Toda significación remite a
otra significación. Los compañeros de Ulises.
Transferencia y realidad. El concepto es el
tiempo de las cosas. Jeroglíficos.
1
Nuestro amigo Granoff va a
presentar una comunicación que parece situarse
en la línea de nuestros últimos comentarios.
Encuentro muy acertado el surgimiento de
iniciativas tales, totalmente acordes con el
espíritu de diálogo que deseo en lo que - no
lo olvidemos- es ante todo un seminario.
La exposición del doctor
Granoff se refiere a dos artículos del número
de Abril de 1954 de la Psycho-Analytic Review: "Emotion, Instinct
and Pain-pleasure", de A. Chapman
Isham y "A study of
the dream in depth, its corollary and
consequences", de C. Bennitt.
2
Cada vez que estamos en el orden de la
palabra, todo lo que instaura en la realidad
otra realidad, finalmente sólo adquiere su
sentido y su acento en función de este orden
mismo. Si la emoción puede ser desplazada,
invertida, inhibida, si ella está comprometida
en una dialéctica, es porque ella está
capturada en el orden simbólico, a partir del
cual los otros órdenes, imaginario y real,
ocupan su puesto y se ordenan.
Intentaré una vez más
hacérselos percibir. Relatemos una pequeña
fábula.
Un día, los compañeros de
Ulises- como saben, tuvieron diez mil
desgracias, y creo que casi ninguno terminó el
paseo- fueron transformados, dadas sus
fastidiosas inclinaciones, en cerdos. Este
tema de la metamorfosis es un tema apropiado
para despertar nuestro interés, pues plantea
el límite entre lo humano y lo animal.
Fueron pues transformados en
cerdos, y la historia continua.
Es preciso creer que con todo
conservan ciertos vínculos con el mundo humano
puesto que en medio de la porqueriza - pues la
porqueriza es una sociedad- se comunican entre
ellos mediante gruñidos sus necesidades: el
hambre, la sed, la voluptuosidad, incluso el
espíritu de grupo. Aquí no acaba todo.
¿Qué puede decirse de estos
gruñidos? ¿Acaso no son también mensajes
dirigidos al otro mundo? Bueno, yo lo que oigo
es esto: oigo que los compañeros de Ulises
gruñen: Añoramos a Ulises, añoramos que no
esté entre nosotros, añoramos su enseñanza, lo
que él era para nosotros a través de la
existencia.
¿Cómo reconocer que ese gruñido
que llega hasta nosotros desde ese susurro
sedoso acumulado en el espacio cerrado de la
porqueriza es una palabra? ¿Será porque allí
se exprese algún sentimiento ambivalente?
En efecto, existe en esta
ocasión lo que llamamos, en el orden de las
emociones y de los sentimientos, ambivalencia.
Porque Ulises es un guía más bien molesto para
sus compañeros. Sin embargo, una vez
convertidos en cerdos, tienen sin duda razones
para añorar su presencia. Por ello, existe una
duda acerca de lo que comunican.
Esta dimensión no puede ser
descuidada. Pero, ¿acaso es ella suficiente
para transformar un gruñido en una palabra?
No; porque la ambivalencia emocional del
gruñido es una realidad en su esencia no
constituida.
El gruñido del cerdo sólo se
transforma en palabra cuando alguien se
plantea la cuestión de saber qué es lo que
este gruñido pretende hacer creer. Una palabra
sólo es palabra en la exacta medida en que hay
alguien que crea en ella.
¿Qué pretenden hacer creer,
gruñendo, los compañeros de Ulises
transformados en cerdos?: que aún preservan
algo humano. En esta ocasión expresar la
añoranza de Ulises, es reivindicar ser
reconocidos, ellos mismos los cerdos, como los
compañeros de Ulises.
Una palabra se sitúa ante todo en esta
dimensión. La palabra es esencialmente un
medio para ser reconocido. La palabra está
ahí, antes que cualquier cosa pueda estar
detrás de ella. Por eso es ambivalente y
absolutamente insondable. ¿Es o no verdadero
lo que ella dice? Es un espejismo. Es este
primer espejismo el que les asegura que
estamos en el dominio de la palabra.
Sin esta dimensión una
comunicación no es más que algo que transmite,
algo que es casi de igual orden que un
movimiento mecánico. Hace un momento evocaba
ese susurro sedoso, la comunicación de
susurros en el interior de la porqueriza. De
ello se trata: el gruñido puede analizarse
totalmente en términos de mecánica. Pero, a
partir del momento en que quiere hacer creer
algo y exige reconocimiento, la palabra
existe. Por eso puede hablarse, en cierto
sentido, del lenguaje de los animales. Hay
lenguaje en los animales en la exacta medida
en que hay alguien para comprenderlo.
3
Veamos otro ejemplo que tomaré
de un artículo de Nunberg aparecido en 1951,
Transference and reality, donde se plantea la
cuestión de saber qué es la transferencia. Se
trata del mismo problema.
Es muy agradable ver lo lejos
que llega el autor y, a la vez, las
dificultades que encuentra. Para él, todo
sucede a nivel de lo imaginario. Cree que el
fundamento de la transferencia es la
proyección en la realidad de algo que no está
allí. El sujeto exige a su compañero ser una
forma, un modelo, por ejemplo, de su padre.
Evoca en primer lugar el caso
de una paciente que pasa todo su tiempo
interpelando violentamente al analista,
incluso riñéndolo, reprochándole no ser
suficientemente bueno, nunca intervenir como
es preciso, equivocarse, no usar el tono
adecuado. Nunberg se pregunta si éste es un
caso de transferencia.
Bastante curiosamente, pero no
sin fundamento, responde que no; lo que hay es
más bien una aptitud- readiness- a la
transferencia. Por el momento la sujeto hace
oír a través de sus recriminaciones una
exigencia, la exigencia primitiva de una
persona real; y es la discordancia que
presenta el mundo real respecto a su requisito
la que motiva su insatisfacción. No se trata
de transferencia, sino de su condición.
¿A partir de cuándo realmente
hay transferencia? Cuando la imagen que el
sujeto exige se confunde con la realidad en la
que está situado. Todo el progreso del
análisis consiste en mostrar al sujeto la
distinción entre estos dos planos, en despegar
lo imaginario y lo real. Es ésta una teoría
clásica: el sujeto tiene un comportamiento
supuestamente ilusorio y se le muestra cuán
poco está adaptado a la situación efectiva.
Pero resulta que nosotros no
hacemos más que percibir todo el tiempo que la
transferencia no es en absoluto un fenómeno
ilusorio. Decirle al sujeto: Pero amigo mío,
el sentimiento que usted tiene hacia mí no es
más que transferencia, no es analizarlo. Esto
nunca arregló nada. Felizmente, cuando los
autores están bien orientados en su práctica,
dan ejemplos que desmienten su teoría y que
prueban que tienen cierto sentimiento de la
verdad. Es el caso de Nunberg. El ejemplo que
presenta como típico de la experiencia de
transferencia es particularmente instructivo.
Tenía un paciente que le traía
muchísimo material y se expresaba con tal
autenticidad, poniendo tal cuidado en cada
detalle, con tal preocupación por ser
completo, con tal abandono... Y, sin embargo,
nada ocurría. Nada ocurría hasta que Nunberg
se dio cuenta que en la situación analítica el
paciente reproducía una situación que había
sido la de su infancia, durante la cual se
entregaba a confidencias, lo más detalladas
posibles, fundadas en la confianza total que
tenía en su interlocutora- quien no era otra
que su madre- quien venía todas las noches a
sentarse al borde de su cama. El paciente,
como Scherezade, se complacía en hacerle un
informe exhaustivo de sus jornadas y también
de sus actos, sus deseos, sus tendencias, sus
escrúpulos, sus remordimientos, no ocultando
nunca nada. La cálida presencia de su madre,
en camisón, era para él la fuente de un placer
perfectamente sostenido como tal, que
consistía en adivinar bajo el camisón el
contorno de sus senos y su cuerpo. Se libraba
entonces a las primeras investigaciones
sexuales en el cuerpo de su amada compañera.
¿Cómo analizar esto? Intentemos
ser un poco coherentes. ¿Qué significa esto?
Dos situaciones diferentes son
aquí evocadas: el paciente con su madre, el
paciente con su analista.
En la primera situación, el
sujeto experimenta satisfacción mediante este
intercambio hablado. Podemos sin dificultad
distinguir dos planos, el plano de las
relaciones simbólicas, que sin duda alguna se
encuentran aquí subordinadas, subvertidas por
la relación imaginaria. Por otra parte, en el
análisis el sujeto se comporta con total
abandono y se somete con toda buena voluntad a
la regla. ¿Debemos concluir que está allí
presente una satisfacción semejante a la
satisfacción primitiva? A muchos les es fácil
franquear el paso: pero sí, es así. El sujeto
busca una satisfacción semejante. Se hablará
sin vacilar de automatismo de repetición. Y de
todo lo que ustedes quieran. El analista se
vanagloriará de haber detectado tras esa
palabra váyase a saber qué sentimiento o
emoción, el cual revelaría la presencia de un
más allá psicológico constituido más allá de
la palabra.
¡Pero reflexionemos un poco! En
primer lugar, la posición del analista es
exactamente inversa a la posición de la madre,
no está al borde de la cama sino detrás, y
está lejos de presentar, al menos en los casos
más frecuentes, los encantos del objeto
primitivo, y de prestarse a las mismas
concupiscencias. En todo caso no es por ese
lado por donde habrá de franquearse el paso de
la analogía.
Son evidencias tontas las que
estoy diciendo. Sin embargo, sólo deletreando
un poco la estructura, diciendo cosas
sencillas, podemos aprender a contar con
nuestros propios dedos los elementos de la
situación en medio de la cual actuamos.
Hay que comprender esto: ¿por
qué, apenas ha sido revelada al sujeto la
relación entre las dos situaciones, se produce
una transformación completa de la situación
analítica? ¿Por qué las mismas palabras se
vuelven ahora eficaces, marcando un. verdadero
progreso en la existencia del sujeto?
Intentemos pensar un poco.
La palabra se instituye como
tal en la estructura del mundo semántico que
es el del lenguaje. La palabra nunca tiene un
único sentido ni el vocablo un único empleo.
Toda palabra tiene siempre un más allá,
sostiene varias funciones, envuelve varios
sentidos. Tras lo que dice un discurso está lo
que él quiere decir, y tras lo que quiere
decir está otro querer decir, y esto nunca
terminará a menos que lleguemos a sostener que
la palabra tiene una función creadora, y que
es ella la que hace surgir la cosa misma, que
no es más que el concepto.
Recuerden lo que dice Hegel
sobre el concepto: el concepto es el tiempo de
la cosa. Ciertamente, el concepto no es la
cosa en lo que ella es, por la sencilla razón
de que el concepto siempre está allí donde la
cosa no está, llega para reemplazar a la cosa,
como el elefante que hice entrar el otro día
en la sala por intermedio de la palabra
elefante. Si esto chocó tanto a algunos de
ustedes es porque era evidente que el elefante
estaba efectivamente aquí desde el momento en
que lo nombramos. ¿Qué es lo que de la cosa
puede estar allí? No es su forma, tampoco su
realidad, pues, en lo actual, todos los
lugares están ocupados. Hegel lo dice con
mucha rigurosidad: es el concepto el que hace
que la cosa esté allí, aún no estando allí.
Esta identidad en la
diferencia, que carácteriza la relación del
concepto con la cosa, es además la que hace
que la cosa sea cosa y el fact esté
simbolizado, como nos lo decían hace un
momento. Estamos hablando de cosas y no de
váyase a saber qué, siempre imposible de
identificar.
Heráclito nos informa: si
instauramos la existencia de las cosas en un
perpetuo movimiento de tal modo que nunca la
corriente del mundo vuelva a pasar por la
misma situación, es precisamente porque la
identidad en la diferencia ya está saturada en
la cosa. De donde Hegel deduce el concepto es
el tiempo de la cosa.
Nos encontramos aquí en el
núcleo del problema avanzado por Freud cuando
dice que el inconsciente se sitúa fuera del
tiempo. Es cierto y no es cierto. Se sitúa
fuera del tiempo exactamente como lo hace el
concepto, porque él es el tiempo de sí mismo,
el tiempo puro de la cosa, y en tanto tal,
puede reproducirla según cierta modulación,
cuyo soporte material puede ser cualquier
cosa. En el automatismo de repetición se trata
precisamente de esto. Esta observación nos
llevará muy lejos, hasta los problemas de
tiempo que supone la práctica analítica.
Volvamos pues a nuestro
ejemplo: ¿por qué el análisis se transforma
desde el momento en que se analiza la
situación transferencia! evocando la antigua
situación, en cuyo transcurso el sujeto estaba
ante un objeto totalmente diferente, que no
puede ser asimilado al objeto actual ? Porque
la palabra actual, como la palabra antigua,
está en el interior de un paréntesis en el
tiempo, dentro de una forma de tiempo, si me
permiten la expresión. Siendo idéntica la
modulación de tiempo, la palabra del analista
tiene el mismo valor que la palabra antigua.
Este valor es valor de palabra.
No hay aquí ningún sentimiento, ninguna
proyección imaginaria y el Sr. Nunberg, quien
se agota en la tarea de construirla, se coloca
así en una situación inextricable.
Para Loewenstein, no hay
proyección, sino desplazamiento. Es ésta una
mitología que presenta todas las apariencias
de un laberinto. Sólo podemos salir de él
reconociendo que el elemento-tiempo es una
dimensión constitutiva del orden de la
palabra.
Si efectivamente el concepto es
el tiempo, debemos analizar la palabra por
capas sucesivas, debemos buscar sus sentidos
múltiples entre líneas. ¿Esto nunca acaba? Sí,
tiene un final. Pero lo que se revela en
último lugar, la palabra última, el sentido
último, es esa forma temporal de la que estoy
hablando, que es por sí sola una palabra. El
sentido último de la palabra del sujeto frente
al analista, es su relación existencial ante
el objeto de su deseo.
Este espejismo narcisista no
adquiere en esta ocasión ninguna forma
particular, no es más que lo que sostiene la
relación del hombre con el objeto de su deseo
y que siempre le deja sólo en lo que llamamos
el placer preliminar. Esta relación es
especular y coloca a la palabra en una especie
de suspensión, puramente imaginaria, en
efecto, en relación a esa situación.
Esta situación no tiene nada
que sea actual, nada que sea emocional, nada
que sea real. Pero, una vez alcanzada, cambia
el sentido de la palabra, revela al sujeto que
su palabra no es más que lo que he llamado, en
mi informe de Roma, palabra vacía, y que en
tanto tal carece de efecto.
Todo esto no es fácil. ¿Me
siguen? Deben comprender que el más allá al
que somos remitidos, es siempre otra palabra,
más profunda. En cuanto al límite inefable de
la palabra, éste radica en el hecho de que la
palabra crea la resonancia de todos sus
sentidos. A fin de cuentas, somos remitidos al
acto mismo de la palabra en tanto tal. Es el
valor de este acto actual el que hace que la
palabra sea vacía o plena. En el análisis de
la transferencia, se trata de saber en qué
punto de su presencia la palabra es plena.
4
Si encuentran que esta
interpretación es un tanto especulativa, les
traeré una referencia, puesto que estoy aquí
para interpretar los textos de Freud, y pues
creo oportuno señalar que lo que estoy
explicando es estrictamente ortodoxo.
¿Cuándo aparece en la obra de
Freud la palabra Ubertragung, transferencia?
No es en los Escritos Técnicos, y a propósito
de las relaciones reales, poco importa,
imaginarias, o incluso simbólicas, con el
sujeto. No es a propósito de Dora, ni tampoco
a propósito de las molestias que ella le ha
hecho padecer, ya que, supuestamente, no supo
decirle a tiempo que ella empezaba a sentir
hacia él un tierno sentimiento. Aparece en la
séptima parte, Psicología de los procesos
oníricos, de la Traumdeutung
Quizá sea éste un libro que
algún día comentaré con ustedes; y en el cual
sólo se trata de demostrar, en la función del
sueño, la superposición de las significaciónes
de un material significante. Freud nos muestra
cómo la palabra, a saber la transmisión del
deseo, puede hacerse reconocer a través de
cualquier cosa, con tal de que esa cualquier
cosa esté organizada como sistema simbólico.
Esta es la fuente de la naturaleza durante
mucho tiempo indescifrable del sueño. Así como
no se supo, durante mucho tiempo, comprender
los jeroglíficos pues no se los componía en su
propio sistema simbólico: nadie se daba cuenta
que una pequeña silueta humana podía querer
decir un hombre, pero que podía también
representar el sonido hombre y, en tanto tal,
entrar en una palabra a título de sílaba. El
sueño está formado como los jeroglíficos.
Saben que Freud menciona la piedra Roseta.
¿A qué llama Freud Ubertragung?
Es, dice, el fenómeno constituido por el hecho
de que no existe traducción directa posible
para un cierto deseo reprimido por el sujeto.
Este deseo del sujeto está vedado a su modo de
discurso, y no puede hacerse reconocer. ¿Por
qué? Porque entre los elementos de la
represión hay algo que participa de lo
inefable. Hay relaciones esenciales que ningún
discurso puede expresar suficientemente, sólo
puede hacerlo entre-líneas como decía hace un
momento.
Alguna otra vez les hablaré de
la Guía de los extraviados de Maimónides que
es una obra esotérica. Verán como él organiza
deliberadamente su discurso de tal modo que lo
que él quiere decir que no es decible- es él
quien habla así- no obstante puede revelarse.
Dice lo que no puede, o lo que no debe ser
dicho introduciendo cierto desorden, ciertas
rupturas, ciertas discordancias intencionales.
Asimismo los lapsus, las lagunas, las
contenciones, las repeticiones del sujeto
también expresan, pero en este caso
espontáneamente, inocentemente, la modalidad
según la cual se organiza el discurso. Es esto
lo que nosotros debemos leer. Ya volveremos
sobre estos textos que vale la pena comparar.
¿Qué nos dice Freud en su
primera definición de la Ubertragung? Nos
habla de los Tagesrestre, de los restos
diurnos, que están descargados, dice, desde el
punto de vista del deseo. En el sueño, son
formas errantes que el sujeto considera poco
importantes: han sido vaciadas de su sentido.
Son pues un material insignificante. El
material significante fonemático, jeroglífico,
etc... está constituido por formas destituidas
de su sentido propio y retomadas en una nueva
organización a través de la cual logra
expresarse otro sentido. Freud llama
Ubertragung exactamente a este proceso.
El deseo inconsciente, es
decir, imposible de expresar, encuentra de
todos modos un medio para expresarse en el
alfabeto, en la fonemática de los restos
diurnos, descargados ellos mismos de deseo. Es
éste pues un verdadero fenómeno de lenguaje
como tal. Es esto a lo que Freud da el nombre-
la primera vez que lo emplea- de Ubertragung.
Ciertamente, hay en lo que se
produce en el análisis, comparado con lo que
se produce en el sueño, una dimensión
suplementaria esencial: el otro está ahí. Pero
observen también cómo los sueños se hacen más
claros, más analizables a medida que avanza el
análisis. Esto sucede porque el sueño dedica
su habla cada vez más al analista. Los mejores
sueños que Freud nos presenta, los más ricos,
los más bellos, los más complicados, son los
que se producen en el transcurso de un
análisis y que tienden a dirigirse al
analista.
Esto también debe aclarar la
significación propia del término acting-out.
Si, hace un momento, hablé de automatismo de
repetición, si hablé de él esencialmente a
propósito del lenguaje, es porque toda acción
en la sesión, acting-out o acting-in, está
incluida en un contexto de palabra. Se
califica como acting-out cualquier cosa que
ocurra en el tratamiento. Y no sin razón. Si
muchos sujetos se precipitan durante el
análisis a realizar múltiples y variadas
acciones eróticas, como, por ejemplo, casarse,
evidentemente es por acting-out. Si actúan lo
hacen dirigiéndose a su analista.
Por ello es preciso hacer un
análisis del acting-out y hacer un análisis de
la transferencia, es decir, encontrar en un
acto su sentido de palabra. Ya que se trata
para el sujeto de hacerse reconocer, un acto
es una palabra.
Hoy los dejaré en este punto.