Mis
buenos Amigos
Ustedes pueden ver que para esta primera
comunicación dicha <<científica>> de nuestra nueva
Sociedad, he tomado un título no falto de ambición.
Como fuere, comenzaré por lo pronto por excusarme,
ustedes hagan el favor de considerar esta
comunicación dicha científica, mejor como, a la vez,
un resumen de puntos de vista que aquellos que están
aquí, sus discípulos, conocen bien, con los cuales
están familiarizados después de dos años de su
enseñanza, y también como una suerte de prefacio o
de introducción a una cierta orientación de
estudio del psicoanálisis.
En
efecto, yo creo que el retorno a los textos
freudianos que han sido el objeto de mi enseñanza
después de dos años, me ha – o mejor, nos ha, a
todos los que hemos trabajado en conjunto, dado
siempre la idea muy cierta de que no hay toma más
total de la realidad humana que aquella hecha por la
experiencia freudiana y que uno no puede abstenerse
de retornar a las fuentes y a aprehender esos textos
verdaderamente en todos los sentidos de la palabra.
Uno no puede abstenerse de pensar que la teoría del
psicoanálisis (y al mismo tiempo la técnica puesto
que no forman más que una misma cosa) no hubiese
sufrido una suerte de reducción, y, a decir verdad,
de degradación. Es que en efecto, no es fácil
mantenerse al nivel de una tal plenitud. Por
ejemplo, un texto como aquel de “el hombre de los
lobos”, pienso que esta tarde lo voy a tomar como
base y ejemplo de lo que les voy a exponer. Mas he
hecho toda la jornada de ayer una relectura
completa; había hecho por encima un seminario el año
pasado. Y he tenido simplemente todo el sentimiento
de que ha sido imposible aquí darles una idea, así
mismo aproximativa; y sobre mi seminario del último
año no voy a hacer sino una cosa: rehacerlo el año
próximo.
Pues
eso que me ha parecido formidable en ese texto, tras
el trabajo y el progreso que nosotros hemos hecho
este año alrededor del texto de “el hombre de las
ratas”, me deja pensar que eso que yo he sacado el
último año como principio, como ejemplo, como tipo
de pensamiento característico suministrado por ese
texto extraordinario sería literalmente una simple
aproximación (approche) como se dice en lengua
anglosajona; dicho de otra manera, “un balbuceo” (balbutiement:
balbuceo, tartamudeo). De suerte que después de
todo, lo que haré puede ser incidentemente una breve
alusión, pero ensayaré sobre todo, todo simplemente,
de decir aquellas palabras sobre eso que quiere
decir la posición de un tal problema; sobre
esto que quiere decir la confrontación de esos
tres registros que son bien los registros esenciales
de la realidad humana, registros muy
distintos y que se llaman: el simbolismo, lo
imaginario y lo real.
Una
cosa para empezar que es evidentemente notable y que
no sabríamos evadir; a saber que hay en el análisis,
toda una parte de real en nuestros sujetos,
precisamente que se nos escapa; qué no escapó por
tanto a Freud cuando él tenía que hacer a cada uno
de sus pacientes. Mas, desde luego, si ello no le
escapase, estaría todo además fuera de su botín
[captura] y de su alcance. No se sabría estar
demasiado sorprendido del hecho, de la manera donde
él habla de su “hombre de las ratas”, distinguiendo
entre “sus personalidades”. Es ahí encima que él
concluye: “la personalidad de un hombre elegante,
inteligente y cultivado”, él la pone en contraste
con otras personalidades de las cuales él ha hecho
estilo. Si aquello está atenuado cuando él habla de
su “hombre de los lobos”, él habla también. Mas, a
decir verdad, nosotros no estamos forzados a
contraindicar todas sus apreciaciones. No parece que
él tratase en “el hombre de los lobos” de alguno de
gran clase también. Pero no es sorprendente, él le
puso de lado como un punto particular. En cuanto a
su “Dora”, no hablemos; justo todo si no se puede
decir que él la amó.
Hay
pues allí alguna cosa que, evidentemente, no deja de
sorprendernos y que, en suma, es aquella cosa a la
cual nosotros tenemos que hacernos todo el tiempo .
Y diré que este elemento directo, este elemento de
peso, de apreciación de la personalidad es quella
cosa de bastante [texto faltante] con lo que
nosotros estamos en en relación sobre el registro
mórbido, de una parte, y hasta sobre el registro de
la experiencia analítica con sujetos que
absolutamente no caen bajo el registro mórbido; es
quella cosa que nos falta siempre, después de todo,
reservar y que está particularmente presente en
nuestra experiencia a nosotros otros que estamos
encargados de esta carga pesada de elegir a los que
se someten al análisis en un fin didáctico.
¿Qué
es lo que diremos después de todo, al fin y al cabo?
Cuando hablamos, al término de nuestra selección, si
no es que todos los criterios que se invocan (¿
falta el de la neurosis para hacer a un buen
analista? ¿ Un poquito? ¿ Mucho? Seguramente no: ¿no
del todo? ¿Pero, en resumidas cuentas, acaso es ello
lo que nos guía en un juicio que algún texto no
puede definir, y que nos hace apreciar las
cualidades personales, esta realidad? ¿Y qué se
expresa en esto: que un sujeto tiene tela o no la
tiene; que él es, como dicen los Chinos, "She-un-ta"
o "hombre de gran tamaño ", o " Sha-ho-yen ", " un
hombre de pequeño tamaño "? Es algo donde falta
decir bien qué es lo que constituye los límites de
nuestra experiencia. Es en ese sentido que se puede
decir, para colocar la cuestión de saber qué es lo
que es puesto en juego en el análisis: ¿Qué es? ¿Es
eso la relación real al sujeto, a saber según una
cierta manera y según nuestras medidas de reconocer?
¿Es esto a lo que tenemos que hacernos en el
análisis? Ciertamente no. Es
indiscutiblemente otra cosa. Y está muy allí la
cuestión que nos hacemos sin cesar y que se hacen
todos aquellos que intentan brindar una teoría de la
experiencia analítica. ¿Qué es lo que esta
experiencia singular entre todas, lo que va a
aportar en estos sujetos de transformaciones así
profundas? ¿ Y qué son ellas? ¿Cuál es el
resorte?
Todo
esto, la elaboración de la doctrina analítica
después de los años es hecha para responder a esta
cuestión. Es cierto que el hombre del público común
no parece asombrarse de otro modo de la eficacia de
esta experiencia que transcurre por completo en
palabras, y de un cierto modo, en el fondo; tiene
razón ya que en efecto, ella marcha, y que, para
explicarla, parecería que tuviésemos primero sólo
que demostrar el movimiento marchando. Y ya "hablar"
es introducirse en el sujeto de la experiencia
analítica. Es allí, en efecto, dónde conviene
proceder y saber; comezar por plantear la pregunta:
"¿Qué es la palabra? " es decir el <<símbolo>>.
En
verdad, a lo que asistimos, es más bien a una
evitación de esta pregunta. Y, desde luego, lo que
constatamos es que al reducir esta cuestión, al
querer no ver en los elementos y los resortes
técnicos propiamente del análisis sino algo que debe
lograrse, por una serie de tanteos, para modificar
las conductas, las competencias, las costumbres del
sujeto, acabamos muy rápidamente en un cierto número
de dificultades y de impases, no por cierto al punto
de encontrarles un lugar en el conjunto de una
consideración total de la experiencia analítica;
pero al ir en este sentido, vamos siempre más hacia
un cierto número de opacidades se nos oponen y que
tienden a transformar desde entonces el análisis en
algo por ejemplo, que aparecerá como mucho más
irracional de lo que es realmente esto.
Es muy
sorpredente ver cuántos recientes y recientemente
venidos a la experiencia analítica se produjeron, en
su primer modo de expresarse sobre su experiencia,
planteando la cuestión del carácter irracional de
este análisis, mientras que parezca que posiblemente
no hay, al contrario, técnica más transparente.
Y, por
supuesto, todo va en este sentido. Abundamos en un
cierto número de vistas psicológicas más o menos
parciales del sujeto paciente; hablamos de su
<<pensamiento mágico>>; hablamos de toda clase de
registros que tienen indiscutiblemente su valor y
son encontrados de modo muy vivo por la experiencia
analítica. De ahí a pensar que el análisis mismo
juega en un cierto registro, por supuesto, en el
pensamiento mágico, no hay más que un paso,
rápidamente atravesado cuando no se va y no se
decide mantenerse primero en la cuestión primordial:
<<Qué es esta experiencia de la palabra>> y, para
decirlo todo, de poner al mismo tiempo la cuestión
de la experiencia analítica, la cuestión de la
esencia y del comercio de la palabra.
Creo
que aquello de lo que se trata es de partir de esto:
Partamos de la experiencia, tal como ella nos es
presentada al comienzo en las primeras teorías del
análisis: ¿qué es este "neurótico" con quien estamos
relacionados por la experiencia analítica? ¿ Qué es
lo que va a pasar en la experiencia analítica? ¿Y
este pasaje del consciente al inconsciente? ¿Y
cuáles son las fuerzas que dan a este equilibrio una
cierta existencia? Lo llamamos el principio
de placer.
Para
ir rápidamente diremos con el señor Saussure [Raymond
de Saussure] que "el sujeto alucina su mundo", es
decir que sus ilusiones o sus satisfacciones
ilusorias no podían ser de todos los órdenes. Va a
hacerles seguir un otro orden evidentemente que
aquellos de sus satisfacciones que encuentran su
objeto en lo real puro y simple. Jamás un síntoma
aplacó el hambre o la sed de modo duradero, fuera de
la absorción de alimentos que les satisfacen. Aunque
una disminución general del nivel de la vitalidad
puede responder, en los casos límites, por ejemplo
la hibernación natural o artificial. Todo esto es
concebible sólo como una fase que no sabría desde
luego durar, salvo si implica daños irreversibles.
La
misma reversibilidad de los disturbios
neuróticos implica que la economía de las
satisfacciones que estuvieron implicadas allí
fueran de otro orden, e infinitamente menos
ligadas a ritmos orgánicos fijos, aunque comandando
desde luego una parte de ellos. Esto define la
categoría conceptual que define este tipo de
objetos. Es justamente lo que estoy camino de
calificar: " lo imaginario ", si se le
quiere reconocer todas las implicaciones que le
convienen.
A
partir de allí, todo es completamente simple, claro,
fácil, de ver que este orden de satisfacción
imaginaria no puede encontrarse sino sólo en el
orden de los registros sexuales
Todo
es dado allí, a partir de este tipo de condición
previa de la experiencia analítica. Y no es
asombroso, aunque, desde luego, las cosas hubieran
debido ser confirmadas, controladas, inauguradas, yo
diría, por la experiencia, que una vez la
experiencia hecha, las cosas aparezcan de un
perfecto rigor.
El
término "libido" es una noción que sólo expresa
esta noción de reversibilidad que implica la de la
equivalencia, de un cierto metabolismo de las
imágenes; para poder pensar en esta
transformación, hace falta un término energético al
que sirvió el término de libido. Aquello de lo que
se trata, es desde luego, algo complejo. Cuando digo
"satisfacción imaginaria", evidentemente no es el
hecho simple de que Demetrio quedó satisfecho de
haber soñado que él poseía la sacerdotiza
cortesana… aunque este caso es sólo un caso
particular en el conjunto … Pero es algo que va
mucho más lejos y actualmente es recortado por toda
una experiencia que es la experiencia que los
biólogos evocan concerniendo a los ciclos
instintuales, muy especialmente en el registro de
los ciclos sexuales y de la reproducción; a saber
que, dejados de lado los estudios todavía más o
menos inciertos e improbables que conciernen a las
paradas neurológicas en el ciclo sexual, que no son
lo que hay más sólido en sus estudios, está
demostrado que estos ciclos entre los animales
mismos <texto faltante> no se encuentra otro término
que la palabra misma que sirve para designar los
disturbios y los resortes primarios sexuales de los
síntomas en nuestros sujetos, a saber el
"desplazamiento".
Lo que
muestra el estudio de los ciclos instintuales entre
los animales, es precisamente su dependencia de un
cierto número de disparadores, de mecanismos de
disparo que son esencialmente de orden imaginario, y
que son lo que hay allí de más interesante en los
estudios del ciclo instintual, a saber que su
límite, su definición, el modo de precisarlos
fundados sobre la puesta a prueba de un cierto
número de señuelos <texto faltante> hasta un cierto
límite de borradura, son susceptibles de provocar en
el animal este tipo de posición erecta de la partida
del ciclo del comportamiento sexual del que se
trata. Y el hecho de que al interior de un ciclo de
comportamiento determinado, es siempre susceptible
de sobrevenir en ciertas condiciones un cierto
número de desplazamientos; por ejemplo, en un ciclo
de combate, la sobrevenida brusca, al regreso de
este ciclo ( entre las aves uno de los combatientes
que se pone de repente a alisarse las plumas), de un
segmento del comportamiento de ostentación que
intervendrá allí en medio de un ciclo de combate.
Mil
otros ejemplos pueden ser dados. No estoy aquí para
enumerarlos. Esto simplemente es para darles la idea
que este elemento de desplazamiento es un resorte
absolutamente esencial del orden, y principalmente
del orden de los comportamientos ligados a la
sexualidad. Sin duda, estos fenómenos no son
electivos entre los animales. Pero otros
comportamientos (cf. los estudios de Lorenz sobre
las funciones de la imagen en el ciclo de la
crianza), muestran que lo imaginario desempeña un
papel además eminente en el orden de los
comportamientos sexuales. Y además, en el hombre, es
siempre sobre ese plano, y principalmente sobre este
plano, que nos encontramos delante de este fenómeno.
Desde
ahora, señalemos, puntuemos esta exposición por
esto: que estos elementos de comportamientos
instintuales desplazados en el animal son
susceptibles de algo donde vemos el bosquejo de lo
que llamaremos un " comportamiento simbólico ".
Lo que
se llama en el animal un comportamiento simbólico
es a saber que, cuando uno de estos segmentos
desplazados toma un valor socializado, sirve para el
grupo animal de señalamiento de puntos de referencia
para un cierto comportamiento colectivo.
Así,
nosotros sostenemos que un comportamiento puede ser
imaginario cuando su orientación sobre las
imágenes y su propio valor de imagen para un otro
sujeto lo hacen susceptible de desplazamiento
fuera del ciclo que asegura la satisfacción de una
necesidad natural.
A
partir de ahí, el conjunto donde se trata de raíz,
el comportamiento neurótico, puede ser dicho, sobre
el plano de la economía instintiva, ser elucidado –y
de saber porqué se trata siempre de comportamiento
sexual, desde luego. No necesito volver allá, si no
es para indicar brevemente que un hombre pueda
eyacular a la vista de una pantufla es algo que no
nos sorprenda, ni tampoco que un esposo se sirva de
eso para devolverle mejores sentimientos, sino que
ciertamente nadie puede soñar que una pantufla pueda
servir para apaciguar un hambre, hasta el extremo,
de un individuo. Igual eso a lo que nos tenemos que
hacer constantemente son fantasmas [fantasías]. En
el orden del tratamiento, no es raro que el
paciente, el sujeto, haga intervenir, en el curso de
un análisis un fantasma tal que aquel de la
“fellatio del compañero (partenaire) analista”. ¿Es
allí también algo que hacemos volver a un ciclo
arcaico de su biografía de un modo cualquiera? ¿ Una
anterior subalimentación? Es muy evidente que,
cualquiera sea el carácter incorporativo que demos a
esos fantasmas, jamás soñaremos con eso. ¿Qué decir?
Esto
puede decir muchas cosas. De hecho, hay que ver bien
que lo imaginario está a la vez lejos de confundirse
con el dominio de lo analizable, y que, de otra
parte puede tener allí otra función que lo
imaginario.
Esto no es porque lo analizable encuentra lo
imaginario que lo imaginario se confunda con lo
analizable, que él es todo entero lo analizable, y
que él es todo entero lo analizable o lo analizado.
Para
tomar el ejemplo de nuestro fetichista, aunque esto
sea raro, si admitimos que se trata allí de un tipo
de perversión primitiva, no es imposible contemplar
casos semejantes. Supongamos que se trate de uno de
estos tipos de desplazamiento imaginario, tal como
aquellos a los que encontramos realizados en el
animal. Supongamos en otros términos que la pantufla
sea aquí, muy estrictamente, el desplazamiento
del órgano femenino, ya que es mucho más a menudo en
el macho (varón) que el fetichismo existe. Si no
hubiera literalmente nada que pudiera representar
una elaboración con relación a este dato primitivo,
sería también inanalizable lo que es
inanalizable de tal o tal fijación perversa.
A la
inversa, para hablar de nuestro paciente, o sujeto,
presa de un fantasma, ahí es otra cosa que tiene un
otro sentido, y allí, es muy claro que si este
fantasma puede ser considerado como algo que
representa lo imaginario, puede representar ciertas
fijaciones a un estadio primitivo oral de la
sexualidad, por otra parte, no diremos que
este fellateur sea un fellateur constitucional.
Entiendo
por ahí que aquí, el fantasma del que se trata, el
elemento imaginario estrictamente tiene sólo un
valor simbólico que tenemos que apreciar y
comprender sólo con arreglo al momento del análisis
donde él va a insertarse. En efecto, aunque el
sujeto retiene la confesión, este fantasma surge y
su frecuencia muestra bastante que surge en el
momento del diálogo analítico. Él está hecho para
expresarse, para ser dicho, para simbolizar
algo y algo que tenga un sentido todo diferente,
según el momento mismo del diálogo.
¿
Entonces, qué a decir? Que no basta que un
fenómeno represente un desplazamiento, es decir que
se inscriba en los fenómenos imaginarios, para ser
un fenómeno analizable, de una parte, y para que lo
sea, hace falta que represente otra cosa que
sí-mismo, si lo puedo decir.
Para
abordar, de un cierto modo, el tema del que hablo, a
saber el simbolismo, diré que toda una parte de las
funciones imaginarias en el análisis no tienen otra
relación con la realidad fantasmal que ellas
manifiestan que, si ustedes quieren, la sílaba " po
" lo tiene entre el vaso y las formas,
preferentemente simples, que ella designa. Así como
se lo ve fácilmente en el hecho de que en "policía"
o "cobarde" (poltron) esta sílaba " po " tiene
evidentemente un muy diferente valor [relación
contextual]. Podremos servirnos de la "vasija" (pot)
para simbolizar la sílaba “po”, inversamente, en el
término “policía” o “cobarde” (poltron), pero
convendrá entonces añadir a eso al mismo tiempo
otros términos también imaginarios que no serán
tomados allí por otra cosa que como sílabas
destinadas a completar la palabra.
Así es
como hay que entender lo simbólico de lo que se
trata en el intercambio (comercio) analítico, a
saber que lo que encontramos, y lo que hablamos es
lo que encontramos y encontramos sin cesar, y lo que
Freud manifestó como siendo su realidad esencial,
sea que se trate de síntomas reales, actos fallidos,
y sea lo que quiera que sea quien se inscriba; se
trata todavía y siempre de símbolos y de símbolos
hasta muy específicamente organizados en el
lenguaje, así pues funcionando a partir de este
equivalente del significante y del significado: la
misma estructura del lenguaje.
No es mío
este término, " el sueño es un rebus", es de Freud
mismo. Y que el síntoma no exprese, él
también, aquella cosa de estructura y de
organizado como un lenguaje está bastante
manifiesto por el hecho, para hacerse del más simple
entre ellos, del síntoma histérico que es, que da
siempre algo equivalente a una actividad
sexual, pero jamás un equivalente unívoco, al
contrario, siempre es plurívoco, sobrepuesto,
sobredeterminado, y, para decirlo todo, muy
exactamente construido al modo en el que las
imágenes son construídas en los sueños, como
representando una concurrencia, una superposición de
símbolos, por muy compleja que le sea una frase
poética que vale a la vez por su tono, su
estructura, sus retruécanos, sus ritmos, su
sonoridad, pues esencialmente sobre varios planos, y
del orden y del registro del lenguaje.
¡A la
verdad, esto posiblemente no nos parecerá suficiente
en su relevancia, si no tratamos de ver a pesar de
todo qué es eso, por completo originariamente que el
lenguaje!
Desde
luego (la cuestión del origen del lenguaje,
no estamos aquí para hacer un delirio colectivo,
organizado, ni individual. Es uno de los temas que
se pueden prestar mejor a estos tipos de delirios)
sobre la cuestión del origen del lenguaje; el
lenguaje está ahí; es un emergente. Y ahora que
emergió, nosotros no sabremos nunca jamás cuándo ni
cómo comenzó, ni cómo era antes de que sea.
¿Pero a
pesar de todo, cómo expresar este algo que debiera
posiblemente haberse presentado como una de las
formas más primitivas del lenguaje? Piensen en las
contraseñas [santo y señas]. Vean, escojo a
propósito este ejemplo, justamente porque el error y
el espejismo, cuando se habla del sujeto del
lenguaje, está siempre en creer que su significación
es lo que él designa. Pero no, pero no. Claro que
designa algo, cumple una cierta función. Y escojo a
propósito la contraseña, porque la contraseña tiene
esta propiedad de ser escogida justamente de modo
completamente independiente de su significación (y
si esta es idiota, a la que la Escuela responde -
sin duda jamás hay que responder - que la
significación de tal palabra es designar a quien lo
pronuncia como teniendo tal o tal propiedad
respondiendo a la pregunta que hace concertarse
[reunirse]. Otros dirían que el ejemplo está mal
elegido porque es tomado dentro de una convención,
esto todavía vale más) y, por otra parte, no podemos
negar que la contraseña tuviera las virtudes más
preciosas. Sirve simplemente para evitarles ser
matados (tu-matar, tué-matado).
Así es
como efectivamente podemos considerar el lenguaje
como teniendo una función. Nacido entre estos
animales feroces que debieron ser los hombres
primitivos (a juzgarlo según los hombres modernos,
esto no es inverosímil), la contraseña es
justamente aquella en la que no "se reconocen los
hombres del grupo", pero en lo que "se constituye el
grupo ".
Hay un
otro registro donde se puede meditar sobre esta
función del lenguaje; es el lenguaje estúpido del
amor, que consiste al último grado del espasmo del
éxtasis - o al contrario de la rutina, según los
individuos - a, súbitamente calificar a su compañero
sexual con uno de los nombres más vulgares de una
verdura, o del animal de los más repugnantes. Esto
expresa tan ciertamente algo que ciertamente no está
lejos de tocar la cuestión del horror del anonimato.
No es para nada para lo que tal o tal de estas
apelaciones, animal o soporte más o menos totémico,
se encuentre en la fobia. Es evidentemente que hay,
entre los dos, algún punto común; el sujeto humano
está por completo especialmente expuesto, veremos
esto en seguida, a este tipo de vértigo que surge y
experimenta la necesidad de alejarlo, la necesidad
de hacer algo transcendental; esto no está para nada
en el origen de la fobia.
En estos
dos ejemplos, el lenguaje está particularmente
desprovisto de significación. Ustedes ven mejor allí
lo que distingue al símbolo del signo a
saber la función interhumana del símbolo. Quiero
decir algo que nace con lenguaje y que hace que
después de que la palabra (y es a lo cual sirve la
palabra) verdaderamente fue palabra pronunciada, los
dos compañeros sean otra cosa que antes. Esto sobre
el ejemplo más simple.
Ustedes
tendrían la razón por otra parte de creer que no son
justamente ejemplos particularmente plenos.
Seguramente a partir de algunas observaciones,
ustedes podrán percatarse de que, a pesar de todo,
sea en la contraseña, o sea en la palabra que se
llama amor, que se trata de algo, que en resumidas
cuentas, que está pleno de alcance. Digamos que la
conversación que en el momento medio de sus carreras
de estudiantes, ustedes pudieron tener una cena de
patrono también medio, donde el modo y la
significación de las cosas que se cambia <texto
faltante> cuanto este carácter es equivalente de
conversaciones encontradas en la calle y en el
autobús, y que no es otra cosa que un cierto modo de
hacerse reconocer, lo que justificaría a Mallarmé
diciendo que el lenguaje era “comparable a esta
moneda desaparecida que se pasa de mano en mano en
silencio ".
Veamos
pues después de todo de lo que se trata a partir de
allí, y, después de todo lo que se establece cuando
el neurótico llega a la experiencia analítica.
El caso
es que él también comienza a decir de las cosas.
Dice sobre cosas, y las cosas que dice, no hay
muchísimo para asombrarnos si, al principio, no son
tampoco otra cosa que estas palabras de poco peso a
las cuales acabo de hacer alusión. Sin embargo, hay
algo que es fundamentalmente diferente, es que él va
al analista para otra cosa que para decir tonterías
y vanalidades que, desde ahora, en la situáción está
implicado algo, y algo que no es nada, puesto que en
suma, es su propio sentido más o menos lo que él
viene a buscar; es que algo es puesto allí
místicamente sobre la persona de quien lo escucha.
¡Desde luego, él avanza hacia esta experiencia,
hacia esta vía original, con mi Dios! lo que tiene
a su disposición: a saber que lo que él cree primero
es que hace falta que él mismo haga la medicina, que
él instruye al analista. Desde luego, ustedes tienen
su experiencia cotidiana; la devuelven a su plano,
digamos que aquello de lo que se trata, no es de
esto, sino que se trata de hablar, y,
preferentemente, sin buscar poner orden,
organización, es decir sin ponerse, según un
narcisismo bien conocido, en el lugar de su
interlocutor.
En
resumidas cuentas, la noción que tenemos del
neurótico es que en sus síntomas mismos, es una
"palabra amordazada”donde se expresa un cierto
número, decimos de “trasgresiones a un cierto
orden”, que, por ellas mismas gritan al cielo
el orden negativo en el cual están inscritas. A
falta de realizar el orden del símbolo de una manera
viva, el sujeto realiza imágenes desordenadas en
donde ellas son los sustitutos. Y, desde luego,
es esto lo que va primero y desde ahora a
interponerse a toda relación simbólica verdadera.
Lo que el sujeto expresa primero y desde ahora
cuando habla, se explica, es ese registro que
llamamos las “resistencias”; eso que no
quiere y que no puede ser interpretado de otra
manera que como el hecho de una realización
hic et nunc,
en la situación y con el analista, de la imagen o de
las imágenes que son aquellas de la experiencia
precoz.
Y es muy
sobre esto que toda la teoría de la resistencia se
edificó, y esto solamente después del gran
reconocimiento del valor simbólico del síntoma y de
todo lo que puede ser analizado.
Lo que la
experiencia prueba y encuentra, es justamente otra
cosa que la realización del símbolo; es la tentativa
por el sujeto, de constituir hic et nunc, en la
experiencia analítica, esta referencia imaginaria,
lo que llamamos las tentativas del sujeto de hacer
entrar al analista en su juego. Eso que
nosotros vemos, por ejemplo, en el “hombre de las
ratas”, cuando nosotros nos percatamos (rápidamente,
pero no en seguida, y Freud tampoco), que al contar
su historia obsesiva, la gran observación alrededor
del suplicio de las ratas, hay la tentativa del
sujeto de realizar hic et nunc, aquí y con
Freud, este tipo de relación sádico-anal imaginaria
que le constituye sólo la sal de la historia. Y
Freud se percata muy bien, que se trata de algo que
se traiciona y se traduce fisionómicamente, sobre la
cabeza misma, la cara del sujeto, por lo que
califica en aquel momento "el horror del goce
ignorado".
A partir
del momento en que estos elementos de la resistencia
sobrevinieron en la experiencia analítica, en que se
pudieron medir, poner como tales, es un momento
significativo en la historia del análisis. Y se
puede decir que es a partir del momento en que se
supo hablar de eso de modo coherente y a la fecha,
por ejemplo, del artículo de Reich, uno de los
primeros artículos sobre este tema (aparecido en el
International Journal), en el momento en el que
Freud hacía surgir lo segundo [ref.2ª.tópica] en la
elaboración de la teoría analítica y que no
representa nada más que la teoría del yo (moi);
hacia esta época, en 1920, aparece "das Es" [El
Ello] y en aquel momento, comenzamos a percatar al
interior (hay que mantenerlo siempre al interior
del registro de la relación simbólica), que el
sujeto resiste; que esta resistencia,
ello no es algo como una simple inercia opuesta al
movimiento terapéutico, como se podría decir en
física que la masa resiste a toda aceleración. Es
algo que establece un cierto lazo, que se opone como
tal, como una acción humana, a aquella del
terapeuta; pero estando aparte no hace falta que el
terapeuta se equivoque. Esto no le pertenece, en
tanto que realidad que se opone, es en la medida en
que, en su lugar, es realizada una cierta imagen que
el sujeto proyecta sobre él.
A decir
verdad, estos términos sólo son aproximados.
También
es en este momento que nace la noción de instinto
agresivo, que falta añadir a la libido el término de
destrudo. Y esto, no sin razón. Porque a
partir del momento en que su fin (propósito, blanco)
<texto faltante> las funciones por completo
esenciales de estas relaciones imaginarias, tales
que ellas aparecen bajo la forma de resistencia,
aparece un otro registro que no está ligado a nada
menos que a la función propia que juega el yo (moi),
a esta teoría del yo (moi) en la cual yo (je)
no entraré hoy, y que es lo que falta absolutamente
distinguir en toda noción coherente y organizada del
yo (moi) del análisis; a saber sobre el yo (moi)
como función imaginaria, del yo (moi) como unidad
del sujeto alienado a él-mismo, del yo (moi) como
eso en lo que el sujeto no puede reconocerse primero
mas que alienándose, y pues no puede encontrarse
salvo aboliendo el alter ego del yo (moi), que
como tal, desarrolla la dimensión, muy distinta de
la agresión, que se llama ella misma y de ahora en
adelante: la agresividad.
Creo que
nos falta volver a sostener la cuestión en estos dos
registros: la cuestión de la palabra y la cuestión
de lo imaginario.
La
palabra, se los mostré bajo una forma abreviada,
desempeña ese papel esencial de mediación. De
mediación, es decir de algo que cambia a los dos
compañeros en presencia, a partir del momento en que
que ha sido realizada. Esto no tiene nada por otra
parte que no nos sea dado hasta en el registro
semántico de ciertos grupos humanos. Y si ustedes
leen (no es un libro que merece todas las
recomendaciones, sino que es bastante expresivo y
particularmente manejable y excelente como
introducción para los que necesitan ser
introducidos), el libro de Lenhardt: Do Kamo,
ustedes verán allí que en los Canacos, sucede algo
bastante particular sobre el plano semántico, a
saber que la palabra "palabra" significa algo que va
mucho más lejos que lo que llamamos tal. Es además
una acción. Y por otra parte también para nosotros
"palabra dada " es también una forma de acto. Pero
es también algunas veces un objeto, es decir algo
que se porta, una gavilla [haz]… Es no importa qué.
Mas a partir de ahí, algo existe que no existía
antes. Convendría también hacer una otra
observación: es que esta palabra mediadora no es
pura y simplemente mediadora sobre ese plano
elemental; ella permite trascender entre dos hombres
la relación agresiva fundamental al espejismo del
semejante. Falta que ella sea aun otra cosa,
porque si se reflexiona sobre eso, se ve que no sólo
constituye esta mediación, sino que también, ella
constituye la realidad misma: esto es completamente
evidente si ustedes consideran lo que se llama una
estructura elemental, es decir arcaica de
parentesco. Lejos de ser elementales, ellas no lo
son siempre. Por ejemplo, es especialmente complejo
(pero, a la verdad esas estructuras complejas no
existirían sin el sistema de las palabras que las
expresa), el hecho de que, en nosotros, las
interdicciones que reglamentan el intercambio humano
de las alianzas, en el propio sentido de la palabra,
sean reducidas a un número de interdicciones
excesivamente restrictivas, nos propende a confundir
los términos como “padre, madre, hijo… " con las
relaciones efectivas [reales].
Es porque
el sistema de relaciones de parentesco, para que
hubiera sido hecho, está extremadamente reducido, en
sus límites y en su campo. Pero si ustedes formaran
parte de una civilización donde ustedes no pueden
casarse con tal prima al séptimo grado, porque está
considerada como prima paralela, o a la inversa,
como prima cruzada, o que se encuentra con ustedes
en una cierta homonimia que devuelve las tres o
cuatro generaciones, ustedes se percatan que las
palabras y los símbolos tienen una influencia
decisiva en la relidad humana, y es precisamente que
las palabras tienen exactamente los sentidos que yo
decreto darles. Como diría Humpty Dumpty en Lewis
Carroll cuando se le demanda el porqué. Él hace esta
respuesta admirable: “porque yo soy el maestro [amo;
maître]”.
Dígase
que al comienzo, es muy claro que el hombre es en
efecto quien da su sentido a la palabra. Y que si
las palabras luego se encontraron en el común
acuerdo de la comunicabilidad, a saber que las
mismas palabras sirven para reconocer la misma cosa,
es precisamente en función de relaciones, de una
relación de partida, que le permitió a esta gente
ser de las gentes que comunican. En otros términos,
ni hablar en absoluto, salvo en una percepción
psicológica expresada, de tratar de deducir cómo las
palabras salen de las cosas y les son aplicadas
sucesivamente y individualmente; pero de entender
que es al interior del sistema total del discurso,
del universo de un lenguaje determinado, que
comprende, por una serie de complementaciones, un
cierto número de significaciones; que lo que hay a
significar, a saber las cosas, tiene que arreglarse
a [darse maña en] tomar lugar.
Así es
como las cosas, a través de la historia, se
constituyen. Es lo que hace particularmente pueril
toda teoría del lenguaje, para que se tenga que
comprender el papel que juega en la formación de los
símbolos. Que aquella que es dada por ejemplo por
Massermann, el que hizo sobre eso (en el
International Journal of Psycho-analysis 1944), un
artículo muy bonito que se llama: “Lenguaje,
comportamiento y psiquiatría dinámica”. Es claro que
uno de los ejemplos que él da muestra bastante la
debilidad del punto de vista conductual. Porque es
de esto de lo que se trata en esta ocasión. Él cree
que resuelve la cuestión de la simbología del
lenguaje, dando este ejemplo: el acondicionamiento
que se tendría del efecto en la reacción de
contracción de la pupila ante la luz, que
regularmente se habría hecho producir al mismo
tiempo que con una campanilla. Suprimimos luego la
excitación a la luz, la pupila se contrae cuando se
agita la campanilla. Acabaríamos por obtener la
contracción de la pupila por la simple audición de
la palabra "contract (contraer)". ¿Creen que con
esto, ustedes resolvieron la cuestión del lenguaje y
de la simbolización? Mas es muy claro que si, en
lugar de “contraer”, uno hubiera dicho otra cosa,
uno podría obtener exactamente el mismo resultado. Y
eso de lo que se trata no es el acondicionamiento de
un fenómeno, mas de lo que se trata en los
síntomas es de la relación del síntoma con todo el
sistema completo del lenguaje. Es decir, el
sistema de significaciones de las relaciones
interhumanas como tales.
Yo creo
que el resorte de lo que vengo a decirles es esto:
¿qué es lo que nosotros constatamos, y en lo que el
análisis recorta muy exactamente estas observaciones
y nos muestra hasta en el detalle el alcance y la
presencia?
Es ni más
ni menos esto: que toda relación analizable, es
decir interpretable simbólicamente, está siempre más
o menos inscrita en una relación a tres.
Ya lo vimos en la estructura misma de la palabra:
mediación entre tal y tal sujeto, en eso que es
realizable libidinalmente; eso que nos muestra el
análisis y eso que da su valor a este hecho afirmado
por la doctrina y demostrado por la experiencia de
que nada finalmente se interpreta, porque es de esto
que se trata: a través de la realización edípica.
Es esto lo que ello quiere decir. Esto quiere decir
que toda relación a dos está siempre más o menos
marcada del estilo de lo imaginario; y que para que
una relación tome su valor simbólico, hace falta que
hubiera la mediación de un tercer personaje que
realice, por relación al sujeto, el elemento
trascendente gracias al cual su relación al sujeto
puede ser sostenido a una cierta distancia.
Entre la
relación imaginaria y la relación simbólica, hay
toda la distancia que hay en la culpabilidad. Es
para esto, la experiencia se los muestra, que la
culpabilidad siempre es preferida a la
angustia. La angustia misma es desde
ahora, lo sabemos por los progresos de la doctrina y
de la teoría de Freud, ella está siempre ligada a
una pérdida, es decir a una transformación del
yo (moi), es decir a una relación a dos sobre el
punto de desvanecerse y a lo cual debe suceder algo
más que el sujeto no puede abordar sin un cierto
vértigo. Es esto que es el registro y la
naturaleza de la angustia. Tan pronto como se
introduce el tercero, y <texto faltante> que entra
en la relación narcisista ha introducido la
posibilidad de una mediación efectiva (réelle), por
el intermediario esencialmente del personaje que,
por relación al sujeto, representa un personaje
trascendente, dicho de otra manera una imagen de
maestría por intermedio de la cual su deseo y
su cumplimiento pueden realizarse
simbólicamente. En este momento interviene otro
registro, que es justamente el que se llama: o
aquel de la ley, o aquel de la culpabilidad,
según el registro en el cual es vivido. (Ustedes
sienten que abrevio un poco; es el plazo. Creo que
dando esto de modo abreviado no les desvío demasiado
por eso, ya que también son cosas que aquí o en otro
lugar en nuestras reuniones, repetí muchas veces).
Lo que
querría subrayar que concierne a este registro, de
lo simbólico, es sin embargo, importante. Tienen que
saber esto: tan pronto como se trata de lo
simbólico, es decir eso en lo que el sujeto se
compromete, en una relación propiamente humana, tan
pronto como se trata de un registro del “yo” ("je”)
, eso en lo que el sujeto se compromete. En “yo
quiero…., yo amo…” hay siempre algo, literalmente
hablado, de problemática, es decir que hay un
elemento temporal muy importante a
considerar. ¿Qué es lo que quiero decir así? Esto
pone todo un registro de problemas que deben ser
tratados paralelamente a la cuestión de la relación
de lo simbólico y de lo imaginario. La cuestión
de la constitución temporal de la acción humana es,
ella, absolutamente inseparable de la primera.
Aunque no pueda tratarlo en su amplitud esta tarde,
hay que por lo menos indicar que la encontramos sin
cesar en el análisis, quiero decir de modo más
concreto. Allí también, para comprenderla, conviene
partir de una noción estructural, si se puede decir
existencial, de la significación del símbolo.
Uno de
los puntos que aparece de los más <texto faltante>
de la teoría analítica, a saber el del automatismo,
del automatismo pretendido de repetición, cuyo
primer ejemplo Freud dio tan bien, y cómo actúa la
primera maestría: el niño del que se borra, por la
desaparición, su juguete. Esta repetición primitiva,
esta escansión temporal que hace que la
identidad del objeto es mantenida: y en la
presencia y en la ausencia, tenemos ahí muy
exactamente el alcance, la significación del símbolo
en tanto que él se relaciona al objeto, es decir a
eso que se llama el concepto.
Entonces,
encontramos allí tan ilustrado algo que parece tan
oscuro cuando se lo lee en Hegel, a saber: que "el
concepto es el tiempo". Haría falta una
conferencia de una hora para hacer la demostración
de que el concepto, es el tiempo. (Cosa curiosa, el
señor Hyppolite, que trabaja la fenomenología del
espíritu, se contentó con poner una nota que decía
que era uno de los puntos más oscuros de la teoría
de Hegel).
Pero
allí, ustedes verdaderamente tocaron con el dedo
esta cosa simple que consiste en decir que el
símbolo del objeto, es justamente " el objeto ahí ".
Cuando no está más ahí, es el objeto encarnado en su
duración, separado de sí-mismo y el que, por ahí
mismo, puede serles siempre presente en cierto modo,
siempre allí, siempre a su disposición.
Encontramos allí la relación que hay entre el
símbolo y lo que hace que todo lo que es humano es
considerado como tal, y cuanto más humano, más es
preservado, si se puede decir, del lado lado
moviente y descompensante del proceso natural.
El hombre mismo hace, y ante todo hace subsistir
en una cierta permanencia todo lo que ha durado como
humano
Y
encontramos un ejemplo. Si hubiera querido tomar por
una otra parte la cuestión del símbolo, en lugar de
partir de la palabra, de la palabra o de la pequeña
gavilla, me habría ido del túmulo sobre la tumba del
jefe o sobre la tumba de no importa quien. Es eso
que caracteriza la especie humana, justamente, de
rodear el cadáver de algo que constituye una
sepultura, de mantener el hecho de que “esto duró”.
El túmulo o no importa qué otro signo de sepultura
amerita muy exactamente el nombre de símbolo, de
algo humanizante. Yo llamo símbolo a todo eso de lo
que intenté mostrar la fenomenología.
Es por
eso que si les señalo esto, no es evidentemente sin
razón, y la teoría de Freud debió empujarse hasta la
noción a la que dio valor de un instinto de
muerte, y todos aquellos que, en la
continuación, colocaron énfasis únicamente en lo
que es el elemento resistencia, es decir el elemento
acción imaginaria durante la experiencia analítica,
y anulando más o menos la función simbólica del
lenguaje, son los mismos para los que el instinto de
muerte es algo que no tiene razón de ser.
Este modo
de "realizar", en el sentido propio de la palabra,
de devolver a un cierto real la imagen, desde luego
que ha incluido allí como una función esencialmente
un signo particular de este real, devolver a lo real
la expresión analítica, está siempre en aquellos que
no tienen este registro, los que la desarrollan bajo
este registro, es siempre correlativo de la puesta
entre paréntesis, incluso la exclusión de lo que
Freud puso bajo el registro del instinto de muerte,
o lo que llamó más o menos automatismo de
repetición.
Con Reich,
esto es exactamente característico. Para Reich todo
eso que el paciente cuenta es “flatus vocis”, la
manera en que el instinto manifiesta su armadura.
Punto que es significativamente muy importante,
mas como tiempo de esta experiencia, es en la medida
en que es puesto entre paréntesis toda esta
experiencia como simbólica, que el instinto de
muerte es él mismo excluído, puesto entre paréntesis.
Desde luego, este elemento de la muerte no se
manifiesta sino sobre el plano del símbolo. Ustedes
saben que se manifiesta más o menos en eso que es
del registro del narcisismo. Mas es otra cosa de
lo que trata, y que está mucho más cerca de este
elemento de anonadación final, ligado a toda especie
de desplazamiento. Desde luego, se le puede
concebir. El origen, la fuente, como lo indiqué a
propósito de elementos trasladados de la posibilidad
de transacción simbólica de lo real. Pero es también
algo que tiene mucho menos relación con el elemento
duración, proyección temporal, en tanto como
entiendo el porvenir esencial del comportamiento
simbólico como tal.
( Ustedes
lo sienten bien, estoy forzado a ir un poco rápido.
Hay muchas cosas que hay que decir sobre todo esto.
Y es cierto que el análisis de nociones por muy
diferentes como estos términos de: resistencia,
resistencia de transferencia, transferencia como tal
… La posibilidad de hacer comprender a este
propósito eso que hay que llamar propiamente
"transferencia" y dejar a la resistencia. Yo creo
que todo esto puede muy fácilmente inscribirse por
relación a estas nociones fundamentales de lo
simbólico y de lo imaginario).
Simplemente querría, para terminar, ilustrar en
cierto modo (siempre hay que dar una pequeña
ilustración de lo que se cuenta), darles algo que no
sea más que una aproximación en relación a los
elementos de formalización que desarrollé mucho
antes con los alumnos del Seminario (por ejemplo en
el Hombre de las ratas). Se puede
llegar
a formalizar completamente con ayuda de elementos
como aquellos que les voy a indicar. He aquí una
clase que
les
mostrará lo que quiero decir.