I -
Graffittis en el muro
“Tenemos, pues, el plano del espejo, el mundo
simétrico de los ego y de los otros
homogéneos. De él debe distinguirse otro plano,
que llamaremos el muro del lenguaje.
El lenguaje sirve tanto para fundarnos en el
Otro como para impedirnos radicalmente
comprenderlo. Y de esto precisamente se trata en
la experiencia analítica.
El sujeto no sabe lo que dice, y por las mejores
razones, porque no sabe lo que es”(1).
El ser humano ocupa un particular lugar en el
mundo, en la medida en que no posee una relación
directa con el mismo, o con lo que podríamos
denominar la “naturaleza”, de la que se
encuentra separado por un “muro”, que Lacan
denominó como el “muro del lenguaje”.
Sabemos que existen personas, objetos, ideas
pero este conocimiento sólo es aprehensible por
medio del lenguaje que hace las veces de
mediador, introduciendo al símbolo como creador
de la realidad propiamente humana, y despojando
al sujeto de una relación “instintiva” o
“natural” con el mundo. “El símbolo se
manifiesta en primer lugar como asesinato de la
cosa”(2), con lo que el lenguaje establece un
ordenamiento en la experiencia humana que Lacan
denominó como orden simbólico y que,
anudado a lo imaginario y lo real,
conforma la estructura subjetiva del hombre.
El hombre se encuentra apresado por el lenguaje,
rodeado por las paredes del muro (del que, en el
caso más favorable, nunca saldrá), aunque no por
esto es un ser pasivo: también habla, y su
discurso muchas veces lo desconcierta: no
entiende lo que dice, le extrañan sus sueños,
sus síntomas, dice más (o menos) de lo que
quiere decir, verdaderos graffittis del
discurso, en los que Freud supo escuchar la
verdad del deseo inconsciente del sujeto a
través de sus formaciones (sueños, chistes,
síntomas neuróticos, actos fallidos, fantasías).
Será a partir de la experiencia freudiana y de
los aportes de otras disciplinas (tomaremos,
para nuestro desarrollo, a la lingüística
estructural) que Lacan podrá enunciar uno de sus
postulados fundamentales: el de que “El
inconsciente está estructurado como un
lenguaje”.
En la explicación de esta tesis consistirá el
desarrollo del presente trabajo.
II— La Lingüística Estructural de Ferdinand De
Saussure
“Del lenguaje se ocupa la lingüística”,
podríamos decir. De hecho, fue de un tenor
similar la objeción que los lingüistas le
formularon a Lacan, como veremos más adelante.
Pero puede decirse, con absoluta justicia, que
la lingüística como ciencia, la lingüística
moderna, debe su estatuto y sus blasones a
Ferdinand de Saussure, creador de la lingüística
estructural y sin el cual no hubiera habido
lingüistas en condiciones de refutar a Lacan.
Muy lejos queda nuestra intención de presentar
toda la teoría de de Saussure; sólo abordaremos
aquellos aspectos fundamentales, que hicieron de
su obra uno de los referentes ineludibles para
comprender los desarrollos de Jacques Lacan. A
los lectores interesados en ampliar esta
temática remitimos a la clásica obra “Curso de
lingüística general”, que se consigna en la
bibliografía del presente trabajo.
En primer lugar, de Saussure establece una clara
diferencia entre lengua y habla,
señalando que el objeto de estudio de la
lingüística es la primera.
La lengua es un hecho social y consiste
en un sistema de signos de significado
convencional, y de igual valor para todos los
miembros de la comunidad que la utiliza. El
valor “universal” de la lengua permite la
comunicación entre las personas, lo que sucede
por medio del habla, a la que definiremos
como el uso individual de los signos.
Señaladas estas diferencias, abordaremos ahora
un elemento que encontramos tanto en la lengua
como en el habla: el signo, verdadero
articulador entre estas dos dimensiones, y por
ello estructural en el lenguaje, el signo se
sitúa en la base misma, en el fundamento del
lenguaje (ningún elemento contingente podría
servir de nexo entre lengua y habla, que son,
como dijimos, las dos dimensiones que adquiere
el lenguaje). Dice de Saussure: “Lo que el
signo lingüístico une no es una cosa y un
nombre, sino un concepto y una imagen acústica.
La imagen acústica no es el sonido material,
cosa puramente física, sino su huella psíquica,
la representación que de él nos da el testimonio
de nuestros sentidos”. Unión que, además, es
arbitraria: “El lazo que une el significante al
significado es arbitrario; o bien, puesto que
entendemos por signo el total resultante de la
asociación de un significante con un
significado, podemos decir más simplemente: el
signo lingüístico es arbitrario.
Así, la idea de sur no está ligada por relación
alguna interior con la secuencia de sonidos
s-u-r que le sirve de significante, podría estar
representada tan perfectamente por cualquier
otra secuencia de sonidos. Sirvan de prueba las
diferencias entre las lenguas y la existencia
misma de lenguas diferentes: el significado
«buey» tiene por significante bwéi a un
lado de la frontera franco-española y böf (boeuf)
al otro, y al otro lado de la frontera
franco-germana es oks (Ochs)” (3).
El gráfico siguiente nos muestra la estructura
del signo:
Sdo = Concepto
______-;;;----_______
Sgte Im. Acúst.
En este gráfico, la barra representa la unión
indisoluble entre significado y
significante.
Es en la comunicación en donde entran en
juego los tres elementos destacados: un sujeto
(que hace las veces de emisor) selecciona
signos de la lengua y los combina
mediante el habla, constituyendo así un
mensaje dirigido a otro sujeto (receptor). La
estructura de la comunicación podría graficarse
de la siguiente manera:
E
M R
Naturalmente, la comunicación sólo es posible si
los signos poseen ya un valor predeterminado e
igual para todos los sujetos, valor que está
establecido por la lengua (dimensión sincrónica
del lenguaje) y que por ello posibilita que el
habla (dimensión diacrónica) se transforme en
comunicación.
III— Lacan y el “inconsciente estructurado como
un lenguaje”
Señalar que el lenguaje es el fundamental
creador de la realidad humana no es poco; pero
descubrir y señalar cuál es la estructura del
mismo supone un paso decisivo. Es lo que hizo de
Saussure.
Considerar al hombre como un ser racional, con
conciencia de sí mismo, de su ser y su finitud,
capaz de organizar su existencia mediante una
abstracción –las leyes- es destacar un hecho sin
parangón en la naturaleza; pero demostrar que la
razón y la conciencia son sólo un ínfima parte
del sujeto y que los “puntos claves” de la
existencia humana se ven sobredeterminados por
un sistema –el Inconsciente– desconocido para el
yo, supone un paso decisivo en la consideración
de la Humanitas. Es el que dio Freud.
Lacan orientará su búsqueda teórica desde
la obra freudiana –el psicoanálisis- hacia
el lenguaje –de Saussure mediante–, en pos de
determinar cuál es la relación entre los dos
factores claves de la existencia humana (el
inconsciente y el lenguaje).
El primer paso es obvio: el sueño, el lapsus, el
chiste, el síntoma neurótico son fenómenos de
lenguaje, tal como lo resalta Lacan: “La función
de la palabra sólo puede explicarse al definir
el campo del lenguaje. Esos dos términos son el
título de un discurso que pronuncié en Roma, en
1953, y del cual surge mi escuela después de
muchas dificultades.
Mi
escuela es freudiana, y eso no debe extrañar, ya
que demostré claramente que los testimonios
aportados por Freud de la existencia del
inconsciente, de los sueños, de los lapsus y
ocurrencias, sólo son interpretables sobre el
texto de lo que se dice a través de la palabra
del propio interesado. Este es un hecho patente
en las tres obras que Freud ha escrito sobre
cada uno de esos temas y que constituyen el
punto de partida de su «pensamiento»”(4).
Referencias como éstas son innumerables en la
obra de Lacan, pero sólo nos aproximan a la
cuestión planteada, indicando que las
formaciones del inconsciente son hechos de
lenguaje. La pregunta, entonces, subsiste: ¿de
qué manera se articulan estas dos estructuras
–inconsciente y lenguaje?
En primer lugar, notamos que, cuando del
inconsciente se trata, no es aplicable la
relación establecida por de Saussure entre
significado y significante a partir del signo
lingüístico, dado que el sentido de, por
ejemplo, un sueño, es singular,
individual, válido únicamente para el sujeto que
lo soñó (por ello es que no se puede hablar de
un “simbolismo” onírico). Este hecho contrasta
con la “universalidad” del signo, con el valor
que posee el signo para toda la comunidad
que lo utiliza, a partir de la lengua común.
Un solo ejemplo nos bastará para demostrar lo
expresado: el sueño freudiano conocido como la
“Mesa redonda”.
Dice el contenido manifiesto de ese sueño:
“Varias personas comiendo juntas. Reunión de
invitados o mesa redonda... La señora E.L. se
halla sentada junto a mí, y coloca con toda
confianza una de sus manos sobre mi rodilla. Yo
alejo su mano de mí, rechazándola. Entonces dice
la señora: «¡Ha tenido usted siempre tan bellos
ojos!...» En este punto veo vagamente algo como
dos ojos dibujados o el contorno de los
cristales de unos lentes...”(5)
¿Qué
quiere decir este sueño? Está fuera de toda duda
que el relato de su sueño por parte de un sujeto
constituye un hecho de lenguaje, mas: ¿cómo
aplicar la estructura del signo en este caso?
¿Cómo aplicar el significado sobre el
significante, siendo que, precisamente, el
significado se escabulle por todos lados, sin
dejarse aprehender? ¿Cómo decir qué es lo que
significa este sueño con la fórmula del signo?
Desde luego, poseemos el recurso de afirmar que
“los sueños” (o los lapsus, o los síntomas,
etc.) “son fenómenos absurdos, carentes de
sentido y no merecen, por tanto, nuestra
atención ni nuestro interés”. Atajo disponible
hasta que el maestro vienés lo cerró,
demostrando que todos los fenómenos mencionados
poseen una lógica y un sentido, perfectamente
comprensibles luego de realizado su análisis.
Porque el punto clave es éste: los sueños (o
cualquier formación del inconsciente) poseen un
sentido, dicen algo, son un mensaje, tal el
descubrimiento de Freud. Pero el primer
psicoanalista llega a esta conclusión por medio
de una vía sorprendente, insólita hasta ese
momento: las ocurrencias espontáneas de sus
pacientes. La asociación libre, regla técnica
fundamental del psicoanálisis, consiste en que
el paciente (el analizante) diga lo
primero que se le ocurra, sin previa
reflexión ni crítica, con lo que se produce
un material en apariencia azaroso, pero que a
partir de la interpretación del analista va
resignificándose y “ordenándose”, con lo que
comienza a aparecer en el discurso del sujeto un
sentido desconocido para él mismo hasta ese
momento, pero que, paradójicamente, le es
propio. Con ello, entramos ya en el terreno del
inconsciente que podemos considerar como un
discurso incomprensible para el yo, un mensaje
que necesita ser traducido para comprender su
texto, labor que sólo es posible a partir del
psicoanálisis.
Con estas premisas claves, Lacan realiza su
lectura de de Saussure de la que extrae una
conclusión fundamental: el significante posee
una radical supremacía por sobre el
significado, siendo el segundo un efecto
del primero.
Podemos apreciar que Lacan conserva los dos
términos introducidos por de Saussure en el
signo lingüístico, pero invertidos:
Significante (S)
______________
significado (s)
En donde la barra representa la separación
estructural entre significante y
significado.
Lo
que nos lleva a considerar qué es, para Lacan,
un significante. Sabemos ya que para de Saussure
era la imagen acústica, la representación mental
del concepto; mas, Lacan lo definirá de un modo
diferente: “un significante es lo que
representa a un sujeto para otro
significante”*. Definición ésta, a primera
vista, un tanto extraña pero sostenida por una
solidez lógica (y clínica) que veremos a
continuación.
Retomemos el sueño freudiano de la mesa redonda.
El contenido manifiesto no nos arroja ninguna
luz sobre el significado del mismo, aunque no
deja de ser una representación mental: un
significante. Representación que sólo va
aclarando su sentido en la medida en que se le
asocian otras representaciones (es decir, otros
significantes) que van constituyendo una cadena,
“lógicamente eslabonada”, que es lo que Freud
denominó como cadena asociativa. En el
ejemplo mencionado, “mesa redonda” es un
significante que representa a Freud, pero no
para otro sujeto, sino para otro significante:
la mujer, la deuda, la paternidad, el amor, son
algunos de los significantes que se destacan en
la larga serie asociativa que se desprende a
partir del contenido manifiesto del sueño, y que
va aclarando el significado del mismo. Por ello,
otra forma de definir al significante es la de
mencionarlo en términos de una cadena, a
partir de la cual se va gestando,
retroactivamente, el significado. En base a
estas consideraciones, el esquema inicial que
introducimos para explicar la teoría de Lacan
(significante sobre significado), se vería
corregido y precisado de la siguiente forma:
S1—S2—S3—S4—Sn
significado
Si el significante es una cadena, se deduce que
son necesarios al menos dos significantes, para
producir un efecto de sentido. Un síntoma
neurótico no es, inicialmente, un significante;
pero si al síntoma se agrega alguna asociación
que, retroactivamente, aclara su sentido,
estamos ya en la dimensión del significante.
Isabel de R. acude a Freud derivada por un
médico, que la diagnostica como histérica. Sus
síntomas eran dolores en las piernas y
dificultades para andar, cuyo origen no era
orgánico. ¿Qué sentido tiene este síntoma? ¿Qué
mensaje expresa? Imposible saberlo, se nos
presenta como un jeroglífico similar al
contenido manifiesto de un sueño. Mas la labor
de análisis arroja algunas luces que permiten
leer y comenzar a comprender el texto que un
síntoma constituye. “Dolores en las piernas,
dificultad al andar” (sgte 1) se asocia con “lo
sola que estaba” (sgte 2) (stehen
significa en alemán tanto “estar” como “estar en
pie”) en ocasión de una serie de infortunios
familiares. Se asocia, además, con “el
sentimiento de su «impotencia» y la sensación de
que «no lograba avanzar un solo paso» en sus
propósitos” (sgte 3) de reconstruir la felicidad
familiar, etc.(6) En este ejemplo podemos
apreciar cómo el significado se constituye
retroactivamente, como efecto de la cadena
significante. Que no hay primacía del
significado se demuestra por el hecho de que un
síntoma similar en su forma en dos sujetos,
posee un significado diferente para cada uno de
ellos.
Propiedades del significante
Para
finalizar este punto, destacamos que el
significante posee dos propiedades: la
materialidad y la combinación. Con
materialidad hacemos alusión a que cada
significante es diferente de los demás y es éste
hecho el que posibilita la relación de los
mismos, es decir, su combinación. De este
modo, las propiedades del significante hacen que
éste se exprese, estructuralmente, en forma de
una cadena: lo que Freud denominó como la
“cadena asociativa”, que no es otra cosa que la
puesta en juego del discurso (inconsciente) del
sujeto.
Finalmente, estas propiedades del significante
están relacionadas con las figuras retóricas del
lenguaje: la materialidad se articula a la
metáfora, y la combinación a la metonimia,
figuras retóricas que se constituyen, además, en
las leyes del lenguaje, como veremos más
adelante.
La “puntada”, “puntos de capitón” o “puntos de
almohadillado”. El punto de basta
De lo expresado hasta acá surge un interrogante:
¿el deslizamiento de la cadena significante es
indefinido? Lacan sostiene que no, y para
explicarlo introduce los conceptos de puntada,
o puntos de capitón; y el de punto de
basta.
Antes de proseguir, consideramos oportuno
introducir una cita, que explica con mucha
claridad qué es un punto de capitón: “Es lo que
se conoce en tapicería como capitoné.
Ingenuamente uno pensaría que esos botones
aparecen cosidos uno a uno y esto sería análogo
a los signos en el sentido saussureano. En
verdad el capitoné no se hace así, sino que se
trata de un entrecruzamiento de hilos que por
tensión producen las depresiones en la
superficie, también llamadas puntos de
almohadillado. Lo que hay que retener es que
todos estos puntos se producen simultáneamente
al tirar de los hilos y no uno a uno. La
puntuación de una frase es análoga a la tensión
de los hilos; tiene por resultado el
abrochamiento del sentido que resulta
retroactivo y que se presenta como una unidad.
Ejemplifiquemos:
Un.
Un hombre.
Un hombre bien.
Un hombre bien parecido.
Un hombre bien parecido al mono.”(7)
El discurrir de la cadena significante no es
infinito ni tampoco azaroso; si las ocurrencias
del sujeto no nos aportan, al principio,
claridad alguna, de a poco van, interpretación
del analista mediante, “ordenándose” en un
sentido lógico, en el que puede ya leerse un
discurso, un mensaje, estructurado por el
inconsciente del sujeto. Freud expresa, con
respecto a la cadena asociativa, que “los
pensamientos mismos van formando, con admirable
docilidad, cadenas lógicamente eslabonadas,
en las cuales se repiten como
centrales determinadas representaciones”
(8). Estas representaciones centrales tienen una
estructura metafórica, cuyo efecto es dar un
sentido a las demás representaciones. Son los
puntos de capitón. En el sueño de la mesa
redonda, que ya mencionamos anteriormente, los
puntos de capitón son las ideas que tienen que
ver con la deuda, la mujer, el amor; en el
análisis de ese sueño nos da la impresión de que
todas las representaciones “desembocaran” en
dichos temas, que de este modo producen un
efecto de puntada, resignificando el discurso
del sujeto y estableciendo su sentido. Pero
Lacan habla también de un punto de
basta, que implica una detención de la
cadena significante, “el punto de basta por el
cual el significante detiene el deslizamiento,
indefinido si no, de la significación” (9). En
el sueño freudiano que nos va sirviendo de
ejemplo, encontramos este punto de basta,
precisamente en el momento en que Freud expresa
que “En el tejido cuya trama nos descubre
claramente el análisis podría yo ahora separar
más los hilos y demostrar que van a unirse
todos en un nudo único; pero
consideraciones de naturaleza no científica,
sino privada, me impiden llevar a cabo en
público tal labor”(10). El acceso a las
representaciones inconscientes reprimidas
determina, según Freud, el efecto de sentido que
adquiere el discurso del sujeto una vez
realizado el análisis; efecto de sentido que da
una última puntada al discurso (el punto
de basta), resignificando toda la cadena
significante, y deteniendo el deslizamiento de
la misma.
En conclusión, significado y significante, las
dos dimensiones que estructuran al lenguaje, y
que de Saussure articula en el signo
lingüístico, son retomadas por Lacan quien las
sitúa en otra articulación, precisamente
invierte la fórmula saussuriana y demuestra la
supremacía del significante por sobre el
significado.
Significado o Efecto de sentido
Hasta este momento nos hemos manejado con un
término que pertenece, en realidad, al campo de
la lingüística: el significado. Lo vimos
como un efecto de la cadena significante,
como lo que se constituye al final del
deslizamiento significante y es singular,
particular para cada sujeto. Al ser, de esta
manera, sumamente variable, Lacan intenta
sustituir la “rigidez” que transmite el concepto
de significado en tanto se ve relacionado con la
“inmutabilidad” del concepto, cuando en
psicoanálisis se trata de la singularidad del
deseo, y de cómo éste se constituye y expresa a
través del significante (que, como vimos, es
siempre parte de una cadena). Decíamos, así, que
Lacan busca reemplazar el término “significado”
por otro que exprese mejor lo que es el
resultado dela cadena significante. A tal fin,
emplea el concepto de “significancia” al
principio y también al final de su obra. En el
transcurso de ésta, utiliza también los términos
de “significación”, “efecto de significación” y
“efecto de sentido”. Nos inclinamos por este
último, dado que la “significación” se establece
entre lo imaginario y lo simbólico, quedando así
lo real elidido; en tanto que el sentido
es el efecto de una intersección entre lo
simbólico y lo real, en el que se diluyen los
efectos imaginarios. Aunque no desarrollaremos
el tema de los tres registros (sólo estamos
exponiendo una introducción al orden
simbólico) y su interrelación, nos importaba
dejar establecido en qué contexto y dentro de
qué límites hablamos de “significado”, y porqué
nos parece más atinado su abordaje en términos
de un efecto de sentido.
Ahora bien: ¿estas diferencias que vamos
marcando desde la teoría lacaniana nos indican
que de Saussure estaba equivocado? De ninguna
manera. El signo es una realidad, constituye un
hecho, y si la teoría saussureana trae aparejada
una verdadera revolución en la lingüística es
porque logra ordenar ciertos fenómenos en un
contexto conceptual que los explica
convenientemente, adquiriendo un status
verdadero y rigurosamente científico.
Sin embargo Lacan tampoco estaba equivocado y la
subversión de la teoría saussureana que éste
realiza debe situarse en un eje mucho más
amplio: el de la subversión freudiana que,
precisamente, invierte la valoración que el
hombre poseía de sí mismo hasta ese momento.
Antes de Freud, dotado de razón y conciencia, y
por ello dueño de sí, de su ser, de su voluntad;
después de Freud, “un extranjero en su propia
casa”, sobredeterminado por el inconsciente,
verdadero sistema que marca, sin que el
sujeto (el yo) lo sepa, el sentido de su
existencia.
Explicaremos esta diferencia de un modo más
metodológico y conceptual: la teoría saussureana
se encuentra limitada a lo que Freud llamó
“proceso secundario” y que recordaremos, se
caracteriza por un tipo de energía ligada,
que trae aparejada una identidad de
pensamiento. Las consecuencias son
evidentes: si mencionamos la palabra “casa”,
cada sujeto se representará un “lugar donde
viven las personas”: unión entre significado y
significante, posibilitada por la identidad de
pensamiento y que consiste en que la energía
psíquica permanece ligada a una representación
determinada, sin que se desplace permanentemente
a otras representaciones.
Otro caso es el de los procesos primarios,
que son inconscientes, y en los cuales la
energía fluye libremente de una
representación a otra mediante desplazamientos y
condensaciones, y en los que Freud encuentra una
“identidad de percepción”. Las consecuencias de
este “libre fluir” de la energía a través de las
representaciones son situar al significado como
contingente, y como efecto de la cadena
significante: “La casa es hermosa” nos revela un
significado que se transforma por completo sólo
con un ligero desliz, un pequeño
desplazamiento: “La caza es hermosa” ya
posee otro sentido, dado que condensa
otra serie diferente de ideas.
Lacan y de Saussure se sitúan, en síntesis, en
dos órdenes diferentes: uno se ocupa del
inconsciente –el analista– y otro del yo –el
lingüista–.
Metáfora y metonimia
Otro de los fundamentos es adoptado por Lacan en
base a la sugerencia de su amigo Roman Jakobson,
lingüista ruso de la Escuela de Praga, y
contemporáneo del analista francés.
Jakobson, si bien está lejos de desautorizar a
De Saussure, centra su interés en aspectos que
van más allá del signo lingüístico, y sostiene
que el lenguaje se organiza de acuerdo con dos
grandes ejes: el paradigmático y el
sintagmático. Desarrollaremos brevemente
cada uno de ellos.
El eje paradigmático es el eje de las
sustituciones, lo que indica que, en el registro
de la lengua, podemos encontrar términos
equivalentes intercambiables entre sí (podemos
decir “mesa redonda” o “mesa circular”), lo que
abre la posibilidad de sustituir una palabra por
otra. Es el eje en el que se sitúa la
metáfora: si decimos que “un manto negro
envolvió a la luna”, estamos sustituyendo un
significante por otro, ya que la palabra “noche”
no aparece mencionada, aunque conserva una
relación con el significante anterior. Ahora
bien: ¿cómo logramos discriminar que este “manto
negro” es la noche y no, por ejemplo, una nube?
Para ello es necesario considerar la ubicación
de este significante en la cadena, en su
relación con los que lo preceden y los que le
siguen, y esto ya nos lleva al eje
sintagmático del lenguaje.
El eje sintagmático es el de las
combinaciones, se sitúa en el habla, y la figura
retórica que le corresponde es la metonimia.
Si hablar es establecer relaciones entre
significantes, la metonimia es definida como “la
parte por el todo”: si decimos “poner la mesa”,
se entiende que el sentido apunta a colocar el
mantel, servilletas, platos, cubiertos, etc., a
efectos de almorzar o cenar; se apunta a la
relación entre varios elementos unidos en
contigüidad, aunque sólo se mencione uno,
incluido “en presencia” (la mesa). Otras formas
que adopta la metonimia son aquellas en que se
mencionan como “el autor por la obra” (por
ejemplo, “leer a Freud”) o el “continente por el
contenido” (por ejemplo, “tomar un vaso de
agua”). En estos casos encontramos también una
asociación de elementos dada por contigüidad,
aunque la definición que expresa a la metonimia
como “la parte por el todo” nos parece más
abarcativa, a raíz de lo cual trabajaremos con
ella.
Dicen los lingüistas: “Para Jakobson, la
interpretación de toda unidad lingüística pone
en marcha en cada instante dos mecanismos
intelectuales independientes: comparación con
las unidades semejantes (= que podrían por
consiguiente reemplazarla, que pertenecen al
mismo paradigma), relación con las unidades
coexistentes (= que pertenecen al mismo
sintagma). De este modo, el sentido de una
palabra está determinado a la vez por la
influencia de las que le rodean en el discurso,
y por el recuerdo de las que podrían haber
ocurrido en su lugar. (...) esta dualidad es
para Jakobson de una gran generalidad.
Constituiría la base de las figuras retóricas
más empleadas por el “lenguaje literario”; la
metáfora (un objeto es designado por un objeto
semejante) y la metonimia (un objeto es
designado por el nombre de un objeto que está
asociado en él en la experiencia) provendrían
respectivamente de la interpretación
paradigmática y de la sintagmática, a tal punto
que a veces Jakobson considera sinónimo
sintagmática y metonímica,
paradigmática y metafórica” (11).
Las únicas “objeciones” que quizás podríamos
plantear a lo expresado en esta frase, son las
de que no hablaríamos del “lenguaje literario”,
sino del lenguaje en su aspecto más general; y
que no mencionaríamos el término “objeto”
(empleado en las definiciones de metáfora y
metonimia), sino al concepto de significante.
“Objeciones” que, naturalmente, no provienen de
la lingüística sino del psicoanálisis y que
consisten, en realidad, en una extrapolación de
los conceptos de la lingüística a la experiencia
psicoanalítica, con las necesarias
modificaciones que esto conlleva.
El
siguiente esquema sintetiza lo expuesto:
Eje
paradigmático
Lengua
Sustitución
Significantes unidos en ausencia
Sincronía
Metáfora
Eje
sintagmático
Habla
Combinación
Significantes unidos en presencia
Diacronía
Metonimia
En
base a estos desarrollos, Jakobson sugirió a Lacan
que la metáfora podría equipararse al concepto
freudiano de condensación, y la metonimia al de
desplazamiento.
Si
bien los desarrollos de Freud con respecto a la
condensación y al desplazamiento poseen algunas
diferencias con los de metáfora y metonimia,
podemos destacar como fundamental un punto: el de
que poseen una estructura afín.
Para Freud, la condensación y el desplazamiento
son las leyes que rigen el funcionamiento del
inconsciente, siendo la primera una convergencia
de dos o más representaciones sobre otra, a la que
de este modo sobredeterminan. Para seguir con el
ejemplo expuesto, señalaremos lo siguiente: el
contenido manifiesto de un sueño es sumamente
corto, conciso, incomprensible; mas luego del
análisis, parten varias cadenas asociativas
que conducen a las ideas latentes (preconscientes)
del sueño, primer paso para acceder a las
representaciones inconscientes, que son las que
verdaderamente forman el sueño, pero que no se
encuentran representadas directamente en el
contenido manifiesto del mismo. Dicho de otra
manera: se encuentran sustituidas por el
contenido manifiesto. Recordamos que es ésta,
precisamente, la fórmula de la metáfora: la
sustitución de un significante por otro.
Con
respecto al desplazamiento, Freud lo define como
la transferencia de la energía psíquica desde una
representación importante (inconsciente) a una
indiferente (prec.-cc.), siendo que la metonimia
es definida como “la parte por el todo”. En
nuestro ejemplo, “poner la mesa” es la alusión a
una parte, por medio de la cual se hace referencia
a un todo. Con la siguiente observación: la
referencia cae sobre lo menos importante (la mesa
ya está puesta), dejando de lado lo verdaderamente
importante (y que sí hay que poner: cubiertos,
manteles, platos, etc., que es lo que indica la
expresión citada). ¿Y en el sueño de Freud? La
representación más intensa es la Sra. E.L.,
persona indiferente para él en la vida cotidiana,
y que en el sueño manifiesto ocupa un lugar
central e intenta seducirlo. De los resultados del
análisis, podemos decir que la Sra. E.L. es una
parte (indiferente, nimia), que se arroga la
representación del todo (las representaciones
inconscientes, y verdaderamente importantes): de
la Sra. E.L. parten cadenas asociativas que
conducen tanto al tema de la deuda como al del
amor, centrales en las ideas latentes
De
este modo, si las leyes del inconsciente son
equiparables a las leyes del lenguaje, concluimos
que entonces “El inconsciente está estructurado
como un lenguaje”, dado que obedece a sus leyes
(metáfora y metonimia).
Lacan,
en su teorización, conserva los términos
introducidos por de Saussure en el signo
lingüístico (significado y significante), aunque
invertidos; y utiliza los ejes del lenguaje
formulados por Jakobson (y cuyos modelos o formas
retóricas son la metáfora y la metonimia), aunque
aplicados al sujeto del inconsciente ($).
Este
procedimiento lacaniano está sumamente fundado, ya
que la lingüística y el psicoanálisis abordan dos
campos diferentes (en la medida en que una se
ocupa de los fenómenos que atañen al yo, la razón
y la conciencia, y el otro toma a su cargo todo
aquello que tiene relación con el inconsciente).
No obstante, y por ello mismo, Lacan se hizo
acreedor a duras críticas (muchas de ellas
justificadas) por parte de los lingüistas, que le
reprocharon, en resumidas cuentas, valerse de
términos de su disciplina pero asignándoles un
significado o un valor diferente. Por este motivo,
Lacan trazó una clara diferencia entre los campos
de incumbencia y los objetos de estudio de la
lingüística y del psicoanálisis, aclarando que él
no hacía lingüística sino “lingüistería”,
término que engloba o incluye todos aquellos
fenómenos de lenguaje en los que entra en juego el
inconsciente.
IV—
“Lingüistería”
“Un
buen día me di cuenta de que era difícil no entrar
en la lingüística a partir del momento en que se
había descubierto el inconsciente.
Por
lo cual dije algo que me parece, a decir verdad,
la única objeción que pueda yo formular a lo que
oyeron el otro día de labios de Jakobson, a saber,
que todo lo que es lenguaje pertenece a la
lingüística, es decir, en último término, al
lingüista.
Y
no es que no se lo conceda con todo gusto cuando
se trata de la poesía, a propósito de la que
esgrimió este argumento. Pero si se considera todo
lo que, de la definición del lenguaje, se
desprende en cuanto a la fundación del sujeto, tan
renovada, tan subvertida por Freud hasta el punto
de que allí se asegura todo lo que por boca suya
se estableció como inconsciente, habrá entonces
que forjar alguna otra palabra, para dejar a
Jakobson en su dominio reservado. Lo llamaré la
lingüistería.
Esto deja su parte al lingüista, y también explica
el que tantas veces tantos lingüistas me sometan a
sus amonestaciones —desde luego, no Jakobson, pero
es porque me ve con buenos ojos, o dicho de otra
manera, porque me quiere, como lo expreso en la
intimidad—.
Mi
decir que el inconsciente está estructurado como
un lenguaje, no pertenece al campo de la
lingüística”(12).
Desde sus dominios, situados en la lingüistería,
Lacan prosigue su trabajo, aportando más
desarrollos a los que ya vimos. Entre ellos, dos
que presentaremos acá, sin pretender que nuestro
análisis sea exhaustivo. Ellos son el “hablente” y
“lalengua”.
Estos extraños términos no son más que una
acentuación de las diferencias entre la
lingüística y el inconsciente; pretenden dar un
contenido propio a los descubrimientos del
psicoanálisis, para situarlos en el contexto
conceptual que se fue edificando, a partir de
Freud, desde la clínica.
Y
la clínica psicoanalítica consiste, en primer
lugar, en ceder la palabra al sujeto para permitir
el despliegue de un discurso que, al estar
articulado y sobredeterminado por el inconsciente,
también es extraño para el propio sujeto que
habla. La función del analista será entonces la de
ir operando sobre ese discurso, y lo hará también
con la palabra –interpretación mediante- a fin de
ir produciendo efectos de sentido en el texto del
analizante. Lo cual no es sin consecuencias: el
asombro, la angustia, la sorpresa, suelen
acompañar el (re) surgimiento de ideas y
representaciones que el sujeto posee, y que le
cuesta reconocer como propias, dado que la
represión implica fundar una ignorancia permanente
del yo con respecto al sujeto: al crear el
inconsciente la represión divide al sujeto,
dejándolo en una situación de ignorancia con
respecto al propio deseo que, sin embargo, insiste
en reaparecer: sueños, lapsus, síntomas neuróticos
“hablan” un discurso que el yo no comprende. Este
sujeto que habla sin saber –sin entender– lo que
dice no es entonces el “hablante”, el sujeto que
se comunica con los demás en un lenguaje sin
fisuras (como parecería ser el lenguaje si nos
atenemos a la teoría saussuriana), sino un sujeto
que habla en un “idioma” que él mismo desconoce.
Lacan acuñó, para referirse al sujeto del
inconsciente ($) el concepto de parlêtre,
condensación entre parler (hablar) y
être (ser). Desafortunadamente, no existe, en
español, una traducción eficaz de este nuevo
término, que conserve las resonancias del original
francés. Se lo podría traducir como “serhablante”,
“hablanteser”, o “hablente”. Preferimos,
arbitrariamente, esta última.
Mas
este hablente, dijimos, habla una lengua
particular: la de su propio inconsciente, y es por
ello diferente a la lengua de los lingüistas.
Lacan la denominó como lalangue
(“lalengua”),
homofónica a la langue (“la lengua”). En
este caso, la traducción es bastante similar,
aunque vale señalar que en la homofonía concluye
el parecido, ya que trazan campos absolutamente
diferenciados. Es por ello que Lacan enuncia que
“el inconsciente está estructurado como un
lenguaje”, y no como “el” lenguaje: “el” lenguaje
es el campo de la lingüística; un lenguaje
(lalengua) ya es la entrada en el campo
psicoanalítico, en tanto da cuenta del sujeto del
inconsciente ($).
Lalengua
es, en primer lugar, la lengua materna. Mas no es
el idioma, ni la lengua de una comunidad
determinada, sino la manera en que el discurso del
Otro se inscribió en el sujeto, los deseos que
generó, los ideales, la sexuación, las fantasías,
emblemas e identificaciones que el sujeto fue
incorporando, asimilando, de su
relación con el Otro, en su paso por el complejo
de Edipo y el complejo de castración; es la forma
en que el lenguaje se inscribió en el sujeto.
Provisoriamente, podríamos mencionar a los
padres en el lugar de Gran Otro, aunque luego
iremos precisando este punto.
De
este modo, surge acá un interrogante: si lalengua
que habla un sujeto es singular, ¿cómo es entonces
posible la comunicación? Si cada cual habla un
lenguaje, ¿qué posibilidad existe de que dos –o
más– sujetos se entiendan? Basta una ligera
observación sobre la realidad cotidiana para
concluir que el malentendido se encuentra,
siempre, a la orden del día.
Al
respecto, Lacan aportó otra novedad, que trae
aparejada una radical modificación de la fórmula
de la comunicación establecida por de Saussure
(ver página 3), al expresar que “El emisor recibe
del receptor su propio mensaje en forma
invertida”*. Fórmula que, en cierta manera, Freud
ya había adelantado: “Cuando en el tratamiento
psicoanalítico aparece una serie de ideas
correctamente fundamentadas e irreprochables,
surge también para el médico un momento de
perplejidad, pudiendo el paciente tomar cierta
ventaja al afirmar: «Esto es en su totalidad bien
pensado y cierto, ¿no le parece? ¿Qué quisiera
usted cambiar de lo que yo he contado?». Pero no
tardamos en observar que tales ideas, inatacables
por el análisis, han sido utilizadas por el
enfermo para encubrir otras que tratan de escapar
a su crítica y a su conciencia. Una serie de
reproches contra otros nos hace sospechar la
existencia, detrás de ella, de una serie de
reproches de igual contenido contra la propia
persona. Nos bastará entonces referir cada uno
de ellos a la persona del enfermo. Este modo de
defenderse contra un reproche referido a uno
mismo, transfiriéndolo a otra persona, muestra
algo innegablemente automático y tiene su modelo
en la conducta de los niños, que siempre que se
les reprocha alguna mentira responden: «El
mentiroso eres tú»(13). Un fragmento del “caso
Dora” puede resultarnos útil a título de ejemplo:
“Acusaciones contra el padre, que le habría
transmitido su enfermedad [sífilis], y detrás de
ellas una acusación contra sí misma –flujo blanco,
jugueteo sintomático con el bolsillo,
incontinencia posterior a los seis años-, secreto
que la enferma se resiste a dejarse arrancar por
los médicos; todo esto me parece constituir una
prueba indiciaria irreprochable de la masturbación
infantil”(14). Dora acusa a su padre (enfermedad
sexual transmitida hereditariamente) para evitar
la autoacusación por su propia sexualidad
(masturbación infantil), situando así el origen de
sus síntomas en el Otro. Por lo general, podemos
afirmar que la queja neurótica se refiere
siempre al Otro, pero que el contenido de esta
queja se ajusta al propio sujeto que la emite.
Forzosamente, al ponerse en juego la dimensión del
inconsciente, la comunicación es equívoca, dado
que si el sujeto desconoce sus representaciones
reprimidas, al emerger éstas a la conciencia son
referidas al Otro en la medida en que el propio
sujeto las siente como ajenas.
Gráficamente, la fórmula de la comunicación
establecida por Lacan se presentaría así:
E
W M R
El
equívoco que el significante abre nos lleva a
realizar una aclaración: el término en forma de
“doble ve” es, en realidad, una “M” invertida.
En
un aspecto más amplio, diremos que la comunicación
es equívoca porque el sentido de lo que un sujeto
dice se define desde el Otro. El discurso es
siempre un mensaje dirigido al Otro, pero
suele existir una diferencia entre lo que el
sujeto desea expresar, y lo que el Otro recibe,
entiende o interpreta de dicho mensaje. Por
ejemplo, si un sujeto desea halagar a una mujer
por medio de un piropo y la respuesta es una
bofetada, quiere decir que el mensaje no fue
recibido como un piropo, sino como un insulto. Por
ello, el sentido de lo que un sujeto dice
es sancionado por el Otro, con lo que la
comunicación no adquiere una dimensión lineal
(como en la fórmula saussuriana), sino una mucho
más compleja y que implica la relación del sujeto
con el Otro.
V-
El Gran Otro
El
tramo final de nuestro recorrido nos lleva a uno
de los conceptos centrales en la obra lacaniana,
como es el del Gran Otro, introducido por el
maestro francés en la clase del 25 de mayo de 1955
de su Seminario 2 (véase bibliografía).
Lacan diferencia un “otro”, escrito en minúsculas,
de “Otro” con mayúsculas. Se simbolizan con una
a o a’ para el pequeño otro, y con una
A para el Gran Otro (iniciales de autre,
“otro” en francés).
El
pequeño otro se sitúa en la dimensión del
yo y del semejante, son los otros que tratamos a
diario, cotidianamente, relación entre iguales y
“de yo a yo”. La estructura de esta relación está
dada por el registro imaginario, que posee
una función de desconocimiento de la relación
simbólica del sujeto con su deseo.
Por
el contrario, el Gran Otro se sitúa en el
registro simbólico, que es el orden del
deseo inconsciente, el lenguaje y el significante.
El término evoca resonancias freudianas de la
primera época, cuando en sus inicios Freud
denominaba al inconsciente como una “otra escena”,
un “otro lugar” en el que se ponía en juego y en
acto el deseo del sujeto. Marca también una
alteridad fundamental, destaca la ajenidad y la
extrañeza que el propio inconsciente le causa al
sujeto; como si el sujeto estuviera dividido:
por un lado, lo que sabe y conoce de sí mismo, las
certidumbres yoicas con que se presenta; pero
además, es como si el sujeto fuese Otro para sí
mismo, en tanto los aspectos fundamentales de su
ser le son desconocidos, a pesar de saberlos. En
esa paradoja consiste el inconsciente: es un saber
no sabido y eso es, en definitiva, el Gran Otro:
uno de los nombres lacanianos del inconsciente. El
sujeto del inconsciente, sujeto dividido (o sujeto
barrado), se simboliza en el álgebra lacaniana,
con una “ese tachada” ($).
Lo
expresado hasta acá refleja sólo parcialmente el
contenido que posee el concepto de Otro, ya que
éste no sólo es una definición, un modo de nombrar
al inconsciente, sino que permite ampliar y
precisar el alcance del inconsciente freudiano.
Freud siempre remarcó que las “personas” (las
comillas son, en este caso, de suma importancia,
ya que se trata en realidad de representaciones)
más importantes en la vida del sujeto, adquirían
un valor y una significación muy elevadas sólo en
la medida en que, a partir de ciertos rasgos
particulares, lograban evocar algunas
representaciones reprimidas en el sujeto, pasando
a ser sustitutivas de éstas. Para un
sujeto, entonces, ocupará el lugar del Otro quien
evoque las representaciones reprimidas de su
propio inconsciente. Este aporte de Lacan permite
despojar al inconsciente de resonancias tales como
“lo oculto”, al destacar que el deseo entra en
juego en el campo del Otro.
El
lector podrá haber inferido ya, probablemente, que
el Otro no es, entonces, “alguien” particular,
sino una “abstracción”, un lugar simbólico a ser
ocupado por personajes contingentes. Al principio
de este ítem dijimos que “el Otro se sitúa
en el orden simbólico”, expresión que ahora
corregiremos y precisaremos, señalando que el Otro
es el orden simbólico, es el orden
del lenguaje, que preexiste al sujeto, lo
constituye y estructura, y seguirá existiendo
luego de que el sujeto desaparezca. De ahí la
ambición de dejar una huella, un rastro del paso
por la vida que expresa la popular frase “tener un
hijo, plantar un árbol, escribir un libro”:
simplemente, formar parte del universo simbólico
por el que transcurre la existencia humana, y que
en Lacan se lee como el Otro.
Corregiremos también otra expresión utilizada, en
relación a lalengua, cuando dijimos,
provisoriamente, que el Gran Otro son los
padres. Es ésta una verdad a medias, ya que si
para un niño sus padres ocupan el lugar de Gran
Otro, alcanza con considerar que estos padres
tuvieron o tienen, a su vez, padres (los abuelos
del sujeto), que también tuvieron padres (los
bisabuelos), y así sucesivamente; con lo que, en
definitiva, todos los sujetos son, en primer
lugar, hijos. La genealogía sólo es posible por el
hecho de que nadie es el Otro, lugar que
puede, eso sí, encarnarse en diferentes
sujetos. Con lo que volvemos a encontrar el hecho
de que el Otro es el orden simbólico,
constituyente del sujeto.
Estos
últimos lineamientos que venimos trazando nos
permiten señalar un punto de suma importancia: el
Otro (A) no es consistente, no es perfecto; sino,
por el contrario, es inconsistente, incompleto, lo
que en el álgebra lacaniana se representa como A.
Si el orden simbólico fuera perfecto, cerrado,
seríamos como hormigas, perfectamente regulados
por una estructura perfecta. En el Otro siempre
faltará una respuesta, La respuesta, lo que
deja un lugar al sujeto, posibilitando que él
busque, por medio de su deseo, un lugar en el
Otro: dado que en el Otro siempre faltará una
significación, a esta significación para su deseo
debe encontrarla en una búsqueda singular cada
sujeto. Mas, como esta búsqueda se juega siempre
en relación al Otro, Lacan dice que “el deseo del
hombre es el deseo del Otro”*, en la medida en que
el deseo, para hacerse reconocer, debe remitirse
al Otro, al cual está articulado estructuralmente.
VI-
Para concluir
El
desarrollo precedente intenta presentarse como una
introducción a los conceptos claves de Lacan, de
los cuales hemos desarrollado algunos en sus
puntos más relevantes, dejando su análisis
exhaustivo para otra ocasión. Nos interesa
destacar, sin embargo, que nuestro abordaje es por
fuerza incompleto, y que cada uno de los temas
tratados posee una fundamentación mucho más
amplia, que por imperio de los límites que todo
trabajo posee no hemos desarrollado. Queda ya en
la iniciativa del lector el ahondar y corregir los
lineamientos presentados en estas páginas.
Finalizamos con una cita de Lacan que, esperamos,
no resultará extraña a esta altura: “El lenguaje
sin duda está hecho de lalengua. Es una
elucubración de saber sobre lalengua. Pero el
inconsciente es un saber, una habilidad, un
savoir-faire [saber hacer] con lalengua. Y lo
que se sabe hacer con lalengua rebasa con mucho
aquello de que puede darse cuenta en nombre del
lenguaje”(15).
LIC. JUAN CAMUÑ
Auxiliar Docente Graduado de la
Cátedra “Psicoanálisis (Freud)”
Notas
(1)
Lacan, Jacques:
Seminario 2 “El yo en la teoría de Freud y en la
técnica psicoanalítica”, pags. 266-67, Ed. Paidós,
1991. (Las cursivas son del original; las negritas