaje.
Por ello parto de un hilo, ideológico pues no me queda otro
camino, con el que tejo la experiencia instituída por Freud. ¿En
nombre de qué desecharlo, cuando ese hilo proviene de la trama
que mejor ha resistido la prueba de mantener reunidas las
ideologías de una época que es la mía? ¿En nombre del goce? Pero
si es precisamente lo propio de este hilo salir ileso del goce:
eso hasta es el principio del discurso psicoanalítico, tal como,
él mismo, se articula.
Lo que digo vale por el lugar donde pongo el discurso de que se
prevalece el análisis, entre todos los demás discursos que se
reparten la experiencia de esta época. El sentido, si es que hay
alguno por hallar, ¿podrá venir de una época distinta?
Hago el intento; siempre en vano.
No sin razón el análisis se funda en el supuesto sujeto de
saber: sí, el análisis, por cierto, supone que éste cuestiona el
saber, por eso es mejor que sepa lo suyo.
Admiro en cuanto a esto el aire picado que adopta la confusión,
porque yo la elimino.
Queda que la ciencia ha arrancado, claramente por el hecho de
abandonar la suposición, a la que en este caso cabe llamar
natural, porque implica que las conexiones del cuerpo con la
"naturaleza" lo son, -lo cual, por fraguarse, acarrea una idea
de lo real que yo diría gustoso ser verdadera.
Desafortunadamente no es la palabra que a lo real convenga.
Sería preferible poder demostrar que es falsa, si por ello se
entendiese: caída (falsa), o sea, que se escurre de entre los
brazos del discurso que la ciñe.
Si mi decir se impone, no, como suele decirse, con un modelo,
sino con el propósito de articular topológicamente el discurso
mismo, de la defección en el universo procede, con la condición
de que tampoco él pretenda suplirla.
"Realizando" de esto la "topología", no salgo del fantasma ni
siquiera para dar cuenta de él -pero la recojo, esta topología
en flor de la matemática-, es decir que por inscribirse en ésta
con un discurso, el mas vaciado de sentido que exista, por
prescindir de toda metáfora, por ser metonímicamente de
ausentido, confirmo que con el discurso con que se funda la
realidad del fantasma se encuentra inscrito lo que de esta
realidad hay de real.
¿Por qué no puede ser este real el número, y crudamente después
de todo, ese número que el lenguaje transmite tan bien? Pero no
es tan sencillo, y en este caso cabe decirlo (siempre me
apresuro a conjurar estos casos diciendo que es el caso en que
cabe decirlo).
Pues lo que se profiere con el decir de Cantor es que la serie
de los números no representa otra cosa en el transfinito que la
inaccesibilidad que comienza con el dos, por lo cual, de ellos
se constituye lo enumerable infinitamente.
Entonces se hace necesaria una topología ya que lo real no le
viene sino del discurso del análisis, para confirmar este
discurso, y ya que por la hiancia que abre este discurso al
volver a cerrarse mas allá de los otros discursos, este real
llega a ex-sistir.
Es lo que voy a hacer que ahora palpen.
Mi topología no está hecha de una sustancia que sitúe más allá
de lo real aquello con que se motiva una práctica. No es teoría.
Pero tiene que dar cuenta de que, cortes del discurso, los hay
tales que modifican la estructura a la que éste se acoge
originalmente.
Es una pura escapatoria exteriorizar este real con estándares,
estándares llamados de vida, considerados primigenios para los
sujetos en su existencia, por solo hablar para expresar sus
sentimientos sobre las cosas, ya que la pedantería de la palabra
"afecto" nada cambia.
¿Cómo incide esta secundariedad sobre lo primigenio que ahí
sustituye a la lógica del inconsciente?
¿Intervendrá en ello la sabiduría? Los estándares a los que se
recurre precisamente lo contradicen.
Pero por argumentar desde esta banalidad, se pasa ya a la
teología del ser, a la realidad psíquica, es decir a lo que sólo
se avala analíticamente con el fantasma.
Sin duda, el análisis mismo da cuenta de esta celada y
deslizamiento, pero ¿no es ésta lo bastante burda como para
delatarse a sí misma en cualquier parte donde un discurso sobre
lo que hay se exime de la responsabilidad de producirla?
Porque, hay que decirlo, el inconsciente es un hecho en tanto
encuentra su soporte en el discurso mismo que lo establece, y,
si los analistas son capaces de desechar su carga, es por alejar
de sí la promesa de desecho que allí los llama, y ello en la
medida en que su voz haya tenido un efecto.
Siéntase esto en el lavado de manos con que apartan de sí la
llamada transferencia, al rechazar lo sorprendente del acceso al
amor que ésta ofrece.
Al prescindir en su discurso, según los lineamientos de la
ciencia, de todo savoir-faire en cuanto a los cuerpos, pero en
aras de un discurso otro, el análisis -por evocar una sexualidad
de metáfora, metonímica a pedir de boca por sus accesos mas
comunes, aquellos llamados pregenitales, léase extra- se
configura por revelar la torsión del conocimiento.
¿Quedaría fuera de lugar dar el paso de lo real que da cuenta de
ella traduciéndolo por una ausencia perfectamente situable, la
de la "relación" sexual en cualquier matematización?
En esto los matemas con que se formula en impasses lo
matematizable, definido éste como lo que de real se enseña, son
susceptibles de coordinarse con esta ausencia tomada de lo real.
Recurrir al notodos, al almenosuno, hombruno, o sea, a los
impasses de la lógica, es, por mostrar por donde se sale de las
ficciones de la Mundanidad hacer fixión distinta de lo real:
esto es, con lo imposible que lo mira fijo desde la estructura
del lenguaje. Es también trazar la vía por la que se encuentra
en cada discurso lo real con que se envuelve, y despachar los
mitos con que de ordinario se suple.
Pero proferir por eso que faltó lo real de que nada es todo,
cuya incidencia respecto a la verdad conduciría derechito a un
aforismo mas escabroso; o, tomando otro sesgo con respecto a
ella, declarar que lo real requiere verificaciones sin objeto,
no es mas que dar un nuevo envión a la tontería de adornarse con
el nóumeno: esto es, que el ser escapa al pensamiento...
Nada llega a meter en cintura a este ser que por poco dafnizo, y
aún laurifico en ese "nóumeno", del cual es mejor decir que para
que se sostenga, tiene que haber varias capas...
Mi preocupación es que los aforismos, que por lo demás me
contento en presentar en botón, hagan reflores de las cunetas de
la metafísica (pues el nóumeno es el floreo, la subsistencia
fútil...). Apuesto a que vendrán a ser unos plus-de-nonsense,
mas divertidos, para decirlo, que lo que nos trae locos...
...¿hasta dónde? deberé sobresaltarme, jurar que yo no lo vi de
inmediato mientras que ustedes, ya... esas verdades primeras,
pero si son el texto mismo con que se formulan los síntomas de
las grandes neurosis, de las dos que, si ha de tomarse en serio
lo normal, nos dicen que es mas bien norma macho.
Esto nos vuelve a poner los pies en el suelo, quizá no el mismo,
pero puede que también sea el válido, aquel en que el discurso
analítico se anda menos con pies de plomo.
Echemos a andar aquí el asunto del sentido antes prometido en su
diferencia respecto de la significación.
Nos permite engancharlo lo enorme de la condensación entre "lo
que piensa" en nuestra época con los pies que acabo de mencionar
y la topología inepta a que Kant dio cuerpo desde su propio
estamento, el del burgués que no puede imaginar mas que
trascendencia, la estética como la dialéctica.
Esta condensación, en efecto, debemos decirla para que se
entienda "en sentido analítico", según la fórmula acreditada.
¿Cuál es el sentido?, si precisamente los elementos que en él se
condensan, se califican unívocamente de una imbecilidad
semejante, y aún son capaces de ufanarse de ella por los lados
de "lo que piensa", mientras la máscara de Kant en cambio parece
de palo ante el insulto, cuando se reflexiona junto a
Swedenborg: dicho de otra manera, ¿hay un sentido de la
imbecilidad?
En ello se palpa que el sentido nunca se produce mas que por la
traducción de un discurso a otro.
Provistos como estamos de esta lucecita, titila la antinomia que
se produce de sentido a significación: que llegue a surgir un
tenue sentido a ras de las llamadas "críticas" de la razón pura
y del juicio (de la razón práctica dije el suyo retozón
poniéndolo en el camino de Sade, no mas divertido éste, pero
lógico); en cuanto despunta su sentido, los dichos de Kant dejan
de tener significación.
La significación no les viene pues sino del momento en que no
tenían sentido, ni siquiera sentido común.
Se nos aclaran así las tinieblas que nos dejan a tientas. No
falta sentido en los vaticinios llamados presocráticos:
imposible decir cuál, pero sorprende.
Y que Freud se relamiera con ellos -no con los mejores por
cierto pues eran de Empédocles, pero no importa, él sí tenía
sentido de la orientación- nos basta para ver que la
interpretación es sentido y va contra la significación.
Oracular, cosa que no es de extrañar por lo que sabemos ligar de
oral a la voz, del desplazamiento sexual.
Miseria de los historiadores: no poder leer mas que el sentido
allí donde no tienen otro principio sino confiarse en los
documentos de la significación. Así, también ellos llegan a la
trascendencia, la del materialismo, por ejemplo, que "histórico"
lo es por desgracia hasta el punto de acabar siéndolo
irremediablemente.
Felizmente, está allí el análisis para aupar a la historieta:
pero, sólo lo logra por lo que está preso en su discurso, y por
eso en su discurso de hecho, nos deja plantados para lo que no
es de nuestro tiempo; sin así cambiar nada de lo que la
honestidad obliga al historiador a reconocer en cuanto tiene que
situar el mas mínimo esorprende. Que esté a cargo de la ciencia
del tropiezo, es precisamente lo embarazoso de su aporte a la
ciencia.
Importa pues a muchos, ¿a éstos como a muchos mas?, que la
imposibilidad de decir verdad de lo real se motive en un matema
(saben como lo defino), un matema con el cual se sitúa la
relación del decir al dicho.
El matema se profiere del único real reconocido primero en el
lenguaje: a saber, el número. Aunque la historia de la
matemática demuestra (viene al caso decirlo) que puede
extenderse a la intuición, a condición de castrar lo mas posible
en este término su uso metafórico.
Hay pues un campo del cual lo que mas llama la atención es que
su desarrollo, a diferencia de los términos con que se absorbe,
no procede por generalización sino por reacomodo topológico, por
una retroacción sobre el comienzo tal que borra su historia.
Ninguna experiencia resuelve su embarazo con mayor seguridad. De
ahí su atractivo para el pensamiento: que allí encuentra el
nonsense propio del ser, esto es, del deseo de una palabra sin
allende.
Pero nada invoca al ser que no dependa de nuestra benevolencia,
cuando lo enunciamos así.
Muy distinto al hecho de lo indecible, para tomar el ejemplo de
agudeza que recomienda al matema: está en juego lo real del
decir del número, cuando ese decir se demuestra que no es
verificable, en el grado segundo de que ni siquiera se le puede
asegurar, como se hace con otros ya dignos de retenernos, con
una demostración de la indemostrabilidad de las premisas mismas
que supone: entendamos bien, con una contradicción a suponerlo
demostrable.
No puede negarse que haya allí progreso respecto a lo que el
Menón aún pregunta sobre lo enseñable. Ciertamente no cabría
decir que entre los dos hay un mundo: pues el asunto es que en
ese lugar cabe lo real, y el mundo no es mas que su caída
irrisoria.
Con todo, es el progreso lo que hay que restringir allí, pues no
pierde de vista el lamento que de regreso le responde, al saber
que la opinión verdadera a la que da sentido Platón en el Menón,
ya no tiene para nosotros mas que ausentido de significación,
cosa que se confirma refiriéndola a la de nuestros
bienpensantes.
¿La hubiese sustentado un matema, que nuestra topología ofrece?
Vamos a intentarla.
Ello nos lleva a la sorpresa de que evitáramos apoyar con la
imagen nuestra banda de Moebius, pues tal imaginación vuelve
vana todo consideración que hubiera requerido un dicho otro por
hallarse articulado a ella: mi lector solo llegaba a ser otro
porque el decir sobrepasase al dicho, decir que ha de
aprehenderse del ex-sistir al dicho, con lo cual lo real me le
ex-sist(ía) sin que alguien, por verificable, pudiera hacerlo
pasar a matema. La opinión verdadera, ¿es la verdad en lo real
en tanto es él quien tacha su decir?
Voy a probarlo con volver a decir.
Línea sin puntos, dije del corte, en tanto es, él, la banda de
Moebius porque uno de sus bordes, después de la vuelta con que
se cierra, se continúa en el otro borde.
Pero ello sólo puede producirse de una superficie ya picada por
un punto que dije fuera de línea por especificarse con un doble
lazo, aunque desplegable éste sobre una esfera: de suerte que se
recorta con una esfera, pero con su doble lazada hace de la
esfera una aesfera o cross-cap.
Sin embargo, lo que el punto pasa al cross-cap por prestarse a
la esfera, es que un corte que vuelve moebiano en la superficie
que determina al hacerla posible, la devuelve, esta superficie,
al modo esférico: pues, al serle equivalente el corte, "se
proyecta allí", he dicho, aquello con lo que se suplementaba en
cross-cap.
Pero como de esta superficie, para que permita este corte, puede
decirse que está hecha de líneas sin puntos por donde en todos
partes su anverso se cose con su reverso, en todas partes el
punto adicional, al poder esfericizarse, puede ser fijado en un
cross-cap.
Pero esta fixión debe ser escogida como único punto fuera de
línea, para que un corte, con darle una vuelta, una sola, tenga
el efecto de resolverla en un punto esféricamente desplegable.
Luego, el punto es la opinión que puede ser dicha verdadera
porque el decir que le da la vuelta la verifica en efecto, pero
solo por ser el decir lo que la modifica al introducir la doxa
como real.
Así, un decir como el mío, por ex-sistir al dicho permite su
matema, pero no hace para mí matema y se postula así como no
enseñable antes que su decir se haya producido. Como enseñable
sólo después de haberlo yo matematizado según los criterios
menónicos que, sin embargo, no me lo habían certificado.
Lo no enseñable, lo hice matema con asegurarlo de la fixión de
la opinión verdadera, fixión escrito con x, pero no menos venero
de equívoco.
Así, un objeto tan fácil de fabricar como la banda de Moebius en
tanto que se imagina, pone al alcance de todas las manos lo que
es inimaginable en cuanto su decir al olvidarse, hace al dicho
soportarse.
De dónde procedió mi fixión de este punto doxa que no dije, no
lo sé, y no puedo, como tampoco Freud, dar cuenta "de lo que
enseño", a no ser que le siga la pista a sus efectos en el
discurso analítico, efecto de su matematización que no viene de
una máquina, pero que resulta tener algo de aparato, una vez que
la ha producido.
Es notable que Cicerón supiera ya emplear este término: "Ad usum
autem orationis, incredibile est, nisi diligenter attenderis,
quanta opera machinata natura sit" (Cicerón, De natura deorum,
59, 149), pero más aún que yo lo haya puesto de epígrafe a los
tanteos de mi decir desde el 11 de abril de 1956.
Lo topología no está "mandada a hacer para orientarnos" en la
estuctura. Ella es la estructura: como retroacción del orden de
la cadena en que consiste el lenguaje.
La estructura, es lo aesférico entrañado en la articulación
lenguajera en tanto que un efecto de sujeto se capta en ella.
Está claro que, en cuanto a la significación, ese "se capta" de
la subfrase, seudomodal, se pesca del objeto mismo que como
verbo envuelve en su sujeto gramatical, y que hay falso efecto
de sentido, resonancia del imaginario inducido de la topología,
según que el efecto de sujeto haga remolino de aesfera o lo
subjetivo de este efecto se "refleje".
Aquí hay que distinguir la ambigüedad que se inscribe con la
significación, o sea, con el lazo del corte, y la sugerencia de
agujero, es decir, de estructura, que con esta ambigüedad
fabrica un sentido.(*)
(*) Espero que aquí se vea que la imputación de estructuralismo,
entendida como comprensión del mundo, una mas en el guignol con
que nos representan la "historia literaria" (pues de eso se
trata), a pesar del bulto de publicidad que me aportó, y bajo la
forma mas placentera puesto que estaba embarcado con la mejor
compañía, acaso no es lo que mas me satisface.
Y cada vez menos, diría, en la medida en que se impone una
acepción cuya vulgata podría enunciarse diciendo que las
carreteras se explican por conducir de una señal de la guía
Michelín a otra: "Y es por esto que su mapa está mudo".
Así, el corte, el corte instaurado desde la topología (al
hacerlo en ella, con todo derecho, cerrado, y que se sepa de una
vez por todas, en mi uso al menos) es el dicho del lenguaje,
pero por no olvidar ya su decir.
Existen, desde luego, los dichos que son el objeto de la lógica
predicativa y cuya suposición universalizadora incumbe sólo a la
esfera, esto es: que precisamente la estructura no encuentra en
ella sino un suplemento que es el de la ficción de lo verdadero.
Podría decirse que la esfera, es lo que prescinde de topología.
El corte, es cierto, recorta en ella (al cerrase) el concepto en
que descansa la feria del lenguaje, el principio del
intercambio, el valor, de la concesión universal. (Digamos que
no mas que "materia" para la dialéctica, asunto de discurso del
amo). Es muy difícil sostener esta dichomansión pura, pues por
estar en todas partes, pura no lo es nunca, aunque lo importante
es que ella no es la estructura. Es la ficción de superficie con
que se viste la estructura.
Que el sentido le sea ajeno, que "el hombre es bueno", y lo
mismo el dicho contrario, no quiera decir estrictamente nada que
tenga sentido, cabe con razón asombrarse de que nadie haya hecho
con esta observación (cuya evidencia, una vez mas, remite al ser
como vaciamiento), referencia estructural.
¿Correremos el riesgo de decir que el corte a fin de cuentas no
ex-siste a la esfera?
-Por la razón de que nada lo obliga a cerrarse, ya que de quedar
abierto produce el ella el mismo efecto, calificable de agujero,
pero porque aquí éste término no puede ser tomado sino en la
acepción imaginaria de ruptura de superficie: evidente, claro,
pero por reducir lo que puede ceñir al vacío de un posible
cualquiera cuya substancia solo es correlato (composible sí o
no: desenlace del predicado en lo proposicional con todos los
pasos en falso con que nos divertimos.
Sin la homosexualidad griega, y luego árabe, y el relevo de la
eucaristía, todo ello hubiese precisado de Otro recurso mucho
antes. Pero se entiende que en aquellas grandes épocas que
acabamos de evocar, sólo la religión después de todo, por
constituir la opinión verdadera, la orto doxa pudo dar a este
matema los fondos con que de hecho estaba ya investido. Siempre
quedará algo por mas que se crea lo contrario, y por eso nada
prevalecerá contra la Iglesia hasta el fin de los tiempos. Los
estudios bíblicos nunca han salvado a nadie de ella.
Sólo aquellos para quienes tal tapón no tiene el menor interés,
los teólogos, por ejemplo, trabajarán en la estructura... si se
lo pide el cuerpo, pero cuidado con las náuseas.
La topología enseña el vínculo necesario que se establece del
corte al número de vueltas requeridas para que se obtenga una
modificación de la estructura o de la aesfera, único acceso
concebible a lo real, y concebible de lo imposible en tanto lo
demuestra.
Así, la vuelta única que en la aesfera hace colgajo
esféricamente estable por introducir el efecto del suplemento
que toma del punto fuera de línea, la orto doxa. Duplicar el
cierre de esta vuelta obtiene algo muy distinto: caída de la
causa del deseo de donde se produce la banda moebiana del
sujeto, demostrando la caída que él no es mas que ex-sistencia
al corte de doble lazo de que resulta.
Esta ex-sistencia es decir y lo prueba por quedar el sujeto a
merced de su dicho si se repite, o sea: como la banda moebiana
por allí encontrar allí su fading (desvanecimiento).
Punto nodal (viene al pelo), vuelta con que se hace el agujero,
pero solo en el "sentido" que dé la vuelta, el agujero se
imagina, o se maquina, como quieran.
La imaginación del agujero tiene, ciertamente consecuencias: ¿es
acaso necesario evocar su función "pulsional" o, a decir mejor,
lo que de ella deriva (Trieb)?. La conquista del análisis es
haberla convertido en matema, mientras que otrora la mística
daba testimonio de su prueba haciendo de ella lo indecible. Pero
quedarse en este agujero reproduce la fascinación con la que el
discurso universal mantiene su privilegio, mas aún le hace
cobrar cuerpo, por el discurso analítico.
Nada se hará nunca a la imagen. El semejante suspeorará incluso
de lo que allí se siembra.
El agujero no se motiva en el guiño, ni en el síncope mnésico,
ni en el grito. Acercársele uno al darse cuenta de que en
francés le mot, la palabra, se presta al mutis (con lo cual se
juega entre silencio y movimiento), no es lo indicado allí desde
donde la topología se instaura.
Un toro no tiene agujero, central o circular, mas que para quien
lo mira como objeto, no para quien es su sujeto, o sea, de un
corte que no implica ningún agujero, pero que lo obliga a un
número preciso de vueltas a decir para que el toro se haga (se
haga si haya demanda porque, en fin, mejor toro tuerto que
través entuerto), se haga, como prudentemente nos contentamos
con imaginar, banda de Moebius, o contrabanda si prefieren la
palabra.
Un toro, como lo demostré hace diez años a gente con ganas de
empantanarme en su contrabando, es la estructura de la neurosis
en tanto que el deseo puede, por la re-petición indefinidamente
enumerable de la demanda, cerrarse en dos vueltas. Al menos, con
esta condición se decide la contrabanda del sujeto: en el decir
que se llama interpretación.
Quisiera solamente sellar la suerte de la suerte de incitación
que puede imponerme nuestra topología estructural.
He dicho de la demanda que es numerable en sus vueltas. Está
claro que si el agujero no es de imaginar, la vuelta solo
ex-siste por el número con que se inscribe en el corte del que
no cuenta sino el cierre.
Insisto: La vuelta en sí no se puede contar; repetitiva, no
cierra nada, no está ni dicha ni por decir, es decir, ninguna
proposición.
Con lo cual sería demasiado decir que no depende de una lógica,
que queda por hacer a partir de la modal.
Pero si como lo asegura nuestra figuración primera del corte con
que del toro se hace la banda de Moebius, con una demanda basta,
pero que puede re-pedirse por ser enumerable, es como decir que
sólo se aparea a la doble vuelta con que se funda la banda por
postularse de lo transfinito (cantoriano).
De todos modos, solo podría la banda constituirse si las vueltas
de la demanda son de número impar.
Lo transfinito sigue siendo exigible porque nada, hemos dicho,
se cuenta allí si el corte no se cierra, y al dicho transfinito,
tal Dios mismo, quien sabemos se congratula de ello, se lo
conmina a ser impar.
Esto agrega una dichomansión a la topología de nuestra práctica
del decir.
¿No entra ella en el concepto de la repetición ya que no se la
deja abandonada a sí misma sino que está condicionada por esta
práctica, como lo hicimos también notar del inconsciente?
Es sorprendente -aunque dejà-vu para lo que digo, recuérdese-
que el orden (entendamos: el ordinal) cuyo camino efectivamente
desbrocé en mi definición de la repetición y a partir de la
práctica, ha pasado, en su necesidad, por completo desapercibido
para mi audiencia.
Marco aquí la referencia para una reanudación futura.
Digamos, empero, el final del toro neurótico.
El objeto (a), por caer del agujero de la banda, se proyecta
après-coup en lo que llamaremos, por abuso imaginario, el
agujero central del toro, o sea, en torno a lo cual el
transfinito impar de la demanda se resuelve con la doble vuelta
de la interpretación.
De esto recibe el psicoanalista su función por situarlo con su
semblante.
El analizante solo termina si hace del objeto (a) el
representante de la representación de su analista.
Entonces, en tanto dure su duelo del objeto (a) al que por fin
lo ha reducido, el psicoanalista persiste en causar su deseo:
mas bien maníaco-depresivamente.
Es el estado de exultación que Balint, pese a abordarlo por
donde no es, describe muy bien: mas de un "éxito terapéutico"
encuentra allí su razón, y sustancial eventualmente. Luego, el
duelo se consuma.
Queda lo estable del aplastamiento del falo, esto es, de la
banda, donde el análisis encuentra su final, el que le asegura a
su supuesto sujeto el saber:
...que, estando en entredicho el diálogo de uno a otro sexo
porque un discurso, sea cual fuere, se funda por excluir lo que
el lenguaje entraña de imposible, a saber, la relación sexual,
de ello resulta para el diálogo en el seno de cada (sexo) algún
inconveniente.
...que nada cabría decirse "seriamente" (o sea, para formar de
serie límite) sino tomando sentido del orden cómico; al cual no
hay sublime (Dante aquí otra vez) que no le haga su reverencia.
...y, luego, que el insulto, si resulta por el epos ser del
diálogo tanto la primera como la última palabra (veaseaomero),
así como el juicio, hasta el "final", sigue siendo fantasma, y
para decirlo todo, no llega a lo real sino perdiendo toda
significación.
Con todo esto sabrá hacerse una conducta. Más de una, las hay a
montones, conviene a las tres dichomansiones de lo imposible:
tal como se despliegan en el sexo, en el sentido y en la
significación.
Si es sensible a lo bello, a lo cual nada lo obliga, lo situará
con el entre-dos-muertes, y si alguna de estas verdades le
parest que deba darse a entender, sólo se fiará del mediodecir
de la vuelta simple.
Estos beneficios, aunque se apoyen en un segundo-decir, no por
olvidarlo, dejan de quedar establecidos por él.
Ahí está el filo de nuestra enunciación de partida. El dicho
primero, idealmente de primera intención, del analizante, sólo
tiene sus efectos de estructura al "paraser" el decir, dicho de
otra manera, que la interpretación haga paraser.
¿En qué consiste el paraser? En que produce los cortes
"verdaderos" a entender estrictamente de los cortes cerrados a
lo cual la topología no permite al punto-fuera-de-línea
reducirse ni, es lo mismo, sólo hacer agujero imaginable.
De este paraser, no tengo que exponer el estatuto sino con mi
propio recorrido, habiéndome ya eximido de connotar su
emergencia en el punto, anterior, en que la permití.
Paraser en este recorrido sería por lo mismo penetrarlo,
pen-serlo, y aún casi hasta es demasiado.
Este decir que convoco a la ex-sistencia, este decir que no hay
que olvidar, del dicho primario, con él puede el psicoanálisis
pretender cerrarse.
Si el inconsciente está estructurado como un lenguaje, no dije:
por. La audiencia, si con ello debe entenderse algo así como una
acústica mental, la audiencia que entonces tenía era mala, pues
los psicoanalistas no la tienen mejor que los demás. A falta de
un señalamiento suficiente de esta escogencia (evidentemente,
ninguna de estas pullas los hería, por dejarlos pat(er)difusos,
sin más, por cierto), me fué preciso, ante la audiencia
universitaria, ella que en este campo no puede mas que
equivocarse, poner a la vista circunstancias que me impidieran
asestar los golpes sobre mis propios alumnos, para explicar que
haya dejado pasar una extravagancia tal como hacer del
inconsciente "la condición del lenguaje", cuando manifiestamente
del inconsciente doy cuenta por el lenguaje: el lenguaje, hice
entonces que se transcribiera en el texto revisado de una tesis,
es la condición del inconsciente.
Nada sirve de nada, cuando uno está preso entre ciertas
encrucijadas mentales, puesto que ahora me veo forzado a
recordar la función, especificada en lógica, del artículo que
carga a lo real de lo único el efecto de una definición: un
artículo, "parte del discurso", esto es, gramatical, utilizando
esta función en la lengua que empleo, para en ella ser definido
definido.
El lenguaje solo puede designar la estructura con la cual hay
efectos de lenguajes, que por ser varios abren el uso del uno
entre otros que da a mi como su previo alcance, el del como un lenguaje, por el cual, precisamente, diverge del
inconsciente el sentido común. Los lenguajes caen bajo la acción
del notodos de la forma mas cierta, ya que no otro es en
ellos el sentido de la estructura, y que por ello compete a mi
recreación topológica de hoy.
Así, la referencia con la cual sitúo el inconsciente es
precisamente la que escapa a la lingüística, porque como ciencia
nada tiene que ver con el paraser, como tampoco nos lleva al
noúmeno. Pero de que nos lleva nos lleva, y Dios sabe adónde,
aunque de seguro no al inconsciente, quien por tomarla en la
estructura la desorienta en cuanto a lo real con que se motiva
el lenguaje: ya que el lenguaje, es eso miso, esa
deriva.
El psicoanálisis sólo accede a él por la entrada en juego de
Otra dichomansión, que se abre porque el adalid (del juego)
"pone semblante" de ser el efecto de lenguaje principal, el
objeto con que se (a)nima el corte que así permite: el objeto
(a), para llamarlo con la sigla que le asigno.
Esto, el analista lo paga con tener que representar la caída de
un discurso, luego de haber permitido al sentido abrazarse en
torno a la caída a que se aboca.
Cosa que denuncia la decepción que causo a muchos lingüistas,
sin salida posible para ellos, aunque yo sea el del (des)enredo.
En efecto, ¿quién puede dejar de ver, leyendo lo que escribo, o
aún oyéndomelo decir en claro, que el analista, desde Freud,
está muy adelantado en este asunto respecto al lingüista, a
Saussure, por ejemplo, que se queda en el acceso estoico, el
mismo que el de San Agustín? (Cf., entre otros, el De
magistro, cuyo límite indiqué lo suficiente, fechando en él
mi apoyo: la distinción signans-signatum).
Muy adelantado, y dije por qué: la condensación y el
desplazamiento anteceden al descubrimiento, con la ayuda de
Jakobson, del efecto de sentido de la metáfora y la metonimia.
Por poco que el análisis se sustente con la oportunidad que le
ofrezco, conservará el adelanto; y lo conservará con todas las
reanudaciones que el porvenir quiera añadir a mi palabra.
Porque la lingüística, en cambio, nada desbroza para el
análisis, y aún el apoyo que tomé de Jakobson, a diferencia de
lo que se produce para borrar la historia en la matemática, no
es del orden del après-coup, sino del contragolpe;
en beneficio, y para decir-segundo, de la lingüística.
El decir del análisis, en tanto es eficaz, realiza lo
apofántico, que con su sola ex-sistencia se distingue de la
proposición.
Es como pone en su lugar a la función proposicional en tanto
que, pienso haberlo mostrado, nos ofrece el único apoyo que
supla el ausentido de la relación sexual. En ella este decir se
renombra, por el embarazo que delatan campos tan desperdigados
como el oráculo y el fuera-de-discurso de la psicosis, con tomar
prestado de ellos el término de interpretación.
Es al decir al que vuelven a asirse , por fijar su deseo, los
cortes que solo por ser demandas se sostienen como no-cerrados.
Demandas que, por aparear lo imposible a lo contingente, lo
posible a lo necesario, amonestan por sus pretensiones a la
sedicente lógica modal.
Este decir no procede mas que del hecho de que el inconsciente,
por estar "estructurado como un lenguaje", esto es,
lalengua que habita, está sujeto al equívoco con que cada una se
distingue. Una lengua entre otras no es otra cosa sino la
integral de los equívocos que de su historia persisten en ella.
Es la veta en la que lo real, el único para el discurso
analítico que motiva su desenlace, lo real de que no hay
relación sexual, ha dejado su sedimento en el curso de los
siglos.
Esto, en la especie que este real introduce al
uno, o
sea, a lo único del cuerpo que de él cobra órgano, y que por
ello hace órganos descuartizados de una disyunción por donde
pone sin duda otros reales se ponen a su alcance, pero no sin
que la vía cuádruple de estos accesos se infinitice para que se
produzca el "número real".
El
lenguaje, pues, en tanto esta especie tiene en él su lugar, no
hace allí efecto de otra cosa mas que de la estructura con que
se motiva esta incidencia de lo real.
Todo lo que de él parest semblante de comunicación es siempre
sueño, lapsus o joke.
Luego, nada que hacer con lo que se imagina y se confirma en
muchos puntos de un lenguaje animal.
Lo real allí no ha de apartarse de una comunicación unívoca
respecto a la cual los animales, que nos dan el modelo, nos
harían sus delfines: una función de código se ejerce en ella
mediante la cual se da la neguentropía de resultados de
observación. Mas aún, se organizan ahí conductas vitales con
símbolos del todo semejantes a los nuestros (erección de un
objeto al rango de significante del amo en el orden del vuelo de
migración, simbolismo del pavoneo amoroso o del combate, señales
de trabajo, marcas de territorio), con la salvedad de que estos
símbolos nunca son equívocos.
Estos equívocos con que se inscriben los ribetes de una
enunciación, se concentran en tres puntos nodales donde se
observará no sólo la presencia de lo impar (antes juzgada
indispensable), sino también que como ninguno se impone de
primero, el orden con que vamos a exponerlos se mantiene en
ellos y con un doble lazo antes que con una sola vuelta.
Comienzo con la homofonía, de la que depende la ortografía. Que
en la lengua mía, como hace rato jugué con ella, haya equívoco
entre dos y dellos, guarda huella del juego del
alma por el cual hacer de ellos dos-juntos encuentra su límite
en "hacer dos" de ellos.
Otros hay en este texto, del paraser al sembrante.
Mantengo que aquí todas las jugadas están permitidas por la
sencilla razón de que, por estar cualquiera a su alcance sin
poder en ellas reconocerse, ellas nos juegan. A no ser que los
poetas las vuelvan cálculo y el psicoanalista las emplee donde
conviene.
Donde conviene para su fin: o sea, para, de su decir que
rescinde su sujeto, reeditar la aplicación que se representa en
el toro en que consiste el deseo propio a la insistencia en su
demanda.
Si un bulto imaginario puede aquí ayudar a la transfinitización
fálica, recordemos, empero, que el corte no deja de funcionar
aún trasladado al chiffonné que gorifiqué en su tiempo en
el dibujo girafoide de Juanito.
Pues la gramática secunda aquí a la interpretación. A lo cual,
en este caso como en los otros, Freud no se priva de recurrir.
No insisto sobre lo que subrayo de esta práctica confesada en
hartos ejemplos.
Sólo destaco que tal cosa se la imputan púdicamente los
analistas a Freud como desliz hacia el adoctrinamiento. En
fechas (cf. la del Hombre de las Ratas) en que no tiene otro
trasmundo que proponerles mas que el sistema Y acosado por
"incitaciones internas".
Así, los analistas que se aferran al parapeto de la "psicología
general", no son siquiera capaces de leer, en esos casos
deslumbrantes, que Freud hace que los sujetos "repasen su
lección" en su gramática.
Con la salvedad de que nos repite que, con el dicho de cada uno
de ellos, debemos estar dispuestos a revisar "las partes del
discurso" que creímos poder retener de los anteriores.
Claro que esto los lingüistas se lo proponen como ideal, pero si
la lengua inglesa parest propicia a Chomsky, he marcado que mi
primera frase tacha de falso, con un equívoco, su árbol
transformacional.
"No te lo hago decir", ¿no es la intervención interpretativa
mínima? Pero su sentido no es lo que importa en la fórmula que
permite la lengua que aquí empleo, importa que la amorfología
de un lenguaje abra el equívoco entre "Lo dices tú" y "Eso corre
a cargo mío, tanto menos cuanto que, cosa semejante, no te la he
hecho decir por nadie".
Número tres, ahora: es la lógica, sin la cual la interpretación
sería imbécil, siendo por supuesto los primeros en utilizarla
los que, para del inconsciente trascendentalizar la existencia,
se arman de las palabras de Freud de que es insensible a la
contradicción.
Sin duda no se han enterado aún de que más de una lógica se ha
preciado de prohibirse este fundamento, y no queda por ello
menos "formalizada", vale decir propia para el matema.
¿Quién reprocharía a Freud tal efecto de oscurantismo y los
nubarrones de tinieblas que de inmediato, de Jung a Abraham, se
acumularon para responderle? -No seré yo, desde luego, que
también tengo algunas responsabilidades a este respecto (desde
mi reverso).
Recordaré tan solo que ninguna elaboración lógica, desde antes
de Sócrates y de otras tradiciones que la nuestra, procedió
nunca de otra cosa que de un núcleo de paradojas; para utilizar
el término admisible por todos con que designamos los equívocos
que se sitúan a partir de este punto, que, por llegar aquí de
tercero, es lo mismo primero o segundo.
¿A quién dejé de hacer sentir que el baño de juventud con el
cual el matema llamado lógico ha encontrado para nosotros su
asidero y su vigor, son esas paradojas no solo refrescadas por
ser promovidas a nuevos términos por un Russell, sino aun
inéditas cuando provienen del decir de Cantor?.
¿Me podré a hablar de la "pulsión genital" como del catálogo de
las pulsiones pregenitales en tanto no se contienen a sí mismas,
sino que tienen su causa en otra parte, esto es, en el Otro al
que la "genitalidad" sólo tiene acceso si él se "tacha" por
tenerla a su merced en la división que se efectúa por su paso al
significante mayor, el falo?.
Y en cuanto a lo transfinito de la demanda, o sea, la
repetición, ¿tendré que recalcar que no tiene otro horizonte mas
que dar cuerpo a que el dos no sea menos que ella inaccesible
por solo partir del uno que no fuese el del conjunto vacío?.
Quiero aquí marcar que esto es mera recolección -sin cesar
alimentada con el testimonio que me dan, claro, aquellos de
quien abro los oídos- recolección de lo que cada cual puede,
tanto como yo y ellos, obtener de los labios mismos de los
analizantes siempre que uno se haya autorizado a ocupar el lugar
del analista.
Que, al cabo, la práctica me haya permitido hacer con ello
dichos y redichos, edictos, desdichos, es en verdad el sello con
que cada hombre se busca el lugar que merece en discursos
distintos del que propongo.
Por hacer en ellos guiadores de raza (los que trazan la guía) a
quienes se confían guiados, pedantes... (ver lo anterior).
Al contrario, en el acceso al lugar de donde se profiere lo que
enuncio, la condición estimada por origen primera es la de ser
el analizado, o sea, lo que resulta del analizante.
Pero siempre hace falta que vuelva a empezar el proceso, para
mantenerme en el filo de lo que me autoriza.
Con lo cual se precisa que mi discurso está respecto a los
demás, cuesta arriba, ha dicho ya, y se confirma mi exigencia
del doble lazo para que el conjunto se cierre.
Esto, en torno a un agujero del real ese del cual se anuncia
aquello que a posteriori, ninguna pluma deja de
testimoniar: no hay relación sexual.
Así se explica el mediodecir que al fin llevamos a cabo, el de
que la mujer desde siempre sería verdad de engaño. Quiera
el cielo al fin quebrado por la vía que os abrimos láctea, que
algunas por ser notodas para el hombredicho hagan llegar el
(eng)año de lo real. No tiene por qué ser mas desagradable que
antes.
No será un progreso, ya que no lo hay que de regreso no se
lamente, lamente por una pérdida. Pero que uno ría, la
lengua que sirvo reharía el joke de Demócrito sobre el
no-ser: extrayéndolo por la caída del "no" de la negación del
"nada" que parece llamarlo, como nuestra banda lo hace por sí
misma en su auxilio.
Demócrito en efecto nos regaló el
atomos, del real
radical, al elidir su "no", pero en su subjuntividad, o sea, ese
modal cuya demanda vuelve a hacer consideración. Gracias a lo
cual el "ser" fué justamente el pasajero clandestino cuyo
clam hace ahora nuestro destino.
No mas materialista en eso que cualquiera que fuese sensato, yo
o Marx, por ejemplo. En cuanto a Freud, no lo juraría: quién
sabe el grano de palabras encantadas de Moravia que ha podido
germinar en su alma de un país en que caminaba la Cábala.
Toda materia requiere de mucho
esprit, que además sea de
su cosecha, pues si no ¿de dónde le vendría? Fué lo poco que
Freud sintió, pero no sin el lamento que mencioné hace poco.
No detesto pues en absoluto ciertos síntomas, ligados a lo
intolerable de la verdad freudiana.
La confirman, y aún creyendo recibir su fuerza de mí. Para
retomar una ironía de Poincaré sobre Cantor, mi discurso no es
estéril, genera la antinomia, mejor aún: muestra poder
sostenerse aún de la psicosis.
Mas afortunado que Freud, quien para abordar su estructura tuvo
que recurrir a ese deshecho que son las memorias de un difunto,
mi Schreber naca de una reanudación de mi palabra (y esta vez es
hasta bipresidente, águila de dos cabezas).
Mala lectura de mi discurso, sin duda, es buena: ocurre con
todas: con el uso. Basta que un analizante llegue por eso muy
animado a su sesión, para que empalme directamente con su
materia edípica; como me lo informan de todas partes.
Obviamente, mi discurso no siempre tiene rechazos tan acertados.
Para tomarlo por el ángulo de la "influencia" tan preciada por
las tesis universitarias, parece poder ir muy lejos, en
particular respecto a un remolino de semantofilia del cual se lo
estima precedente, entonces con una fuerte prioridad esto lo
centraría con la palabra-gaveta. ...Se palabragaveta sin fin
desde hace un tiempo y, por desgracia, en eso me deben montones.
No me consuelo ni me desconsuelo. Es menos deshonroso para el
discurso analítico que lo produce la formación de las sociedades
con ese nombre. Allí es tradicional que el fariseísmo dé el
tono, y los ataques recientes contra los sobresaltos de la
juventud, no hacen mas que conformarse a ello.
Denuncio que de todo se valen los analistas de esa afiliación
para escabullirse de un desafío del cual afirmo que reciben su
existencia: pues es un hecho de estructura que los determina.
El desafío, lo denoto con la abyección. Es sabido que el término
de absoluto ha obsesionado al saber y al poder --irrisoriamente,
hay que decirlo--: allí al parecer estaba la esperanza, que los
santos en otro lado representan. Pero hay que desengañarse. El
analista abandona el juego.
En cuanto al amor que el surrealismo quisiera que las palabras
hiciesen, ¿habrá que decir que eso se queda así? Es extraño que
el encubrimiento que el análisis demuestra, no haya hecho manar
venero de semblante.
Para terminar según el consejo de Fenouillard respecto al
límite, saludo a Henri-Rousselle de quien, por tomar aquí
ocasión, no olvido que me da lugar para, este juego del dicho al
decir, darle demostración clínica. ¿Dónde mejor he hecho sentir
que con lo imposible de decir se mide lo real -en la práctica-?
Y a la cosa pongo fecha en
:
Beloeil, el 14 de julio de 1972.
Beloeil,
donde cabe pensar que Carlos I, aunque no de mi linaje, me ha
hecho falta, pero no, sépase, Coco, de lindos ojos, beloeil,
porque vive en la posada de al lado, esto es, la guacamaya
tricolor que sin tener que explorar su sexo, tuve que clasificar
como hétero, -porque se lo dice ser hablante-.