B] Noción de las relaciones
libidinales de objeto que, renovando la idea
del progreso de la cura, reestructura
sordamente su conducción. La nueva perspectiva
tomó aquí su arranque de la extensión del
método a las psicosis y de la apertura
momentánea de la técnica a datos de principio
diferente. El psicoanálisis desemboca por ahí
en una fenomenología existencial, y aun en un
activismo animado de caridad. Aquí también una
reacción nítida se ejerce en favor de un
retorno al pivote técnico de la simbolización.
C] Importancia de la
contratransferencia y, correlativamente, de la
formación del psicoanalista. Aquí el acento
vino de los azoros de la terminación de la
cura, que convergen con los del momento en que
el psicoanálisis didáctico acaba en la
introducción del candidato a la práctica. Y se
observa la misma oscilación: por una parte, y
no sin valentía, se indica el ser del analista
como elemento no despreciable en los efectos
del análisis y que incluso ha de exponerse en
su conducción al final del juego; no por ello
se promulga menos enérgicamente por otra
parte, que ninguna solución puede provenir
sino de una profundización cada vez más
extremada del resorte inconsciente
Estos tres problemas tienen un
rasgo común fuera de la actividad de pioneros
que manifiestan en tres fronteras diferentes con
la vitalidad de la experiencia que los apoya. Es
la tentación que se presenta al analista de
abandonar el fundamento de la palabra, y esto
precisamente en terrenos donde su uso, por
confinar con lo inefable, requeriría más que
nunca su examen: a saber la pedagogía materna,
la ayuda samaritana y la maestría dialéctica. El
peligro se hace grande si le abandona además su
lenguaje en beneficio de lenguajes ya
instituidos y respecto de los cuales conoce mal
las compensaciones que ofrecen a la ignorancia.
En verdad nos gustaría saber más
sobre los efectos de la simbolización en el
niño, y las madres oficiantes en psicoanálisis,
aun las que dan a nuestros más altos consejos un
aire de matriarcado, no están al abrigo de esa
confusión de las lenguas en la que Ferenczi
designa la ley de la relación niño-adulto.
(Nota)
Las ideas que nuestros sabios se
forjan sobre la relación de objeto acabada son
de una concepción mas bien incierta y, si, son
expuestas, dejan aparecer una mediocridad que no
honra a la profesión.
No hay duda de que estos efectos
-donde el psicoanalista coincide con el tipo de
héroe moderno que ilustran hazañas irrisorias en
una situación de extravío- podrían ser
corregidos por una justa vuelta al estudio en el
que el psicoanalista debería ser maestro, el de
las funciones de la palabra.
Pero parece que, desde Freud,
este campo central de nuestro dominio haya
quedado en barbecho. Observemos cuánto se
cuidaba él mismo de excursiones demasiado
extensas en su periferia: habiendo descubierto
los estadios libidinales del niño en el análisis
de los adultos y no interviniendo en el pequeño
Hans sino por intermedio de sus padres;
descifrando un paño entero del lenguaje del
inconsciente en el delirio paranoide, pero no
utilizando para eso sino el texto clave dejado
por Schreber en la lava de su catástrofe
espiritual. Asumiendo en cambio para la
dialéctica de la obra, como para la tradición de
su sentido, y en toda su altura, la posición de
la maestría.
¿Quiere esto decir que si el
lugar del maestro queda vacío, es menos por el
hecho de su desaparición que por una
obliteración creciente del sentido de su obra?
¿No basta para convencerse de ello comprobar lo
que ocurre en ese lugar?
Una técnica se transmite allí, de
un estilo macilento y aun reticente en su
opacidad, y al que toda aereación crítica parece
enloquecer. En verdad, tomando el giro de un
formalismo llevado hasta el ceremonial, y tanto
que puede uno preguntarse si no cae por ello
bajo el mismo paralelismo con la neurosis
obsesiva, a través del cual Freud apuntó de
manera tan convincente al uso, si no a la
génesis, de los ritos religiosos.
La analogía se acentúa si se
considera la literatura que esta actividad
produce para alimentarse de ella: a menudo se
tiene en ella la impresión de un curioso
circuito cerrado, donde el desconocimiento del
origen de los términos engendra el problema de
hacerlos concordar, y donde el esfuerzo de
resolver este problema refuerza este
desconocimiento.
Para remontarnos a las causas de
esta deterioración del discurso analítico, es
legítimo aplicar el método psicoanalítico a la
colectividad que lo sostiene.
Hablar en efecto de la pérdida
del sentido de la acción anaIítica es tan cierto
y tan vano como explicar el síntoma por su
sentido, mientras ese sentido no sea reconocido.
Pero es sabido que, en ausencia de ese
reconocimiento, la acción no puede dejar de ser
experimentada como agresiva en el nivel en que
se coloca, y que en ausencia de las
"resistencias" sociales en que el grupo
analítico encontraba ocasión de tranquilizarse,
los límites de su tolerancia a su propia
actividad, ahora "concedida" si es que no
admitida, no dependen ya sino de la masa
numérica por la que se mide su presencia en la
escala social.
Estos principios bastan para
repartir las condiciones simbólicas, imaginarias
y reales que determinan las defensas-
aislamiento, anulación, negación y en general
desconocimiento- que podemos reconocer en la
doctrina.
Entonces si se mide por su masa
la importancia que el grupo norteamericano tiene
para el movimiento analítico, se apreciarán en
su peso las condiciones que se encuentran en él.
En el orden simbólico, en primer
lugar, no se puede descuidar la importancia de
ese factor c del que hablábamos en el Congreso
de Psiquiatría de l950, como de una constante
característica de un medio cultural dado:
condición aquí del antihistoricismo en que todos
están de acuerdo en reconocer el rasgo principal
de la "comunicación" en los Estados Unidos, y
que a nuestro entender está en las antípodas de
la experiencia analítica. A lo cual se añade una
forma mental muy autóctona que bajo el nombre de
behaviourismo domina hasta tal punto la noción
psicológica en Norteamérica, que está claro que
a estas altura ha recubierto totalmente en el
psicoanálisis la inspiración freudiana.
Para los otros dos órdenes,
dejamos a los interesados el cuidado de apreciar
lo que los mecanismos manifestados en la vida de
las sociedades psicoanalíticas deben
respectivamente a las relaciones de prestancia
en el interior del grupo y a los efectos de su
libre empresa resentidos sobre el conjunto del
cuerpo social, así como el crédito que conviene
dar a la noción subrayada por uno de sus
representantes más lúcidos, de la convergencia.
que se ejerce entre la extraneidad de un grupo
donde domina el inmigrante y la distanciación a
que lo atrae la función que acarrean las
condiciones arriba indicadas de la cultura.
Aparece en todo caso de manera
innegable que la concepción del psicoanálisis se
ha inclinado allí hacia la adaptación del
individuo a la circunstancia social, la búsqueda
de los patterns de la conducta y toda la
objetivación implicada en la noción de las human
relations, y es ésta sin duda una posición de
exclusión privilegiada con relación al objeto
humano que se indica en el término, nacido en
aquellos parajes, de human engineering.
Así pues a la distancia necesaria
para sostener semejante posición es a la que
puede atribuirse el eclipse en el psicoanálisis
de los términos más vivos de su experiencia, el
inconsciente, la sexualidad, cuya mención misma
parecería que debiese borrarse próximamente.
No tenemos por que tomar partido
sobre el formalismo y el espíritu tenderil, que
los documentos oficiales del grupo mismo señalan
para denunciarlos. El fariseo y el tendero no
nos interesan sino por su esencia común, fuente
de las dificultades que tienen uno y otro con la
palabra, y especialmente cuando se trata del
talking shop, para hablar la jerga del oficio,
Es que la incomunicabilidad de
los motivos, si puede sostener un magisterio, no
corre parejas con la maestría, por lo menos, la
que exige una enseñanza. La cosa por lo demás
fue percibida cuando fue necesario hace poco,
para sostener la primacía, dar, para guardar las
formas, al menos una lección.
Por eso la fidelidad
indefectiblemente reafirmada por el mismo bando
hacia la técnica tradicional previo balance de
las pruebas hechas en los campos-frontera
enumerados mas arriba no carece de equívocos; se
mide en la sustitución del término elásico al
término ortodoxo para calificar a esta técnica.
Se prefiere atenerse a las buenas maneras, a
falta de saber sobre la doctrina decir nada.
Afirmamos por
nuestra parte que la técnica no puede ser
comprendida, ni por consiguiente correctamente
aplicada, si se desconocen los conceptos que la
fundan. Nuestra tarea será demostrar que esos
conceptos no toman su pleno sentido sino
orientándose en un campo de lenguaje, sino
ordenándose a la función de la palabra.
Punto en el que hacemos notar que
para manejar algún concepto freudiano, la
lectura de Freud no podría ser considerada
superflua, aunque fuese para aquellos que son
homónimos de nociones corrientes. Como lo
demuestra la malaventura que la temporada nos
trae a la memoria de una teoría de los
instintos, revisada de Freud por un autor poco
despierto a la parte, llamada por Freud
expresamente mítica, que contiene.
Manifiestamente no podría estarlo, puesto que la
aborda por el Iibro de Marie Bonaparte, que cita
sin cesar como un equivalente del texto
freudiano y esto sin que nada advierta de ello
al lector, confiando tal vez, no sin razón, en
el buen gusto de éste para no confundirlos, pero
no por ello dando menos prueba de que no
entiende ni jota del verdadero nivel de la
segunda mano. Por cuyo medio, de reducción en
deducción y de inducción en hipótesis, el autor
concluye con la estricta tautología de sus
premisas falsas: a saber que los instintos de
que se trata son reductibles al arco reflejo.
Como la pila de platos cuyo derrumbe se destila
en la exhibición elásica, para no dejar entre
las manos del artista más que dos trozos
desparejados por el destrozo, la construcción
compleja que va desde el descubrimiento de las
migraciones de la libido a las zonas erógenas
hasta el paso metapsicológico de un principio de
placer generalizado hasta el instinto de muerte,
se convierte en el binomio de un instinto
erótico pasivo modelado sobre la actividad de
las despiojadoras, caras al poeta, y de un
instinto destructor, simplemente identificado
con la motricidad. Resultado que merece una
mención muy honrosa por el arte, voluntario o
no, de llevar hasta el rigor las consecuencias
de un malentendido.
Ya se dé por agente de curación,
de formación o de sondeo, el psicoanálisis no
tiene sino un medium: la palabra del paciente,
La evidencia del hecho no excusa que se le
desatienda. Ahora bien, toda palabra llama a una
respuesta.
Mostraremos que no hay palabra
sin respuesta, incluso si no encuentra más que
el silencio, con tal de que tenga un oyente, y
que éste es el meollo de su función en el
análisis.
Pero si el psicoanalista ignora
que así sucede en la función de la palabra, no
experimentará sino más fuertemente su llamado, y
si es el vacío el que primeramente se hace oír,
es en sí mismo donde lo experimentará y será más
allá de la palabra donde buscará una realidad
que colme ese vacío.
Llega así a analizar el
comportamiento del sujeto para encontrar en él
lo que no dice. Pero para obtener esa confesión,
es preciso que hable de ello. Vuelve entonces a
recobrar la palabra, pero vuelta sospechosa por
no haber respondido sino a la derrota de su
silencio, ante el eco percibido de su propia
nada.
Pero ¿qué era pues ese llamado
del sujeto mas allá del vacío de su decir?
Llamado a la verdad en su principio, a través
del cual titubearán los llamados de necesidades
más humildes. Pero primeramente y de golpe
llamado propio del vacío, en la hiancia ambigua
de una seducción intentada sobre el otro por los
medios en que el sujeto sitúa su complacencia y
en que va a adentrar el monumento de su
narcisismo.
''¡Ya estamos en la
introspección!", exclama el prudente caballero
que se las sabe todas sobre sus peligros.
Ciertamente no habrá sido él, confiesa, el
último en saborear sus encantos, si bien ha
agotado sus provechos. Lástima que no tenga ya
tiempo que perder. Porque oiríais estupendas y
profundas cosas, si llegase a vuestro diván.
Es extraño que un analista, para
quien este personaje es uno de los primeros
encuentros de su experiencia, explaye todavía la
introspección en el psicoanálisis. Porque apenas
se acepta la apuesta, se escabullen todas
aquellas bellezas que creía uno tener en
reserva. Su cuenta, de obligarse a ella,
parecerá corta, pero se presentan otras bastante
inesperadas de nuestro hombre como para
parecerle al principio tontas y dejarlo mudo un
buen momento. Suerte común (Nota).
Capta entonces la diferencia
entre el espejismo de monólogo cuyas fantasías
acomodaticias animaban su jactancia, y el
trabajo forzado de ese discurso sin escapatoria
que el psicólogo, no sin humorismo, y el
terapeuta, no sin astucia, decoraron con el
nombre de "asociación libre".
Porque se trata sin duda de un
trabajo, y tanto que ha podido decirse que exige
un aprendizaje y aun llegar a ver en ese
aprendizaje el valor formador de ese trabajo.
Pero tomado así, ¿qué otra cosa podría formar
sino un obrero calificado?
Y entonces, ¿qué sucede con ese
trabajo? Examinemos sus condiciones, su fruto,
con la esperanza de ver mejor así su meta y su
provecho
Se habrá reconocido a la pasada
la pertinencia del término durcharbeiten a que
equivale el inglés working through, y que entre
nosotros ha desesperado a los traductores, aun
cuando se ofreciese a ellos el ejercicio de
agotamiento marcado para siempre en la lengua
francesa por el cuño de un maestro del estilo:
"Cien veces en el telar volved a poner...", pero
¿cómo progresa aquí la obra?
La teoría nos recuerda la tríada:
frustración, agresividad, regresión. Es una
explicación de aspecto tan comprensible que bien
podría dispensarnos de comprender. La intuición
es ágil, pero una evidencia debe sernos tanto
más sospechosa cuando se ha convertido en lugar
común. Si el análisis viene a sorprender su
debilidad, convendrá no conformarse con el
recurso a la afectividad. Palabra-tabú de la
incapacidad dialéctica que, con el verbo
intelectualizar, cuya acepción peyorativa hace
mito de esa incapacidad, quedarán en la historia
de la lengua como los estigmas de nuestra
obtusión en lo que respecta al sujeto.
Preguntémonos mas bien de dónde
viene esa frustración. ¿Es del silencio del
analista? Una respuesta, incluso y sobre todo
aprobadora, a la palabra vacía muestra a menudo
por sus efectos que es mucho más frustrante que
el silencio. ¿No se tratará más bien de una
frustración que sería inherente al discurso
mismo del sujeto? ¿No se adentra por el sujeto
en una desposesión más y más grande de ese ser
de sí mismo con respecto al cual, a fuerza de
pinturas sinceras que no por ello dejan menos
incoherente la idea, de rectificaciones que no
llegan a desprender su esencia, de
apuntalamientos y de defensas que no impiden a
su estatua tambalearse, de abrazos narcisistas
que se hacen soplo al animarlo, acaba por
reconocer que ese ser no fue nunca sino su obra
en lo imaginario y que esa obra defrauda en éI
toda certidumbre? Pues en ese trabajo que
realiza de reconstruirla para otro, vuelve a
encontrar la enajenación fundamental que le hizo
construirla como otra, y que la destinó siempre
a serle hurtada por otro. (Nota)
Este ego, cuya fuerza definen
ahora nuestros teóricos por la capacidad de
sostener una frustración, es frustración en su
esencia.(Nota). Es frustración no de un deseo
del sujeto, sino de un objeto donde su deseo
está enajenado y que, cuanto más se elabora,
tanto más se ahonda para el sujeto la
enajenación de su gozo. Frustración pues de
segundo grado, y tal que aun cuando el objeto en
su discurso llevara su forma hasta la imagen
pasivizante por la cual el sujeto se hace objeto
en la ceremonia del espejo, no podría con ello
satisfacerse, puesto que aun si alcanzase en esa
imagen su mas perfecta similitud, seguiría
siendo el gozo del otro lo que haría reconocer
en ella. Por eso no hay respuesta adecuada a ese
discurso, porque el sujeto tomará como de
desprecio toda palabra que se comprometa con su
equivocación.
La agresividad que el sujeto
experimentará aquí no tiene nada que ver con la
agresividad animal del deseo frustrado. Esta
referencia con la que muchos se contentan
enmascara otra menos agradable para todos y para
cada uno: la agresividad del esclavo que
responde a la frustración de su trabajo por un
deseo de muerte.
Se concibe entonces cómo esta
agresividad puede responder a toda intervención
que, denunciando las intenciones imaginarias del
discurso, desarma el objeto que el sujeto ha
construído para satisfacerlas. Es lo que se
llama en efecto el análisis de las resistencias,
cuya vertiente peligrosa aparece de inmediato.
Esta señalada ya por la existencia del ingenuo
que no ha visto nunca manifestarse otra cosa que
la significación agresiva de las fantasías de
sus sujetos. (Nota)
Ese mismo es el que, no vacilando
en alegar en favor de un análisis "causalista"
que se propondría transformar al sujeto en su
presente por explicaciones sabias de su pasado,
traiciona bastante hasta en su tono la angustia
que quiere ahorrarse de tener que pensar que la
libertad de su paciente esté suspendida de la de
su intervención. Que el expediente al que se
lanza pueda ser en algún momento benéfico para
el sujeto, es cosa que no tiene otro alcance que
una broma estimulante y no nos ocupará mi
tiempo.
Apuntemos mas bien a ese hic et
nunc donde algunos creen deber encerrar la
maniobra del análisis. Puede en efecto ser útil,
con tal de que la intención imaginaria que el
analista descubre allí no sea separada por él de
la relación simbólica en que se expresa. Nada
debe allí leerse referente al yo del sujeto que
no pueda ser reasumido por él bajo la forma del
yo [je], o sea en primera persona.
"No he sido esto sino para llegar
a ser lo que puedo ser": si tal no fuese la
punta permanente de la asunsión que el sujeto
hace de sus espejismos, ¿dónde podría asirse
aquí un progreso?
El analista entonces no podría
acosar sin peligro al sujeto en la intimidad de
su gesto, o aun de su estática, salvo a
condición de reintegrarlos como partes mudas de
su discurso narcisista, y esto ha sido observado
de manera muy sensible, incluso por jóvenes
practicantes.
El peligro allí no es el de la
reacción negativa del sujeto, sino mas bien de
su captura en una objetivación, no menos
imaginaria que antes, de su estática, o aun de
su estatua, en un estatuto renovado de su
enajenación.
Muy al contrario, el arte del
analista debe ser el de suspender las
certidumbres del sujeto, hasta que se consuman
sus últimos espejismos. Y es en el discurso
donde debe escandirse su resolución.
Por vacío que aparezca ese
discurso en efecto, no es así sino tomándolo en
su valor facial: el que justifica la frase de
Mallarmé cuando compara el uso común del
lenguaje con el intercambio de una moneda cuyo
anverso y cuyo reverso no muestran ya sino
figuras borrosas y que se pasa de mano en mano
"en silencio". Esta metáfora basta para
recordarnos que la palabras, incluso en el
extremo de su desgaste, conserva su valor de
tésera.
Incluso si no comunica nada, el
discurso representa la existencia de la
comunicación; incluso si niega la evidencia,
afirma que la palabra constituye la verdad;
incluso si está destinado a engañar, especula
sobre la fe en el testimonio.
Por eso el psicoanalista sabe
mejor que nadie que la cuestión en éI es
entender a que "parte" de ese discurso esta
confiado el término significativo, y es así en
efecto como opera en el mejor de los casos:
tomando el relato de una historia cotidiana por
un apólogo que a buen entendedor dirige su
saludo, una larga prosopopeya por una
interjección directa, o al contrario un simple
lapsus por una declaración harto compleja, y aun
el suspiro de un silencio por todo el desarrollo
lírico al que suple.
Así, es una puntuación afortunada
la que da su sentido al discurso del sujeto. Por
eso la suspensión de la sesión de la que la
técnica actual hace un alto puramente
cronométrico, y como tal indiferente a la trama
del discurso, desempeña en él un papel de
escansión que tiene todo el valor de una
intervención para precipitar los momentos
concluyentes. Y esto indica liberar a ese
término de su marco rutinario para someterlo a
todas las finalidades útiles de la técnica.
Así es como puede operarse la
regresión, que no es sino la actualización en el
discurso de las relaciones fantaseadas
restituidas por un ego en cada etapa de la
descomposición de su estructura. Porque, en fin,
esa regresión no es real; no se manifiesta ni
siquiera en el lenguaje sino por inflexiones,
giros, "tropiezos tan ligeros" ["trebuchements
si legiers"] que no podrían en última instancia
sobrepasar el artificio del habla "babyish" en
el adulto. Imputarle la realidad de una relación
actual con el objeto equivale a proyectar al
sujeto en una ilusión enajenante que no hace
sino reflejar una coartada del psicoanalista.
Por eso nada podría extraviar mas
al psicoanalista que querer guiarse por un
pretendido contacto experimentado de la realidad
del sujeto. Este camelo de la psicología
intuicionista, incluso fenomenológica, ha tomado
en el uso contemporáneo una extensión bien
sintomática del enrarecimiento de los efectos de
la palabra en el contexto social presente. Pero
su valor obsesivo se hace flagrante con
promoverla en una relación que, por sus mismas
reglas, excluye todo contacto real.
Los jóvenes analistas que se
dejasen sin embargo imponer por lo que este
recurso implica de dones impenetrables, no
encontrarán nada mejor para dar marcha atrás que
referirse al éxito de los controles mismos que
padecen. Desde el punto de vista del contacto
con lo real, la posibilidad misma de estos
controles se convertiría en un problema. Muy al
contrario, el controlador manifiesta en ello una
segunda visión (la expresión cae al pelo) que
hace para él la experiencia por lo menos tan
instructiva como para el controlado. Y esto casi
tanto más cuanto que este último muestra menos
de esos dones, que algunos consideran como tanto
mas incomunicables cuanto más embarazo provocan
ellos mismos sobre sus secretos técnicos.
La razón de este enigma es que el
controlado desempeña allí el papel de filtro, o
incluso, de refractor del discurso del sujeto, y
que así se presenta ya hecha al controlador una
estereografía que destaca ya los tres o cuatro
registros en que puede leer la partitura
constituida por ese discurso.
Si el controlado pudiese ser
colocado por el controlador en una posición
subjetiva diterente de la que implica el término
siniestro de control (ventajosamente sustituido,
pero sólo en lengua inglesa por el de
supervisión), el mejor fruto que sacaría de ese
ejercicio sería aprender a mantenerse éI mismo
en la posición de subjetividad segunda en que la
situación pone de entrada al controlador.
Encontraría en ello la vía
auténtica para aIcanzar lo que la clásica
fórmula de la atención difusa y aún distraída
del analista no expresa sino de manera muy
aproximada. Pues lo esencial es saber a lo que
esa atención apunta: seguramente no, todo
nuestro trabajo está hecho para demostrarlo, a
un objeto más allá de la palabra del sujeto,
como algunos se constriñen a no perderlo nunca
de vista. Si tal debiese ser el camino del
análisis, sería sin duda a otros medios a los
que recurriría, o bien sería el único ejemplo de
un método que se prohibiese los medios de su
fin.
El único objeto que está al
alcance del analista, es la relación imaginaria
que le liga al sujeto en cuanto yo, y, a falta
de poderlo eliminar, puede utilizarlo para
regular el caudal de sus orejas, según el uso
que la fisiología, de acuerdo con el Evangelio,
muestra que es normal hacer de ellas: orejas
para no oír, dicho de otra manera para hacer la
ubicación de lo que debe ser oído. Pues no tiene
otras, ni tercera oreja, ni cuarta, para una
transaudición que se desearía directa del
inconsciente por el inconsciente. Diremos lo que
hay que pensar de esta pretendida comunicación.
Hemos abordado la función de la
palabra en el análisis por el sesgo mas ingrato,
el de la palabra vacía, en que el sujeto parece
hablar en vano de alguien que, aunque se le
pareciese hasta la confusión, nunca se unirá a
él en la asunción de su deseo. Hemos mostrado en
ella la fuente de la depreciación creciente de
que ha sido objeto la palabra en la teoría y la
técnica, y hemos tenido que levantar por grados,
cual una pesada rueda de molino caída sobre
ella, lo que no puede servir sino de volante al
movimiento del análisis: a saber los factores
psicofisiológicos individuales que en realidad
quedan excluidos de su dialéctica. Dar como meta
al análisis el modificar su inercia propia, es
condenarse a la ficción del movimiento, con que
cierta tendencia de la técnica parece en efeto
satisfacerse.
Si dirigimos ahora nuestra mirada
al otro extremo de la experiencia psicoanalítica
-a su historia, a su casuística, al proceso de
la cura- hallaremos motivo de oponer al análisis
del hic et nunc el valor de la anamnesis como
índice y como resorte del progreso terapéutico,
a la intersubjetividad obsesiva la
intersubjetividad histórica, al análisis de la
resistencia la interpretación simbólica. Aquí
comienza la realización de la palabra plena.
Examinemos la relación que esta
constituye.
Recordemos que el método
instaurado por Breuer y por Freud fué, poco
después de su nacimiento, bautizado por una de
las pacientes de Breuer, Anna O., con el nombre
de "talking cure". Recordemos que fué la
experiencia inaugurada con esta histérica la que
les llevó al descubrimiento del acontecimiento
patógeno llamado traumático.
Si este acontecimiento fue
reconocido como causa del síntoma, es que la
puesta en palabras del uno (en las "stories" de
la enferma) determinaba el levantamiento del
otro. Aquí el término "toma de conciencia",
tomado de la teoría psicológica de ese hecho que
se elaboró en seguida, conserva un prestigio que
merece la desconfianza que consideramos como de
buena regla respecto de las explicaciones que
hacen oficio de evidencias. Los prejuicios
psicológicos de la época se oponían a que se
reconociese en la verbalización como tal otra
realidad que la de su flatus vocis. Queda el
hecho de que en el estado hipnótico está
disociada de la toma de conciencia y que esto
bastaría para hacer revisar esa concepción de
sus efectos.
Pero ¿cómo no darían aquí el
ejemplo los valientes de la Aufhebung
behaviourista, para decir que no tienen por qué
conocer si el sujeto se ha acordado de cosa
alguna? Unicamente ha relatado el
acontecimiento. Diremos por nuestra parte que lo
ha verbalizado, o para desarrollar este término
cuyas resonancias en francés [como en español]
evocan una figura de Pandora diferente de la de
la caja donde habría tal vez que volverlo a
encerrar, lo ha hecho pasar al verbo, o mas
precisamente al epos en el que se refiere en la
hora presente los orígenes de su persona. Esto
en un lenguaje que permite a su discurso ser
entendido por sus contemporáneos, y más aún que
supone el discurso presente de éstos. Así es
como la recitación del epos puede incluir un
discurso de antaño en su lengua arcaica, incluso
extranjera, incluso proseguirse en el tiempo
presente con toda la animación del actor, pero
es a la manera de un discurso indirecto, aislado
entre comillas en el curso del relato y, si se
representa, es en un escenario que implica no
sólo coro, sino espectadores.
La rememoración hipnótica es sin
duda reproducción del pasado, pero sobre todo
representación hablada y que como tal implica
toda suerte de presencias. Es a la rememoración
en vigilia de lo que en el análisis se llama
curiosamente "el material", lo que el drama que
produce ante la asamblea de los ciudadanos los
mitos originales de la Urbe es a la historia que
sin duda está hecha de materiales, pero en la
que una nación de nuestro días aprende a leer
los símbolos de un destino en marcha, Puede
decirse en lenguaje heideggeriano que una y otra
constituyen al sujeto como gewesend, es decir
como siendo el que así ha sido. Pero en la
unidad interna de esta temporalización, el
siendo (ens) señala la convergencia de los
habiendo sido. Es decir que de suponer otros
encuentros desde uno cualquiera de esos momentos
que han sido, habría nacido de ello otro ente
que le haría haber sido de manera totalmente
diferente.
La ambigüedad de la revelación
histórica del pasado no proviene tanto del
titubeo de su contenido entre lo imaginario y lo
real, pues se sitúa en lo uno y en lo otro. No
es tampoco que sea embustera. Es que nos
presenta el nacimiento de la verdad en la
palabra, y que por eso tropezamos con la
realidad de lo que no es ni verdadero ni falso.
Por lo menos esto es lo mas turbador de su
problema.
Pues de la verdad de esta
revelación es la palabra presente la que da
testimonio en la realidad actual, y la que la
funda en nombre de esta realidad. Ahora bien, en
esta realidad sólo la palabra da testimonio de
esa parte de los poderes del pasado que ha sido
apartada en cada encrucijada en que el
acontecimiento ha escogido.
Por eso la condición de
continuidad en la anamnesia, en la que Freud
mide la integridad de la curación, no tiene nada
que ver con el mito bergsoniano de una
restauración de la duración en que la
autenticidad de cada instante sería destruida de
no resumir la modulación de todos los instantes
antecedentes. Es que no se trata para Freud ni
de memoria biológica, ni de su mistificación
intuicionista, ni de la paramnesia del síntoma,
sino de rememoración, es decir de historia, que
hace descansar sobre el único fiel de las
certidumbres de fecha la balanza en la que las
conjeturas sobre el pasado hacen oscilar las
promesas del futuro. Seamos categóricos, no se
trata en la anamnesia psicoanalítica de
realidad, sino de verdad, porque es el efecto de
una palabra plena reordenar las contingencias
pasadas dándoles el sentido de las necesidades
por venir, tales como las constituye la poca
libertad por medio de Ia cual el sujeto las hace
presentes.
Los meandros de la búsqueda que
Freud prosigue en la exposición del caso del
"hombre de los lobos" confirman estas
expresiones por tomar en ellas su pleno sentido.
Freud exige una objetivación
total de la prueba mientras se trata de fechar
la escena primitiva, pero supone sin más todas
las resubjetivaciones del acontecimiento que le
parecen necesarias para explicar sus efectos en
cada vuelta en que el sujeto se reestructura, es
decir otras tantas reestructuraciones del
acontecimiento que se operan, como él lo
expresa, nachträglich, retroactivamente.(Nota)
Es más, con una audacia que linda con la
desenvoltura, declara que considera legítimo
hacer en el análisis de los procesos la elisión
de los intervalos de tiempo en que el
acontecimiento permanece latente en el sujeto.
Es decir que anuda los tiempos para comprender
en provecho de los momentos de concluir que
precipitan la meditación del sujeto hacia el
sentido que ha de decidirse del acontecimiento
original.
Observemos qué el tiempo para
comprender y el momento de concluir son nociones
que hemos definido, en un teorema puramente
lógico, y que son familiares a nuestros alumnos
por haberse mostrado muy propicias al análisis
dialéctico por el cual los guiamos en el proceso
de un psicoanálisis.
Es ciertamente esta
asunción por el sujeto de su historia, en cuanto
que está constituida por la palabra dirigida al
otro, es que forma el fondo del nuevo método al
que Freud da el nombre de psicoanálisis, no en
l904, como lo enseñaba no ha mucho una autoridad
que, por haber hecho a un lado el manto de un
silencio prudente, mostró aquel día no conocer
de Freud sino el titulo de sus obras, sino en
l895. (Nota)
Al igual que Freud, tampoco
nosotros negamos, en este análisis del sentido
de su método, la discontinuidad psicofisiológica
que manifiestan los estados en que se produce el
síntoma histérico, ni que este pueda ser tratado
por métodos -hipnosis, incluso narcosis- que
reproducen la discontinuidad de esos estados.
Sencillamente, y tan expresamente como éI se
prohibió a partir de cierto momento recurrir a
ellos, desautorizamos todo apoyo tomado en esos
estados, tanto para explicar el síntoma como
para curarlo.
Porque si la originalidad del
método está hecha de los medios de que se priva,
es que los medios que se reserva bastan para
constituir un dominio cuyos límites definen la
relatividad de sus operaciones.
Sus medios son los de la palabra
en cuanto que confiere a las funciones del
individuo un sentido: su dominio es el del
discurso concreto en cuanto campo de la realidad
transindividual del sujeto; sus operaciones son
las de la historia en cuanto que constituye la
emergencia de la verdad en lo real.
Primeramente en efecto, cuando el
sujeto se adentra en el análisis, acepta una
posición mas constituyente en sí misma que todas
las consignas con las que se deja mas o menos
engañar: la de la interlocución. y no vemos
inconveniente en que esta observación deje al
oyente confundido (nota). Pues nos dará ocasión
de subrayar que la alocución del sujeto supone
un "alocutario" (nota), dicho de otra manera que
el locutor (nota) se constituye aquí como
intersubjetividad.
En segundo lugar, sobre el
fundamento de esta interlocución, en cuanto
incluye la respuesta del interlocutor, es como
el sentido se nos entrega de lo que Freud exige
como restitución de la continuidad en las
motivaciones del sujeto. El examen operacional
de este objetivo nos muestra en efecto que no se
satisface sino en la continuidad intersubjetiva
del discurso en donde se constituye la historia
del sujeto.
Así es como el sujeto puede
vaticinar sobre su historia bajo el efecto de
una cualquiera de esas drogas que adormecen la
conciencia y que han recibido en nuestro tiempo
el nombre de "sueros de la verdad", en que la
seguridad en el contrasentido delata la ironía
propia del lenguaje. Pero la retransmisión misma
de su discurso registrado, aunque fuese hecha
por la boca de su médico, no puede, por llegarle
bajo esa forma enajenada, tener los mismos
efectos que la interlocución psicoanalítica.
Por eso es en la posición de un
tercer término donde el descubrimiento freudiano
del inconsciente se esclarece en su fundamento
verdadero y puede ser formulado de manera simple
en estos términos:
El inconsciente es aquella parte
del discurso concreto en cuanto transindividual
que falta a la disposición del sujeto para
restablecer la continuidad de su discurso
consciente.
Así desaparece la paradoja que
presenta la noción del inconsciente, si se la
refiere a una realidad individual. Pues
reducirla a la tendencia inconsciente sólo es
resolver la paradoja, eludiendo la experiencia
que muestra claramente que el inconsciente
participa de las funciones de la idea, incluso
del pensamiento. Como Freud lo subraya
claramente, cuando, no pudiendo evitar del
pensamiento inconsciente la conjunción de
términos contrariados, le da el viático de esta
invocación: sit venia verbo. Así pues le
obedecemos echándole la culpa al verbo, pero a
ese verbo realizado en el discurso que corre
como en el juego de la sortija de boca en boca
para dar al acto del sujeto que recibe su
mensaje el sentido que hace de ese acto un acto
de su historia y que le da su verdad.
Y entonces la
objeción de contradicción in terminis que eleva
contra el pensamiento inconsciente una
psicología mal fundada en su lógica cae con la
distinción misma del dominio psicoanaIítico en
cuanto que manifiesta la realidad del discurso
en su autonomía y el eppur si muove del
psicoanalista coincide con el de Galileo en su
incidencia, que no es la de la experiencia del
hecho, sino la del experimentum mentis.
El inconsciente es
ese capitulo de mi historia que está marcado por
un blanco u ocupado por un embuste: es el
capítulo censurado. Pero la verdad puede
volverse a encontrar; lo mas a menudo ya está
escrita en otra parte. A saber:
—en los monumentos: y esto es mi
cuerpo, es decir el núcleo histérico de la
neurosis donde el síntoma histérico muestra la
estructura de un lenguaje y se descifra como una
inscripción que, una vez recogida, puede sin
pérdida grave ser destruída;
—en los documentos de archivos
también: y son los recuerdos de mi infancia,
impenetrables tanto como ellos, cuando no
conozco su proveniencia;
—en la evolución semántica: y
esto responde al stock y a las acepciones del
vocabulario que me es particular, como al estilo
de mi vida y a mi carácter;
—en la tradición también, y aun
en las leyendas que bajo una forma heroificada
vehiculan mi historia;
—en los rastros, finalmente, que
conservan inevitablemente las distorsiones,
necesitadas para la conexión del capítulo
adulterado con los capítulos que lo enmarcan, y
cuyo sentido restablecerá mi exégesis.
El estudiante que tenga la idea
-lo bastante rara, es cierto, como para que
nuestra enseñanza se dedique a propagarla- de
que para comprender a Freud, la lectura de Freud
es preferible a la del señor Fenichel, podrá
darse cuenta emprendiéndola de que lo que
acabamos de decir es tan poco original, incluso
en su fraseo, que no aparece en ello si una sola
metáfora que la obra de Freud no repita con la
frecuencia de un motivo en que se transparenta
su trama misma.
Podrá entonces palpar mas
fácilmente, en cada instante de su práctica,
como a la manera de la negación que su
redoblamiento anula, estas metáforas pierden su
dimensión metafórica, y reconocerá que sucede
así porque él opera en el dominio propio de la
metáfora que no es sino el sinónimo del
desplazamiento simbólico, puesto en juego en el
síntoma.
Juzgará mejor después de eso
sobre el desplazamiento imaginario que motiva la
obra del señor Fenichel, midiendo la diferencia
de consistencia y de eficacia técnica entre la
referencia a los estadios pretendidamente
orgánicos del desarrollo individual y la
búsqueda de los acontecimientos particulares de
la historia del sujeto. Es exactamente la que
separa la investigación histórica auténtica de
las pretendidas leyes de la historia de las que
puede decirse que cada época encuentra su
filósofo para divulgarlas al capricho de los
valores que prevalecen en ella
No quiere decirse que no haya
nada que conservar de los diferentes sentidos
descubiertos en la marcha general de la historia
a lo largo de esa vía que va de Bossuet (Jacquese-Bénigne)
a Toynbee (Arnold) y que puntúan los edificios
de Auguste Comte y de Karl Marx. Cada uno sabe
ciertamente que valen tan poco para orientar la
investigación sobre un pasado reciente como para
presumir con alguna razón acontecimientos de
mañana. Por lo demás son lo bastante modestas
como para remitir al pasado mañana sus
certidumbres, y tampoco demasiado mojigatas para
admitir los retoques que permiten prever lo que
sucedió ayer.
Si su papel es pues bastante
magro para el progreso científico, su interés
sin embargo se sitúa en otro sitio: está en su
papel de ideales, que es considerable. Pues nos
lleva a distinguir lo que pueden llamarse las
funciones primaria y secundaria de la
historización.
Pues afirmar del psicoanálisis
como de la historia que en cuanto ciencias son
ciencias de lo particular, no quiere decir que
los hechos con los que tienen que vérselas sean
puramente accidentales, si es que no facticios,
y que su valor último se reduzca al aspecto
bruto del trauma
Los acontecimientos se engendran
en una historización primaria, dicho de otra
manera la historia se hace ya en el escenario
donde se la representará una vez escrita, en el
fuero interno como en el fuero exterior
En tal época, tal motín en el
arrabal parisino de Saint-Antoíne es vivido por
sus actores como victoria o derrota del
Parlamento o de la Corte; en tal otra, como
victoria o derrota del proletariado o de la
burguesía. Y aunque sean "los pueblos", para
hablar como Retz, los que siempre pagan los
destrozos, no es en absoluto el mismo
acontecimiento histórico, queremos decir que no
dejan la misma clase de recuerdo en la memoria
de los hombres.
A saber: que con la desaparición
de la realidad del Parlamento y de la Corte, el
primer acontecimiento retornará a su valor
traumático susceptible de un progresivo y
auténtico desvanecimiento, si no se reanima
expresamente su sentido. Mientras que el
recuerdo del segundo seguirá siendo muy vívido
incluso bajo la censura -lo mismo que la amnesia
de la represión es una de las formas más vivas
de la memoria-, mientras haya hombres para
someter su rebeldía al orden de la lucha por el
advenimiento político del proletariado, es
decir, hombres para quienes, las palabras clave
del materialismo dialéctico tengan un sentido.
Y entonces sería decir demasiado
que fuésemos a trasladar estas observaciones al
campo del psicoanálisis, puesto que están ya en
éI y puesto que el desintrincamiento que
producen allí entre la técnica de desciframiento
del inconsciente y la teoría de los instintos, y
aun de las pulsiones, cae por su propio peso.
Lo que enseñamos al sujeto a
reconocer como su inconsciente es su historia;
es decir que le ayudamos a perfeccionar la
historización actual de los hechos que
determinaron ya en su existencia cierto número
de "vuelcos" históricos. Pero si han tenido ese
papel ha sido ya en cuanto hechos de historia,
es decir en cuanto reconocidos en cierto sentido
o censurados en cierto orden. ,
Así toda fijación en un
pretendido estadio instintual es ante todo
estigma histórico: página de vergüenza que se
olvida o que se anula, o página de gloria que
obliga. Pero lo olvidado se recuerda en los
actos, y la anulación se opone a lo que se dice
en otra parte, como la obligación perpetúa en el
símbolo el espejismo preciso en que el sujeto se
ha visto atrapado.
Para decirlo en pocas palabras,
los estadios instintuales son ya cuando son
vividos organizados en subjetividad. Y para
hablar claro, la subjetividad del niño que
registra en victorias y en derrotas la gesta de
la educación de sus esfínteres, gozando en ello
de la sexualización imaginaria de sus orificios
cloacales, haciendo agresión de sus expulsiones
excrementicias, seducción de sus retenciones, y
símbolos de sus relajamientos, esa subjetividad
no es fundamentalmente diferente de la
subjetividad del psicoanalista que se ejercita
en restituir para comprenderlas las formas del
amor que él llama pregenital.
Dicho de otra manera, el estadio
anal no es menos puramente histórico cuando es
vivido que cuando es vuelto a pensar, ni menos
puramente fundado en la intersubjetividad. En
cambio, su homologación como etapa de una
pretendida maduración instintual lleva
derechamente a los mejores espíritus a
extraviarse hasta ver en ello la reproducción en
la ontogénesis de un estadio del filum animal
que hay que ir a buscar en los áscaris o aun en
las medusas, especulación que, aunque ingeniosa
bajo la pluma de un Balint, lleva en otros a las
ensoñaciones mas inconsistentes, incluso a la
locura que va a buscar en el protozoo el esquema
imaginario de la efracción corporal cuyo temor
gobernaría la sexualidad femenina. ¿Por qué
entonces no buscar la imagen del yo en el
camarón bajo el pretexto de que uno y otro
recobran después de cada muda su caparazón?
Un tal Jaworski, en los años
l9l0-l920, había edificado un muy hermoso
sistema donde "el plano biológico'' volvía a
encontrarse hasta en los confines de la cultura
y que precisamente daba al orden de los
crustáceos su cónyuge histórico, si mal no
recuerdo, en alguna tardía Edad Media, bajo el
encabezado de un común florecimiento de la
armadura; no dejando viuda por lo demás de su
correlato humano a ninguna forma animal, y sin
exceptuar a los moluscos y a las chinches.
La analogía no es la
metáfora, y el recurso que han encontrado en
ella los filósofos de la naturaleza exige el
genio de un Goethe cuyo ejemplo mismo no es
alentador. Ninguno repugna más al espíritu de
nuestra disciplina, y es alejándose expresamente
de éI como Freud abrió la vía propia a Ia
interpretación de los sueños, y con ella a la
noción del simbolismo analítico. Esta noción,
nosotros lo decimos, está estrictamente en
oposición con el pensamiento analógico del cual
una tradición dudosa hace que algunos, incluso
entre nosotros, la consideren todavía como
solidaria.
Por eso los excesos en el
ridículo deben ser utilizados por su valor de
abridores de ojo, pues por abrir los ojos sobre
lo absurdo de una teoría, los guiarán hacia
peligros que no tienen nada de teóricos.
Esta mitología de la maduración
instintual, construída con trozos escogidos de
la obra de Freud, engendra en efecto problemas
espirituales cuyo vapor condensado en ideales de
nubes riega de rechazo con sus efluvios el mito
original. Las mejores plumas destilan su tinta
en plantear ecuaciones que satisfagan las
exigencias del misterioso genital love, (hay
expresiones cuya extrañeza congenia mejor con el
paréntesis de un término prestado, y rubrican su
tentativa por una confesión de non liquet).
Nadie sin embargo parece conmocionado por el
malestar que resulta de ello, y más bien se ve
allí ocasión de alentar a todos los Munchhausen
de la normalización psicoanalítica a que se
tiren de los pelos con la esperanza de alcanzar
el cielo de la plena realización del objeto
genital, y aun del objeto a secas.
Si nosotros los psicoanalistas
estamos bien situados para conocer el poder de
las palabras, no es una razón para hacerlo valer
en el sentido de lo insoluble, ni para "atar
fardos pesados e insoportables para abrumar con
ellos las espaldas de los hombres", como se
expresa la maldición de Cristo a los fariseos en
el texto de San Mateo.
Así la pobreza de los términos
donde intentamos incluir un problema subjetivo
puede dejar que desear a ciertos espíritus
exigentes, por poco que los comparen con los que
estructuraban hasta en su confusión las
querellas antiguas acerca de la Naturaleza y de
la Gracia. Así puede dejar subsistir temores en
cuanto a la calidad de los efectos psicológicos
y sociológicos que pueden esperarse de su uso. Y
se harán votos porque una mejor apreciación de
las funciones del logos disipe los misterios de
nuestros carismas fantasiosos.
Para atenernos a una tradición
más clara, tal vez entendamos la máxima célebre
en la que La Rochefoucauld nos dice que "hay
personas que no habrían estado nunca enamoradas
si no hubiesen oído nunca hablar del amor", no
en el sentido romántico de una "realización"
totalmente imaginaria del amor que encontraría
en ello una amarga objeción, sino como un
reconocimiento auténtico de lo que el amor debe
al símbolo y de lo que la palabra lleva de amor.
Basta en todo caso referirse a la
obra de Freud para medir en que rango secundario
e hipotético coloca la teoría de los instintos.
No podría a sus ojos resistir un solo instante
contra el menor hecho particular de una
historia, insiste, y el narcisismo genital que
invoca en el momento de resumir el caso del
hombre de los lobos nos muestra bastante el
desprecio en que sitúa el orden constituido de
los estadios libidinales. Es mas, no evoca allí
el conflicto, instintual sino para apartarse en
seguida de él, y para reconocer en el
aislamiento simbólico del "yo no estoy
castrado", en que se afirma el sujeto, la forma
compulsiva a la que queda encadenada su elección
heterosexual, contra el efecto de captura
homosexualizante que ha sufrido el yo devuelto a
la matriz imaginaria de la escena primitiva. Tal
es en verdad el conflicto subjetivo, donde no se
trata sino de las peripecias de la subjetividad,
tanto y tan bien que el "yo" [je] gana y pierde
contra el "yo" al capricho de la catequización
religiosa o de la Aufklärung adoctrinadora,
conflicto de cuyos efectos Freud ha hecho
percatarse al sujeto por sus oficios antes de
explicárnoslo en la dialéctica del complejo de
Edipo.
Es en el análisis de un caso tal
donde se ve bien que la realización del amor
perfecto no es un fruto de la naturaleza sino de
la gracia, es decir de una concordancia
intersubjetiva que impone su armonía a la
naturaleza desgarrada que la sostiene.
Pero ¿qué es pues ese sujeto con
el que nos machaca usted el entendimiento?,
exclama finalmente un oyente que ha perdido la
paciencia. ¿No hemos recibido ya del señor Pero
Grullo la lección de que todo lo que es
experimentado por el individuo es subjetivo?
—Boca ingeuna cuyo elogio ocupará
mis últimos días, ábrete una vez más para
escucharme. No hace falta cerrar los ojos. El
sujeto va mucho mas allá de lo que el individuo
experimenta "subjetivamente", tan Iejos
exactamente como la verdad que puede alcanzar, y
que acaso salga de esa boca que acabáis de
cerrar ya. Si esa verdad de su historia no está
toda ella en su pequeño papel, y sin embargo su
lugar se marca en él, por los tropiezos
dolorosos que experimenta de no conocer sino sus
réplicas, incluso en páginas cuyo desorden no le
da mucho alivio.
Que el inconsciente del sujeto