Ya se dé por agente de curación,
de formación o de sondeo, el psicoanálisis no
tiene sino un medium: la palabra del paciente,
La evidencia del hecho no excusa que se le
desatienda. Ahora bien, toda palabra llama a una
respuesta.
Mostraremos que no hay palabra
sin respuesta, incluso si no encuentra más que
el silencio, con tal de que tenga un oyente, y
que éste es el meollo de su función en el
análisis.
Pero si el psicoanalista ignora
que así sucede en la función de la palabra, no
experimentará sino más fuertemente su llamado, y
si es el vacío el que primeramente se hace oír,
es en sí mismo donde lo experimentará y será más
allá de la palabra donde buscará una realidad
que colme ese vacío.
Llega así a analizar el
comportamiento del sujeto para encontrar en él
lo que no dice. Pero para obtener esa confesión,
es preciso que hable de ello. Vuelve entonces a
recobrar la palabra, pero vuelta sospechosa por
no haber respondido sino a la derrota de su
silencio, ante el eco percibido de su propia
nada.
Pero ¿qué era pues ese llamado
del sujeto mas allá del vacío de su decir?
Llamado a la verdad en su principio, a través
del cual titubearán los llamados de necesidades
más humildes. Pero primeramente y de golpe
llamado propio del vacío, en la hiancia ambigua
de una seducción intentada sobre el otro por los
medios en que el sujeto sitúa su complacencia y
en que va a adentrar el monumento de su
narcisismo.
''¡Ya estamos en la
introspección!", exclama el prudente caballero
que se las sabe todas sobre sus peligros.
Ciertamente no habrá sido él, confiesa, el
último en saborear sus encantos, si bien ha
agotado sus provechos. Lástima que no tenga ya
tiempo que perder. Porque oiríais estupendas y
profundas cosas, si llegase a vuestro diván.
Es extraño que un analista, para
quien este personaje es uno de los primeros
encuentros de su experiencia, explaye todavía la
introspección en el psicoanálisis. Porque apenas
se acepta la apuesta, se escabullen todas
aquellas bellezas que creía uno tener en
reserva. Su cuenta, de obligarse a ella,
parecerá corta, pero se presentan otras bastante
inesperadas de nuestro hombre como para
parecerle al principio tontas y dejarlo mudo un
buen momento. Suerte común (Nota).
Capta entonces la diferencia
entre el espejismo de monólogo cuyas fantasías
acomodaticias animaban su jactancia, y el
trabajo forzado de ese discurso sin escapatoria
que el psicólogo, no sin humorismo, y el
terapeuta, no sin astucia, decoraron con el
nombre de "asociación libre".
Porque se trata sin duda de un
trabajo, y tanto que ha podido decirse que exige
un aprendizaje y aun llegar a ver en ese
aprendizaje el valor formador de ese trabajo.
Pero tomado así, ¿qué otra cosa podría formar
sino un obrero calificado?
Y entonces, ¿qué sucede con ese
trabajo? Examinemos sus condiciones, su fruto,
con la esperanza de ver mejor así su meta y su
provecho
Se habrá reconocido a la pasada
la pertinencia del término durcharbeiten a que
equivale el inglés working through, y que entre
nosotros ha desesperado a los traductores, aun
cuando se ofreciese a ellos el ejercicio de
agotamiento marcado para siempre en la lengua
francesa por el cuño de un maestro del estilo:
"Cien veces en el telar volved a poner...", pero
¿cómo progresa aquí la obra?
La teoría nos recuerda la tríada:
frustración, agresividad, regresión. Es una
explicación de aspecto tan comprensible que bien
podría dispensarnos de comprender. La intuición
es ágil, pero una evidencia debe sernos tanto
más sospechosa cuando se ha convertido en lugar
común. Si el análisis viene a sorprender su
debilidad, convendrá no conformarse con el
recurso a la afectividad. Palabra-tabú de la
incapacidad dialéctica que, con el verbo
intelectualizar, cuya acepción peyorativa hace
mito de esa incapacidad, quedarán en la historia
de la lengua como los estigmas de nuestra
obtusión en lo que respecta al sujeto.
Preguntémonos mas bien de dónde
viene esa frustración. ¿Es del silencio del
analista? Una respuesta, incluso y sobre todo
aprobadora, a la palabra vacía muestra a menudo
por sus efectos que es mucho más frustrante que
el silencio. ¿No se tratará más bien de una
frustración que sería inherente al discurso
mismo del sujeto? ¿No se adentra por el sujeto
en una desposesión más y más grande de ese ser
de sí mismo con respecto al cual, a fuerza de
pinturas sinceras que no por ello dejan menos
incoherente la idea, de rectificaciones que no
llegan a desprender su esencia, de
apuntalamientos y de defensas que no impiden a
su estatua tambalearse, de abrazos narcisistas
que se hacen soplo al animarlo, acaba por
reconocer que ese ser no fue nunca sino su obra
en lo imaginario y que esa obra defrauda en éI
toda certidumbre? Pues en ese trabajo que
realiza de reconstruirla para otro, vuelve a
encontrar la enajenación fundamental que le hizo
construirla como otra, y que la destinó siempre
a serle hurtada por otro. (Nota)
Este ego, cuya fuerza definen
ahora nuestros teóricos por la capacidad de
sostener una frustración, es frustración en su
esencia.(Nota). Es frustración no de un deseo
del sujeto, sino de un objeto donde su deseo
está enajenado y que, cuanto más se elabora,
tanto más se ahonda para el sujeto la
enajenación de su gozo. Frustración pues de
segundo grado, y tal que aun cuando el objeto en
su discurso llevara su forma hasta la imagen
pasivizante por la cual el sujeto se hace objeto
en la ceremonia del espejo, no podría con ello
satisfacerse, puesto que aun si alcanzase en esa
imagen su mas perfecta similitud, seguiría
siendo el gozo del otro lo que haría reconocer
en ella. Por eso no hay respuesta adecuada a ese
discurso, porque el sujeto tomará como de
desprecio toda palabra que se comprometa con su
equivocación.
La agresividad que el sujeto
experimentará aquí no tiene nada que ver con la
agresividad animal del deseo frustrado. Esta
referencia con la que muchos se contentan
enmascara otra menos agradable para todos y para
cada uno: la agresividad del esclavo que
responde a la frustración de su trabajo por un
deseo de muerte.
Se concibe entonces cómo esta
agresividad puede responder a toda intervención
que, denunciando las intenciones imaginarias del
discurso, desarma el objeto que el sujeto ha
construído para satisfacerlas. Es lo que se
llama en efecto el análisis de las resistencias,
cuya vertiente peligrosa aparece de inmediato.
Esta señalada ya por la existencia del ingenuo
que no ha visto nunca manifestarse otra cosa que
la significación agresiva de las fantasías de
sus sujetos. (Nota)
Ese mismo es el que, no vacilando
en alegar en favor de un análisis "causalista"
que se propondría transformar al sujeto en su
presente por explicaciones sabias de su pasado,
traiciona bastante hasta en su tono la angustia
que quiere ahorrarse de tener que pensar que la
libertad de su paciente esté suspendida de la de
su intervención. Que el expediente al que se
lanza pueda ser en algún momento benéfico para
el sujeto, es cosa que no tiene otro alcance que
una broma estimulante y no nos ocupará mi
tiempo.
Apuntemos mas bien a ese hic et
nunc donde algunos creen deber encerrar la
maniobra del análisis. Puede en efecto ser útil,
con tal de que la intención imaginaria que el
analista descubre allí no sea separada por él de
la relación simbólica en que se expresa. Nada
debe allí leerse referente al yo del sujeto que
no pueda ser reasumido por él bajo la forma del
yo [je], o sea en primera persona.
"No he sido esto sino para llegar
a ser lo que puedo ser": si tal no fuese la
punta permanente de la asunsión que el sujeto
hace de sus espejismos, ¿dónde podría asirse
aquí un progreso?
El analista entonces no podría
acosar sin peligro al sujeto en la intimidad de
su gesto, o aun de su estática, salvo a
condición de reintegrarlos como partes mudas de
su discurso narcisista, y esto ha sido observado
de manera muy sensible, incluso por jóvenes
practicantes.
El peligro allí no es el de la
reacción negativa del sujeto, sino mas bien de
su captura en una objetivación, no menos
imaginaria que antes, de su estática, o aun de
su estatua, en un estatuto renovado de su
enajenación.
Muy al contrario, el arte del
analista debe ser el de suspender las
certidumbres del sujeto, hasta que se consuman
sus últimos espejismos. Y es en el discurso
donde debe escandirse su resolución.
Por vacío que aparezca ese
discurso en efecto, no es así sino tomándolo en
su valor facial: el que justifica la frase de
Mallarmé cuando compara el uso común del
lenguaje con el intercambio de una moneda cuyo
anverso y cuyo reverso no muestran ya sino
figuras borrosas y que se pasa de mano en mano
"en silencio". Esta metáfora basta para
recordarnos que la palabras, incluso en el
extremo de su desgaste, conserva su valor de
tésera.
Incluso si no comunica nada, el
discurso representa la existencia de la
comunicación; incluso si niega la evidencia,
afirma que la palabra constituye la verdad;
incluso si está destinado a engañar, especula
sobre la fe en el testimonio.
Por eso el psicoanalista sabe
mejor que nadie que la cuestión en éI es
entender a que "parte" de ese discurso esta
confiado el término significativo, y es así en
efecto como opera en el mejor de los casos:
tomando el relato de una historia cotidiana por
un apólogo que a buen entendedor dirige su
saludo, una larga prosopopeya por una
interjección directa, o al contrario un simple
lapsus por una declaración harto compleja, y aun
el suspiro de un silencio por todo el desarrollo
lírico al que suple.
Así, es una puntuación afortunada
la que da su sentido al discurso del sujeto. Por
eso la suspensión de la sesión de la que la
técnica actual hace un alto puramente
cronométrico, y como tal indiferente a la trama
del discurso, desempeña en él un papel de
escansión que tiene todo el valor de una
intervención para precipitar los momentos
concluyentes. Y esto indica liberar a ese
término de su marco rutinario para someterlo a
todas las finalidades útiles de la técnica.
Así es como puede operarse la
regresión, que no es sino la actualización en el
discurso de las relaciones fantaseadas
restituidas por un ego en cada etapa de la
descomposición de su estructura. Porque, en fin,
esa regresión no es real; no se manifiesta ni
siquiera en el lenguaje sino por inflexiones,
giros, "tropiezos tan ligeros" ["trebuchements
si legiers"] que no podrían en última instancia
sobrepasar el artificio del habla "babyish" en
el adulto. Imputarle la realidad de una relación
actual con el objeto equivale a proyectar al
sujeto en una ilusión enajenante que no hace
sino reflejar una coartada del psicoanalista.
Por eso nada podría extraviar mas
al psicoanalista que querer guiarse por un
pretendido contacto experimentado de la realidad
del sujeto. Este camelo de la psicología
intuicionista, incluso fenomenológica, ha tomado
en el uso contemporáneo una extensión bien
sintomática del enrarecimiento de los efectos de
la palabra en el contexto social presente. Pero
su valor obsesivo se hace flagrante con
promoverla en una relación que, por sus mismas
reglas, excluye todo contacto real.
Los jóvenes analistas que se
dejasen sin embargo imponer por lo que este
recurso implica de dones impenetrables, no
encontrarán nada mejor para dar marcha atrás que
referirse al éxito de los controles mismos que
padecen. Desde el punto de vista del contacto
con lo real, la posibilidad misma de estos
controles se convertiría en un problema. Muy al
contrario, el controlador manifiesta en ello una
segunda visión (la expresión cae al pelo) que
hace para él la experiencia por lo menos tan
instructiva como para el controlado. Y esto casi
tanto más cuanto que este último muestra menos
de esos dones, que algunos consideran como tanto
mas incomunicables cuanto más embarazo provocan
ellos mismos sobre sus secretos técnicos.
La razón de este enigma es que el
controlado desempeña allí el papel de filtro, o
incluso, de refractor del discurso del sujeto, y
que así se presenta ya hecha al controlador una
estereografía que destaca ya los tres o cuatro
registros en que puede leer la partitura
constituida por ese discurso.
Si el controlado pudiese ser
colocado por el controlador en una posición
subjetiva diterente de la que implica el término
siniestro de control (ventajosamente sustituido,
pero sólo en lengua inglesa por el de
supervisión), el mejor fruto que sacaría de ese
ejercicio sería aprender a mantenerse éI mismo
en la posición de subjetividad segunda en que la
situación pone de entrada al controlador.
Encontraría en ello la vía
auténtica para aIcanzar lo que la clásica
fórmula de la atención difusa y aún distraída
del analista no expresa sino de manera muy
aproximada. Pues lo esencial es saber a lo que
esa atención apunta: seguramente no, todo
nuestro trabajo está hecho para demostrarlo, a
un objeto más allá de la palabra del sujeto,
como algunos se constriñen a no perderlo nunca
de vista. Si tal debiese ser el camino del
análisis, sería sin duda a otros medios a los
que recurriría, o bien sería el único ejemplo de
un método que se prohibiese los medios de su
fin.
El único objeto que está al
alcance del analista, es la relación imaginaria
que le liga al sujeto en cuanto yo, y, a falta
de poderlo eliminar, puede utilizarlo para
regular el caudal de sus orejas, según el uso
que la fisiología, de acuerdo con el Evangelio,
muestra que es normal hacer de ellas: orejas
para no oír, dicho de otra manera para hacer la
ubicación de lo que debe ser oído. Pues no tiene
otras, ni tercera oreja, ni cuarta, para una
transaudición que se desearía directa del
inconsciente por el inconsciente. Diremos lo que
hay que pensar de esta pretendida comunicación.
Hemos abordado la función de la
palabra en el análisis por el sesgo mas ingrato,
el de la palabra vacía, en que el sujeto parece
hablar en vano de alguien que, aunque se le
pareciese hasta la confusión, nunca se unirá a
él en la asunción de su deseo. Hemos mostrado en
ella la fuente de la depreciación creciente de
que ha sido objeto la palabra en la teoría y la
técnica, y hemos tenido que levantar por grados,
cual una pesada rueda de molino caída sobre
ella, lo que no puede servir sino de volante al
movimiento del análisis: a saber los factores
psicofisiológicos individuales que en realidad
quedan excluidos de su dialéctica. Dar como meta
al análisis el modificar su inercia propia, es
condenarse a la ficción del movimiento, con que
cierta tendencia de la técnica parece en efeto
satisfacerse.
Si dirigimos ahora nuestra mirada
al otro extremo de la experiencia psicoanalítica
-a su historia, a su casuística, al proceso de
la cura- hallaremos motivo de oponer al análisis
del hic et nunc el valor de la anamnesis como
índice y como resorte del progreso terapéutico,
a la intersubjetividad obsesiva la
intersubjetividad histórica, al análisis de la
resistencia la interpretación simbólica. Aquí
comienza la realización de la palabra plena.
Examinemos la relación que esta
constituye.
Recordemos que el método
instaurado por Breuer y por Freud fué, poco
después de su nacimiento, bautizado por una de
las pacientes de Breuer, Anna O., con el nombre
de "talking cure". Recordemos que fué la
experiencia inaugurada con esta histérica la que
les llevó al descubrimiento del acontecimiento
patógeno llamado traumático.
Si este acontecimiento fue
reconocido como causa del síntoma, es que la
puesta en palabras del uno (en las "stories" de
la enferma) determinaba el levantamiento del
otro. Aquí el término "toma de conciencia",
tomado de la teoría psicológica de ese hecho que
se elaboró en seguida, conserva un prestigio que
merece la desconfianza que consideramos como de
buena regla respecto de las explicaciones que
hacen oficio de evidencias. Los prejuicios
psicológicos de la época se oponían a que se
reconociese en la verbalización como tal otra
realidad que la de su flatus vocis. Queda el
hecho de que en el estado hipnótico está
disociada de la toma de conciencia y que esto
bastaría para hacer revisar esa concepción de
sus efectos.
Pero ¿cómo no darían aquí el
ejemplo los valientes de la Aufhebung
behaviourista, para decir que no tienen por qué
conocer si el sujeto se ha acordado de cosa
alguna? Unicamente ha relatado el
acontecimiento. Diremos por nuestra parte que lo
ha verbalizado, o para desarrollar este término
cuyas resonancias en francés [como en español]
evocan una figura de Pandora diferente de la de
la caja donde habría tal vez que volverlo a
encerrar, lo ha hecho pasar al verbo, o mas
precisamente al epos en el que se refiere en la
hora presente los orígenes de su persona. Esto
en un lenguaje que permite a su discurso ser
entendido por sus contemporáneos, y más aún que
supone el discurso presente de éstos. Así es
como la recitación del epos puede incluir un
discurso de antaño en su lengua arcaica, incluso
extranjera, incluso proseguirse en el tiempo
presente con toda la animación del actor, pero
es a la manera de un discurso indirecto, aislado
entre comillas en el curso del relato y, si se
representa, es en un escenario que implica no
sólo coro, sino espectadores.
La rememoración hipnótica es sin
duda reproducción del pasado, pero sobre todo
representación hablada y que como tal implica
toda suerte de presencias. Es a la rememoración
en vigilia de lo que en el análisis se llama
curiosamente "el material", lo que el drama que
produce ante la asamblea de los ciudadanos los
mitos originales de la Urbe es a la historia que
sin duda está hecha de materiales, pero en la
que una nación de nuestro días aprende a leer
los símbolos de un destino en marcha, Puede
decirse en lenguaje heideggeriano que una y otra
constituyen al sujeto como gewesend, es decir
como siendo el que así ha sido. Pero en la
unidad interna de esta temporalización, el
siendo (ens) señala la convergencia de los
habiendo sido. Es decir que de suponer otros
encuentros desde uno cualquiera de esos momentos
que han sido, habría nacido de ello otro ente
que le haría haber sido de manera totalmente
diferente.
La ambigüedad de la revelación
histórica del pasado no proviene tanto del
titubeo de su contenido entre lo imaginario y lo
real, pues se sitúa en lo uno y en lo otro. No
es tampoco que sea embustera. Es que nos
presenta el nacimiento de la verdad en la
palabra, y que por eso tropezamos con la
realidad de lo que no es ni verdadero ni falso.
Por lo menos esto es lo mas turbador de su
problema.
Pues de la verdad de esta
revelación es la palabra presente la que da
testimonio en la realidad actual, y la que la
funda en nombre de esta realidad. Ahora bien, en
esta realidad sólo la palabra da testimonio de
esa parte de los poderes del pasado que ha sido
apartada en cada encrucijada en que el
acontecimiento ha escogido.
Por eso la condición de
continuidad en la anamnesia, en la que Freud
mide la integridad de la curación, no tiene nada
que ver con el mito bergsoniano de una
restauración de la duración en que la
autenticidad de cada instante sería destruida de
no resumir la modulación de todos los instantes
antecedentes. Es que no se trata para Freud ni
de memoria biológica, ni de su mistificación
intuicionista, ni de la paramnesia del síntoma,
sino de rememoración, es decir de historia, que
hace descansar sobre el único fiel de las
certidumbres de fecha la balanza en la que las
conjeturas sobre el pasado hacen oscilar las
promesas del futuro. Seamos categóricos, no se
trata en la anamnesia psicoanalítica de
realidad, sino de verdad, porque es el efecto de
una palabra plena reordenar las contingencias
pasadas dándoles el sentido de las necesidades
por venir, tales como las constituye la poca
libertad por medio de Ia cual el sujeto las hace
presentes.
Los meandros de la búsqueda que
Freud prosigue en la exposición del caso del
"hombre de los lobos" confirman estas
expresiones por tomar en ellas su pleno sentido.
Freud exige una objetivación
total de la prueba mientras se trata de fechar
la escena primitiva, pero supone sin más todas
las resubjetivaciones del acontecimiento que le
parecen necesarias para explicar sus efectos en
cada vuelta en que el sujeto se reestructura, es
decir otras tantas reestructuraciones del
acontecimiento que se operan, como él lo
expresa, nachträglich, retroactivamente.(Nota)
Es más, con una audacia que linda con la
desenvoltura, declara que considera legítimo
hacer en el análisis de los procesos la elisión
de los intervalos de tiempo en que el
acontecimiento permanece latente en el sujeto.
Es decir que anuda los tiempos para comprender
en provecho de los momentos de concluir que
precipitan la meditación del sujeto hacia el
sentido que ha de decidirse del acontecimiento
original.
Observemos qué el tiempo para
comprender y el momento de concluir son nociones
que hemos definido, en un teorema puramente
lógico, y que son familiares a nuestros alumnos
por haberse mostrado muy propicias al análisis
dialéctico por el cual los guiamos en el proceso
de un psicoanálisis.
Es ciertamente esta
asunción por el sujeto de su historia, en cuanto
que está constituida por la palabra dirigida al
otro, es que forma el fondo del nuevo método al
que Freud da el nombre de psicoanálisis, no en
l904, como lo enseñaba no ha mucho una autoridad
que, por haber hecho a un lado el manto de un
silencio prudente, mostró aquel día no conocer
de Freud sino el titulo de sus obras, sino en
l895. (Nota)
Al igual que Freud, tampoco
nosotros negamos, en este análisis del sentido
de su método, la discontinuidad psicofisiológica
que manifiestan los estados en que se produce el
síntoma histérico, ni que este pueda ser tratado
por métodos -hipnosis, incluso narcosis- que
reproducen la discontinuidad de esos estados.
Sencillamente, y tan expresamente como éI se
prohibió a partir de cierto momento recurrir a
ellos, desautorizamos todo apoyo tomado en esos
estados, tanto para explicar el síntoma como
para curarlo.
Porque si la originalidad del
método está hecha de los medios de que se priva,
es que los medios que se reserva bastan para
constituir un dominio cuyos límites definen la
relatividad de sus operaciones.
Sus medios son los de la palabra
en cuanto que confiere a las funciones del
individuo un sentido: su dominio es el del
discurso concreto en cuanto campo de la realidad
transindividual del sujeto; sus operaciones son
las de la historia en cuanto que constituye la
emergencia de la verdad en lo real.
Primeramente en efecto, cuando el
sujeto se adentra en el análisis, acepta una
posición mas constituyente en sí misma que todas
las consignas con las que se deja mas o menos
engañar: la de la interlocución. y no vemos
inconveniente en que esta observación deje al
oyente confundido (nota). Pues nos dará ocasión
de subrayar que la alocución del sujeto supone
un "alocutario" (nota), dicho de otra manera que
el locutor (nota) se constituye aquí como
intersubjetividad.
En segundo lugar, sobre el
fundamento de esta interlocución, en cuanto
incluye la respuesta del interlocutor, es como
el sentido se nos entrega de lo que Freud exige
como restitución de la continuidad en las
motivaciones del sujeto. El examen operacional
de este objetivo nos muestra en efecto que no se
satisface sino en la continuidad intersubjetiva
del discurso en donde se constituye la historia
del sujeto.
Así es como el sujeto puede
vaticinar sobre su historia bajo el efecto de
una cualquiera de esas drogas que adormecen la
conciencia y que han recibido en nuestro tiempo
el nombre de "sueros de la verdad", en que la
seguridad en el contrasentido delata la ironía
propia del lenguaje. Pero la retransmisión misma
de su discurso registrado, aunque fuese hecha
por la boca de su médico, no puede, por llegarle
bajo esa forma enajenada, tener los mismos
efectos que la interlocución psicoanalítica.
Por eso es en la posición de un
tercer término donde el descubrimiento freudiano
del inconsciente se esclarece en su fundamento
verdadero y puede ser formulado de manera simple
en estos términos:
El inconsciente es aquella parte
del discurso concreto en cuanto transindividual
que falta a la disposición del sujeto para
restablecer la continuidad de su discurso
consciente.
Así desaparece la paradoja que
presenta la noción del inconsciente, si se la
refiere a una realidad individual. Pues
reducirla a la tendencia inconsciente sólo es
resolver la paradoja, eludiendo la experiencia
que muestra claramente que el inconsciente
participa de las funciones de la idea, incluso
del pensamiento. Como Freud lo subraya
claramente, cuando, no pudiendo evitar del
pensamiento inconsciente la conjunción de
términos contrariados, le da el viático de esta
invocación: sit venia verbo. Así pues le
obedecemos echándole la culpa al verbo, pero a
ese verbo realizado en el discurso que corre
como en el juego de la sortija de boca en boca
para dar al acto del sujeto que recibe su
mensaje el sentido que hace de ese acto un acto
de su historia y que le da su verdad.
Y entonces la
objeción de contradicción in terminis que eleva
contra el pensamiento inconsciente una
psicología mal fundada en su lógica cae con la
distinción misma del dominio psicoanaIítico en
cuanto que manifiesta la realidad del discurso
en su autonomía y el eppur si muove del
psicoanalista coincide con el de Galileo en su
incidencia, que no es la de la experiencia del
hecho, sino la del experimentum mentis.
El inconsciente es
ese capitulo de mi historia que está marcado por
un blanco u ocupado por un embuste: es el
capítulo censurado. Pero la verdad puede
volverse a encontrar; lo mas a menudo ya está
escrita en otra parte. A saber:
—en los monumentos: y esto es mi
cuerpo, es decir el núcleo histérico de la
neurosis donde el síntoma histérico muestra la
estructura de un lenguaje y se descifra como una
inscripción que, una vez recogida, puede sin
pérdida grave ser destruída;
—en los documentos de archivos
también: y son los recuerdos de mi infancia,
impenetrables tanto como ellos, cuando no
conozco su proveniencia;
—en la evolución semántica: y
esto responde al stock y a las acepciones del
vocabulario que me es particular, como al estilo
de mi vida y a mi carácter;
—en la tradición también, y aun
en las leyendas que bajo una forma heroificada
vehiculan mi historia;
—en los rastros, finalmente, que
conservan inevitablemente las distorsiones,
necesitadas para la conexión del capítulo
adulterado con los capítulos que lo enmarcan, y
cuyo sentido restablecerá mi exégesis.
El estudiante que tenga la idea
-lo bastante rara, es cierto, como para que
nuestra enseñanza se dedique a propagarla- de
que para comprender a Freud, la lectura de Freud
es preferible a la del señor Fenichel, podrá
darse cuenta emprendiéndola de que lo que
acabamos de decir es tan poco original, incluso
en su fraseo, que no aparece en ello si una sola
metáfora que la obra de Freud no repita con la
frecuencia de un motivo en que se transparenta
su trama misma.
Podrá entonces palpar mas
fácilmente, en cada instante de su práctica,
como a la manera de la negación que su
redoblamiento anula, estas metáforas pierden su
dimensión metafórica, y reconocerá que sucede
así porque él opera en el dominio propio de la
metáfora que no es sino el sinónimo del
desplazamiento simbólico, puesto en juego en el
síntoma.
Juzgará mejor después de eso
sobre el desplazamiento imaginario que motiva la
obra del señor Fenichel, midiendo la diferencia
de consistencia y de eficacia técnica entre la
referencia a los estadios pretendidamente
orgánicos del desarrollo individual y la
búsqueda de los acontecimientos particulares de
la historia del sujeto. Es exactamente la que
separa la investigación histórica auténtica de
las pretendidas leyes de la historia de las que
puede decirse que cada época encuentra su
filósofo para divulgarlas al capricho de los
valores que prevalecen en ella
No quiere decirse que no haya
nada que conservar de los diferentes sentidos
descubiertos en la marcha general de la historia
a lo largo de esa vía que va de Bossuet (Jacquese-Bénigne)
a Toynbee (Arnold) y que puntúan los edificios
de Auguste Comte y de Karl Marx. Cada uno sabe
ciertamente que valen tan poco para orientar la
investigación sobre un pasado reciente como para
presumir con alguna razón acontecimientos de
mañana. Por lo demás son lo bastante modestas
como para remitir al pasado mañana sus
certidumbres, y tampoco demasiado mojigatas para
admitir los retoques que permiten prever lo que
sucedió ayer.
Si su papel es pues bastante
magro para el progreso científico, su interés
sin embargo se sitúa en otro sitio: está en su
papel de ideales, que es considerable. Pues nos
lleva a distinguir lo que pueden llamarse las
funciones primaria y secundaria de la
historización.
Pues afirmar del psicoanálisis
como de la historia que en cuanto ciencias son
ciencias de lo particular, no quiere decir que
los hechos con los que tienen que vérselas sean
puramente accidentales, si es que no facticios,
y que su valor último se reduzca al aspecto
bruto del trauma
Los acontecimientos se engendran
en una historización primaria, dicho de otra
manera la historia se hace ya en el escenario
donde se la representará una vez escrita, en el
fuero interno como en el fuero exterior
En tal época, tal motín en el
arrabal parisino de Saint-Antoíne es vivido por
sus actores como victoria o derrota del
Parlamento o de la Corte; en tal otra, como
victoria o derrota del proletariado o de la
burguesía. Y aunque sean "los pueblos", para
hablar como Retz, los que siempre pagan los
destrozos, no es en absoluto el mismo
acontecimiento histórico, queremos decir que no
dejan la misma clase de recuerdo en la memoria
de los hombres.
A saber: que con la desaparición
de la realidad del Parlamento y de la Corte, el
primer acontecimiento retornará a su valor
traumático susceptible de un progresivo y
auténtico desvanecimiento, si no se reanima
expresamente su sentido. Mientras que el
recuerdo del segundo seguirá siendo muy vívido
incluso bajo la censura -lo mismo que la amnesia
de la represión es una de las formas más vivas
de la memoria-, mientras haya hombres para
someter su rebeldía al orden de la lucha por el
advenimiento político del proletariado, es
decir, hombres para quienes, las palabras clave
del materialismo dialéctico tengan un sentido.
Y entonces sería decir demasiado
que fuésemos a trasladar estas observaciones al
campo del psicoanálisis, puesto que están ya en
éI y puesto que el desintrincamiento que
producen allí entre la técnica de desciframiento
del inconsciente y la teoría de los instintos, y
aun de las pulsiones, cae por su propio peso.
Lo que enseñamos al sujeto a
reconocer como su inconsciente es su historia;
es decir que le ayudamos a perfeccionar la
historización actual de los hechos que
determinaron ya en su existencia cierto número
de "vuelcos" históricos. Pero si han tenido ese
papel ha sido ya en cuanto hechos de historia,
es decir en cuanto reconocidos en cierto sentido
o censurados en cierto orden. ,
Así toda fijación en un
pretendido estadio instintual es ante todo
estigma histórico: página de vergüenza que se
olvida o que se anula, o página de gloria que
obliga. Pero lo olvidado se recuerda en los
actos, y la anulación se opone a lo que se dice
en otra parte, como la obligación perpetúa en el
símbolo el espejismo preciso en que el sujeto se
ha visto atrapado.
Para decirlo en pocas palabras,
los estadios instintuales son ya cuando son
vividos organizados en subjetividad. Y para
hablar claro, la subjetividad del niño que
registra en victorias y en derrotas la gesta de
la educación de sus esfínteres, gozando en ello
de la sexualización imaginaria de sus orificios
cloacales, haciendo agresión de sus expulsiones
excrementicias, seducción de sus retenciones, y
símbolos de sus relajamientos, esa subjetividad
no es fundamentalmente diferente de la
subjetividad del psicoanalista que se ejercita
en restituir para comprenderlas las formas del
amor que él llama pregenital.
Dicho de otra manera, el estadio
anal no es menos puramente histórico cuando es
vivido que cuando es vuelto a pensar, ni menos
puramente fundado en la intersubjetividad. En
cambio, su homologación como etapa de una
pretendida maduración instintual lleva
derechamente a los mejores espíritus a
extraviarse hasta ver en ello la reproducción en
la ontogénesis de un estadio del filum animal
que hay que ir a buscar en los áscaris o aun en
las medusas, especulación que, aunque ingeniosa
bajo la pluma de un Balint, lleva en otros a las
ensoñaciones mas inconsistentes, incluso a la
locura que va a buscar en el protozoo el esquema
imaginario de la efracción corporal cuyo temor
gobernaría la sexualidad femenina. ¿Por qué
entonces no buscar la imagen del yo en el
camarón bajo el pretexto de que uno y otro
recobran después de cada muda su caparazón?
Un tal Jaworski, en los años
l9l0-l920, había edificado un muy hermoso
sistema donde "el plano biológico'' volvía a
encontrarse hasta en los confines de la cultura
y que precisamente daba al orden de los
crustáceos su cónyuge histórico, si mal no
recuerdo, en alguna tardía Edad Media, bajo el
encabezado de un común florecimiento de la
armadura; no dejando viuda por lo demás de su
correlato humano a ninguna forma animal, y sin
exceptuar a los moluscos y a las chinches.
La analogía no es la
metáfora, y el recurso que han encontrado en
ella los filósofos de la naturaleza exige el
genio de un Goethe cuyo ejemplo mismo no es
alentador. Ninguno repugna más al espíritu de
nuestra disciplina, y es alejándose expresamente
de éI como Freud abrió la vía propia a Ia
interpretación de los sueños, y con ella a la
noción del simbolismo analítico. Esta noción,
nosotros lo decimos, está estrictamente en
oposición con el pensamiento analógico del cual
una tradición dudosa hace que algunos, incluso
entre nosotros, la consideren todavía como
solidaria.
Por eso los excesos en el
ridículo deben ser utilizados por su valor de
abridores de ojo, pues por abrir los ojos sobre
lo absurdo de una teoría, los guiarán hacia
peligros que no tienen nada de teóricos.
Esta mitología de la maduración
instintual, construída con trozos escogidos de
la obra de Freud, engendra en efecto problemas
espirituales cuyo vapor condensado en ideales de
nubes riega de rechazo con sus efluvios el mito
original. Las mejores plumas destilan su tinta
en plantear ecuaciones que satisfagan las
exigencias del misterioso genital love, (hay
expresiones cuya extrañeza congenia mejor con el
paréntesis de un término prestado, y rubrican su
tentativa por una confesión de non liquet).
Nadie sin embargo parece conmocionado por el
malestar que resulta de ello, y más bien se ve
allí ocasión de alentar a todos los Munchhausen
de la normalización psicoanalítica a que se
tiren de los pelos con la esperanza de alcanzar
el cielo de la plena realización del objeto
genital, y aun del objeto a secas.
Si nosotros los psicoanalistas
estamos bien situados para conocer el poder de
las palabras, no es una razón para hacerlo valer
en el sentido de lo insoluble, ni para "atar
fardos pesados e insoportables para abrumar con
ellos las espaldas de los hombres", como se
expresa la maldición de Cristo a los fariseos en
el texto de San Mateo.
Así la pobreza de los términos
donde intentamos incluir un problema subjetivo
puede dejar que desear a ciertos espíritus
exigentes, por poco que los comparen con los que
estructuraban hasta en su confusión las
querellas antiguas acerca de la Naturaleza y de
la Gracia. Así puede dejar subsistir temores en
cuanto a la calidad de los efectos psicológicos
y sociológicos que pueden esperarse de su uso. Y
se harán votos porque una mejor apreciación de
las funciones del logos disipe los misterios de
nuestros carismas fantasiosos.
Para atenernos a una tradición
más clara, tal vez entendamos la máxima célebre
en la que La Rochefoucauld nos dice que "hay
personas que no habrían estado nunca enamoradas
si no hubiesen oído nunca hablar del amor", no
en el sentido romántico de una "realización"
totalmente imaginaria del amor que encontraría
en ello una amarga objeción, sino como un
reconocimiento auténtico de lo que el amor debe
al símbolo y de lo que la palabra lleva de amor.
Basta en todo caso referirse a la
obra de Freud para medir en que rango secundario
e hipotético coloca la teoría de los instintos.
No podría a sus ojos resistir un solo instante
contra el menor hecho particular de una
historia, insiste, y el narcisismo genital que
invoca en el momento de resumir el caso del
hombre de los lobos nos muestra bastante el
desprecio en que sitúa el orden constituido de
los estadios libidinales. Es mas, no evoca allí
el conflicto, instintual sino para apartarse en
seguida de él, y para reconocer en el
aislamiento simbólico del "yo no estoy
castrado", en que se afirma el sujeto, la forma
compulsiva a la que queda encadenada su elección
heterosexual, contra el efecto de captura
homosexualizante que ha sufrido el yo devuelto a
la matriz imaginaria de la escena primitiva. Tal
es en verdad el conflicto subjetivo, donde no se
trata sino de las peripecias de la subjetividad,
tanto y tan bien que el "yo" [je] gana y pierde
contra el "yo" al capricho de la catequización
religiosa o de la Aufklärung adoctrinadora,
conflicto de cuyos efectos Freud ha hecho
percatarse al sujeto por sus oficios antes de
explicárnoslo en la dialéctica del complejo de
Edipo.
Es en el análisis de un caso tal
donde se ve bien que la realización del amor
perfecto no es un fruto de la naturaleza sino de
la gracia, es decir de una concordancia
intersubjetiva que impone su armonía a la
naturaleza desgarrada que la sostiene.
Pero ¿qué es pues ese sujeto con
el que nos machaca usted el entendimiento?,
exclama finalmente un oyente que ha perdido la
paciencia. ¿No hemos recibido ya del señor Pero
Grullo la lección de que todo lo que es
experimentado por el individuo es subjetivo?
—Boca ingeuna cuyo elogio ocupará
mis últimos días, ábrete una vez más para
escucharme. No hace falta cerrar los ojos. El
sujeto va mucho mas allá de lo que el individuo
experimenta "subjetivamente", tan Iejos
exactamente como la verdad que puede alcanzar, y
que acaso salga de esa boca que acabáis de
cerrar ya. Si esa verdad de su historia no está
toda ella en su pequeño papel, y sin embargo su
lugar se marca en él, por los tropiezos
dolorosos que experimenta de no conocer sino sus
réplicas, incluso en páginas cuyo desorden no le
da mucho alivio.
Que el inconsciente del sujeto
sea el discurso del otro, es lo que aparece mas
claramente aun que en cualquier otra parte en
los estudios que Freud consagró a lo que el
llama la telepatía, en cuanto que se manifiesta
en el contexto de una experiencia analítica.
Coincidencia de las expresiones del sujeto con
hechos de los que no puede estar informado, pero
que se mueven siempre en los nexos de otra
experiencia donde el psicoanalista es
interlocutor; coincidencia igualmente en el caso
más frecuente constituida por una convergencia
puramente verbal, incluso homonímica, o que, si
incluye un acto, se trata de un acting out de un
paciente del analista o de un hijo en análisis
del analizado. Caso de resonancia en las redes
comunicantes de discurso, del que un estudio
exhaustivo esclarecería los casos análogos que
presenta la vida corriente.
La omnipresencia del discurso
humano podrá tal vez un día ser abarcada bajo el
cielo abierto de una omnicomunicación de su
texto. Que no es decir que será por ello más
concordante, Pero es éste el campo que nuestra
experiencia polariza en una relación que no es
entre dos sino en apariencia, pues toda posición
de su estructura en términos únicamente duales
le es tan inadecuada en teoría como ruinosa para
su técnica.
Las resonancias de la
interpretación y el tiempo del sujeto en la
técnica psicoanalítica
Entre el hombre y el amor,
Hay la mujer.
Entre el hombre y la mujer,
Hay un mundo.
Entre el hombre y el mundo,
Hay un muro.
Antoine Tudal en París en l'an
2000
Porque yo vi con mis propios ojos
a una tal Sibila de Cumas, pender de una redoma
y al decirle los niños: "Sibila, ¿qué quieres?,
ella respondía:"Quiero morir''. (Satiricón,
XLVIII)
Volver a traer la experiencia
psicoanalítica a la palabra y al lenguaje como a
sus fundamentos, es algo que interesa su
técnica. Si no se inserta en lo inefable, se
descubre el deslizamiento que se ha operado en
ella, siempre en un solo sentido, para alejar a
la interpretación de su principio. Está uno
entonces autorizado a sospechar que esta
desviación de la práctica motiva las nuevas
metas a las que se abre la teoría.
Si miramos más de cerca, los
problemas de la interpretación simbólica
comenzaron por intimidar a nuestro y pequeño
mundo antes de hacerse en él embarazosos. Los
éxitos obtenidos por Freud asombran allí ahora
por la informalidad del endoctrinamiento de que
parecen proceder, y el alarde de esa
informalidad que se observa en los casos de
Dora, del hombre de Ias ratas y del hombre de
Ios lobos no deja de escandalizarnos. Es cierto
que nuestros hábiles no tienen empacho en poner
en duda que fuese ésa una buena técnica.
Este desafecto corresponde en
verdad, en el movimiento psicoanalítico, a una
confusión de las lenguas de la cual, en una
conversación familiar de una época reciente, la
personalidad más representativa de su actual
jerarquía no hacía ningún misterio ante
nosotros.
Es bastante notable que esta
confusión se acreciente con la pretensión en la
que cada uno se cree delegado a descubrir en
nuestra experiencia las condiciones de una
objetivación acabada, y con el fervor que parece
acoger a estas tentativas teóricas a medida que
se muestran mas desreales.
Es indudable que los principios,
por bien fundados que estén, del análisis de las
resistencias han sido en la práctica ocasión de
un desconocimiento cada vez mayor del sujeto, a
falta de ser comprendidos en su relación con la
intersubjetividad de las palabras.
Siguiendo, en efecto, el proceso
de las siete primeras sesiones que nos han sido
integramente transmitidas del caso del hombre de
las ratas, parece poco probable que Freud no
haya conocido las resistencias en su lugar, o
sea allí precisamente donde nuestros modernos
técnicos nos dan la lección de que él dejó pasar
la ocasión, puesto que es su texto mismo el que
le permite señalarlas, manifestando una vez más
ese agotamiento de temas que, en los textos
freudianos, nos maravilla sin que ninguna
interpretación haya agotado todavía sus
recursos.
Queremos decir que no solo se
dejó llevar a alentar a su sujeto para que
saltara por encima de sus primeras reticencias,
sino que comprendió perfectamente el alcance
seductor de ese juego en lo imaginario. Basta
para convencerse de ello remitirse a la
descripción que nos da de la expresión de su
paciente durante el penoso relato del suplicio
representado que da tema a su obsesión, el de la
rata empujada en el ano del atormentado: "Su
rostro (nos dice) reflejaba el horror de un gozo
ignorado." El efecto actual de la repetición de
ese relato no se le escapa, ni por lo tanto la
identificación del psicoanalista con el "capitán
cruel" que hizo entrar a la fuerza ese relato en
la memoria del sujeto, y tampoco pues el alcance
de los esclarecimientos teóricos cuya prenda
requiere el sujeto para proseguir su discurso.
Lejos sin embargo de interpretar
aquí la resistencia, Freud nos asombra
accediendo a su requerimiento, y hasta tan lejos
que parece entrar en el juego del sujeto.
Pero el carácter extremadamente
aproximado, hasta el punto de parecernos vulgar,
de las explicaciones con que lo gratifica, nos
instruye suficientemente: no se trata tanto aquí
de doctrina, ni siquiera de endoctrinamiento
como de un don simbólico de la palabra, preñado
de un pacto secreto, en el contexto de la
participación imaginaria que lo incluye, y cuyo
alcance se revelará mas tarde en la equivalencia
simbólica que el sujeto instituye en su
pensamiento de las ratas y de los florines con
que retribuye al analista.
Vemos pues que Freud, lejos de
desconocer la resistencia, usa de ella como de
una disposición propia a la puesta en movimiento
de las resonancias de la palabra, y se conforma,
en la medida en que puede, a la definición
primera que ha dado de la resistencia,
sirvviéndose de ella para implicar al sujeto en
su mensaje. Y es así como desbandará bruscamente
sus perros en cuanto vea que, por ser tratada
con miramientos, la resistencia se inclina a
mantener el diálogo al nivel de una conversación
en que el sujeto entonces perpetuaría su
seducción con su escabullirse.
Pero aprendemos que el
psicoanálisis consiste en pulsar sobre los
múltiples pentagramas de la partitura que la
palabra constituye en los registros del
lenguaje: de donde proviene la
sobredeterminación que no tiene sentido si no es
en este orden.
Y asimos al mismo tiempo el
resorte del éxito de Freud. Para que el mensaje
del analista responda a la interrogación
profunda del sujeto, es preciso en efecto que el
sujeto lo oiga como la respuesta que le es
particular, y el privilegio que tenían los
pacientes de Freud de recibir la buena palabra
de la boca misma de aquel que era su anunciador,
satisfacía en ellos esta exigencia.
Observemos de paso que aquí el
sujeto había tenido un anuncio de ello al
entreabrir la Psicopatología de la vida
cotidiana, obra entonces en el frescor de su
aparición.
Lo cual no es decir que este
libro sea mucho mas conocido ahora, incluso de
los analistas, pero la vulgarización de las
nociones freudianas en la conciencia común, su
entrada en lo que nosotros llamamos el muro del
lenguaje, amortiguaría el efecto de nuestra
palabra si le diésemos el estilo de las
expresiones dirigidas por Freud al hombre de las
ratas.
Pero aquí no es cuestión de
imitarlo. Para volver a encontrar el efecto de
la palabra de Freud, no es a sus términos a los
que recurriremos, sino a los principios que la
gobiernan.
Estos principios no son otra cosa
que la dialéctica de la conciencia de sí, tal
como se realiza de Sócrates a Hegel, a partir de
la suposición irónica de que todo lo que es
racional es real para precipitarse en el juicio
científico de que todo lo que es real es
racional. (Nota) Pero el descubrimiento
freudiano fue demostrar que este proceso
verificante no alcanza auténticamente al sujeto
sino descentrándolo de la conciencia de sí, en
el eje de la cual lo mantenía la reconstrucción
hegeliana de la fenomenología del espíritu: es
tanto como decir que hace aún más caduca toda
búsqueda de una "toma de conciencia" que, mas
allá de su fenómeno psicológico, no se
inscribiese en la coyuntura del momento
particular que es el único que da cuerpo a lo
universal y a falta del cual se disipa en
generalidad.
Estas observaciones definen los
límites dentro de los cuales es imposible a
nuestra técnica desconocer los momentos
estructurantes de la fenomenología hegeliana: en
primer lugar la diaIéctica del Amo y del
Esclavo, o la de la "bella alma" y de la ley del
corazón, y generalmente todo lo que nos permite
comprender como la constitución del objeto se
subordina a la reaIización del sujeto.
Pero si quedase algo de profético
en la exigencia, en la que se mide el genio de
Hegel, de la identidad radical de lo particular
y lo universal, es sin duda el psicoanálisis el
que le aporta su paradigma entregando la
estructura donde esta identidad se realiza como
desuniente del sujeto, y sin recurrir a mañana.
Digamos solamente que es esto lo
que objeta para nosotros a toda referencia a la
totalidad en el individuo, puesto que el sujeto
introduce en él la división, así como en lo
colectivo que es su equivalente. El
psicoanálisis es propiamente lo que remite al
uno y al otro a su posición de espejismo.
Esto parecería no poder ser ya
olvidado, si la enseñanza del psicoanálisis no
fuese precisamente que es olvidable -por donde
resulta, por una inversión mas legítima de lo
que se cree que nos viene de los psicoanalistas
mismos la confirmación de que sus "nuevas
tendencias" representan este olvido.
Y si Hegel viene por otra parte
muy a propósito para dar un sentido que no sea
de estupor a nuestra mencionada neutralidad, no
es que no tengamos nada que tomar de la
elasticidad de la mayéutica de Sócrates, y aun
del procedimiento fascinante de la técnica con
que Platón nos la presenta, aunque sólo fuese
por experimentar en Sócrates y en su deseo el
enigma intacto del psicoanalista. y por situar
en relación con la escopia platónica nuestra
relación con la verdad: en este caso de una
manera que respeta la distancia que hay entre la
reminiscencia que Platón se ve arrastrado a
suponer en todo advenimiento de la idea, y el
agotamiento del ser que se consume en la
repetición de Kierdegaard. (Nota)
Pero existe también una
diferencia histórica que no es vano medir del
interlocutor de Sócrates al nuestro. Cuando
Sócrates toma apoyo en una razón artesana que
puede extraer principalmente del discurso del
esclavo, es para dar acceso a unos auténticos
amos a la necesidad de un orden que haga
justicia de su poder y verdad de las palabras
maestras de la ciudad. Pero nosotros tenemos que
vérnoslas con esclavos que creen ser amos y que
encuentran en un lenguaje de misión universal el
sostén de su servidumbre con las ligas de su
ambiguedad. De tal modo que podría decirse con
humorismo que nuestra meta es restituir en ellos
la libertad soberana de la que da prueba Humpty
Dumpty cuando recuerda a Alicia que después de
todo éI es el amo del significante, si no lo es
del significado en el cual su ser tomó su forma.
Así pues volvemos a encontrar
siempre nuestra doble referencia a la palabra y
al lenguaje. Para liberar la palabra del sujeto,
lo introducimos en el lenguaje de su deseo, es
decir en el lenguaje primero en el cual mas allá
de lo que nos dice de él, ya nos habla sin
saberlo, y en los símbolos del síntoma en primer
lugar.
Es ciertamente de un lenguaje de
lo que se trata, en efecto, en el simbolismo
sacado a luz por el análisis. Este lenguaje,
respondiendo al voto lúdico que puede
encontrarse en un aforismo de Lichtenberg, tiene
el carácter universal de una lengua que se
hiciese entender en todas las otras lenguas,
pero al mismo tiempo, por ser el lenguaje que
capta el deseo en el punto mismo en que se
humaniza haciéndose reconocer, es absolutamente
particular al sujeto.
Lenguaje primero, decimos pues,
con lo cual no queremos decir lengua primitiva,
puesto que Freud, que puede compararse con
Champollion por el mérito de haber realizado su
descubrimiento total, lo descifró entero en los
sueños de nuestros contemporáneos. Y así su
campo esencial es definido con alguna autoridad
por uno de los preparadores más tempranamente
asociados a aquel trabajo, y uno de los pocos
que hayan aportado a éI algo nuevo, he nombrado
a Ernest Jones, el último sobreviviente de
aquellos a quienes fueron dados los siete
anillos del maestro y que da testimonio, por su
presencia en los puestos de honor de una
asociación internacional, de que no están
reservados únicamente a los portadores de
reliquias
En un articulo fundamental sobre
el simbolismo, el doctor Jones, hacia la pagina
15, hace la observación de que, aunque hay
millares de símbolos en el sentido en que los
entiende el psicoanálisis, todos se refieren al
cuerpo propio, a las relaciones de parentesco,
al nacimiento, a la vida y a la muerte.
Esta verdad, reconocida aquí de
hecho, nos permite comprender que, aunque eI
símbolo psicoanalíticamente hablando sea
reprimido en el inconsciente, no lleva en sí
mismo ningún indicio de regresión, o aun de
inmadurez. Basta pues, para que haga su efecto
en el sujeto, con que se haga oír, pues sus
efectos se operan sin saberlo él, como lo
admitimos en nuestra experiencia cotidiana,
explicando muchas reacciones de los sujetos,
tanto normales como neuróticos por su respuesta
al sentido simbólico de un acto, de una relación
o de un objeto
No cabe pues dudar de que el
analista pueda jugar con el poder del símbolo
evocándolo de una manera calculada en las
resonancias semánticas de sus expresiones.
Esta sería la vía de un retorno
al uso de los efectos simbóIicos, en una técnica
renovada de la interpretación.
Podríamos para ello tomar
referencia en lo que la tradición hindú enseña
del dhvanr, en el hecho de que distingue en éI
esa propiedad de la palabra de hacer entender lo
que no dice. Así es como la ilustra con una
historia cuya ingenuidad, que parece obligada en
estos ejemplos, muestra suficiente humorismo
para inducirnos a penetrar la verdad que oculta.
Una muchacha, dícese, espera a su
amante al borde de un río, cuando ve a un brahma
que avanza por alli. Va hacia él y exclama con
el tono de la mas amable acogida: ''¡Qué feliz
día el de hoy! El perro que en esta orilla os
asustaba con sus ladridos ya no estará, pues
acaba de devorarlo un león que frecuenta los
parajes.,.".
La ausencia del león puede pues
tener tantos efectos como el salto que, de estar
presente, sólo daría una vez, según aquel
proverbio que Freud apreciaba.
El carácter primo de los símbolos
los acerca, en efecto, a esos números de los que
todos los otros están compuestos, y si son pues
subyacentes a todos los semantemas de la lengua,
podremos por una investigación discreta de sus
interferencias, siguiendo el hilo de una
metáfora cuyo desplazamiento simbólico
neutralizará los sentidos segundos de los
términos que asocia, restituir a la palabra su
pleno valor de evocación,
Esta técnica exigiría, para
enseñarse como para aprenderse, una asimilación
profunda de los recursos de una lengua, y
especialmente de los que se realizan
concretamente en sus textos poéticos. Es sabido
que tal era el caso de Freud en cuanto a las
letras alemanas, en las que se incluye al teatro
de Shakespeare por una traducción sin par. Toda
su obra da fe de ello, al mismo tiempo que de la
asistencia que en ello encuentra constantemente,
y no menos en su técnica que en su
descubrimiento. Sin perjuicio del apoyo de un
conocimiento clásico de los Antiguos, de una
iniciación moderna en el folklore y de una
participación interesada en las conquistas del
humanismo contemporáneo en el campo etnográfico.
Podría pedirse al técnico del
análisis que no tenga por vana toda tentativa de
seguirle en esa vía.
Pero hay una corriente que
remontar. Se la puede medir por la atención
condescendiente que se otorga, como a una
novedad, al wording: la morfología inglesa da
aquí un soporte bastante sutil a una noción
todavía difícil de definir, para que se haga
caso de él.
Lo que recubre no es sin embargo
muy alentador cuando un autor se maravilla de
haber obtenido un éxito bien diferente en la
interpretación de una sola y misma resistencia
por el empleo "sin premeditación consciente",
nos subraya, del término need for love en el
sitio y lugar del término demand for love que
primeramente, sin ver más lejos (es él quien lo
precisa), había sugerido. Si la anécdota debe
confirmar esa referencia de la interpretación a
la ego psychology que está en el título del
artículo, parecería ser más bien a la ego
psychology del anaIista, en cuanto que se
conforma con un tan modesto uso del inglés, que
puede llevar su práctica hasta los límites del
farfullar (Nota).
Pues need y demand para el sujeto
tienen un sentido diametralmente opuesto, y
suponer que su empleo pueda ni por un instante
ser confundido equivale a desconocer
radicalmente la intimación de la palabra.
Porque en su función
simbolizante, no se dirige a nada menos que a
transformar al sujeto al que se dirige por el
lazo que establece con el que la emite, o sea:
introducir un efecto de significante.
Por eso tenemos que insistir una
vez más sobre la estructura de la comunicación
en el lenguaje y disipar definitivamente el
malentendido del lenguaje-signo, fuente en este
terreno de confusiones del discurso como de
malformaciones de la palabra.
Si la comunicamón del lenguaje se
concibe en efecto como una señal por la cual el
emisor informa al receptor de algo por medio de
cierto código, no hay razón alguna para que no
concedamos el mismo crédito y hasta más a todo
otro signo cuando el "algo" de que se trata es
del individuo: hay incluso la mayor razón para
que demos la preferencia a todo modo de
expresión que se acerque al signo natural.
Asi es como entre nosotros llegó
el descrédito sobre la técnica de la palabra y
como se nos ve en busca de un gesto, de una
mueca, de una actitud, de una mímica, de un
movimiento, de un estremecimento, qué digo, de
una detención del movimiento habitual, pues
somos finos y nada detendrá ya en sus huellas
nuestro echar sabuesos.
Vamos a mostrar la insuficiencia
de la noción del lenguaje-signo por la
manifestación misma que mejor la ilustra en el
reino animal, y que parece que, si no hubiese
sido recientemente objeto de un descubrimiento
auténtico, habría habido que inventarla para
este fin.
Todo el mundo admite hoy en día
que la abeja, de regreso de su libación a la
colmena, transmite a sus compañeras por dos
clases de danzas la indicación de la existencia
de un botín próximo o bien lejano. La segunda es
la mas notable, pues el plano en que describe la
curva en forma de 8 que le ha merecido el nombre
de wagging dance y la frecuencia de los
trayectos que la abeja cumple en un tiempo dado,
designan exactamente la dirección determinada en
función de la inclinación solar (por la que las
abejas pueden orientarse en todo tiempo, gracias
a su sensibilidad a la Iuz polarizada) por una
parte, y por otra parte la distancia hasta
varios kilómetros a que se encuentra el botín. Y
las otras abejas responden a este mensaje
dirigiéndose inmediatamente hacia el lugar así
designado.
Una decena de años de observación
paciente bastó a Karl von Frisch para
descodificar este modo de mensaje, pues se trata
sin duda de un código, o de un sistema de
señales que solo su carácter genérico nos impide
calificar de convencional,
¿Es por ello un lenguaje? Podemos
decir que se distingue de él precisamente por la
correlación fija de sus signos con la realidad
que significan. Pues en un lenguaje los signos
toman su valor de su relación los unos con los
otros, en la repartición léxieca de los
semantemas tanto como en el uso posicional,
incluso flexional de los morfemas, contrastando
con la fijeza de la codificación puesta en juego
aquí. Y la diversidad de las lenguas humanas
toma, bajo esta luz, su pleno valor.
Jacques Lacan