Esta
palabra se legitima del
"Ernout y Meillet": lino,
litura, liturarius. Se
me ocurrió, sin embargo,
de este juego de la
palabra del que suele
suceder que se haga
ocurrencia: lo burlesco
tocando a los labios, la
inversión al oído.
Este
diccionario (que a él se
vaya) me aporta auspicio
de ser fundado en un
punto de partida que yo
tomaba (partir, aquí, es
repartir) del equívoco
del que Joyce (James
Joyce, digo) desliza de
a letter a a litter, de
una letra (traduzco) a
una basura.
Recordamos que una
"me-cenas" por quererle
el bien, le ofrecía un
psicoanálisis, como se
ofrecería una ducha. Y
de Jung además...
En el
juego que evocamos, él
nada hubiese ganado,
yendo derecho a lo mejor
de lo que se puede
esperar del
psicoanálisis en su fin.
¿Al
hacer estercolera de la
letra, es aún Santo
Tomás quien le viene,
como toda su obra lo
testimonia?
O bien
el psicoanálisis
atestigua allí su
convergencia con lo que
nuestra época acusa, del
desenfreno del lazo
antiguo del cual se
contiene la polución en
la cultura.
Yo
había bordado sobre
esto, como por azar un
poco antes del mayo del
68, para no fallarle al
despistado de estas
afluencias que desplazo
donde ando de visita
ahora, en Burdeos ese
día. La civilización, lo
recordaba entonces en
premisa, es la
alcantarilla.
Hay
que decir sin duda que
yo estaba harto del
basurero al que até mi
suerte. Se sabe que no
estoy solo al, por
repartición, confesarlo.
Confesarlo o,
pronunciado en francés
antiguo, el avouère del
cual Beckett hace
balance al Debe que hace
deshecho de nuestro ser,
salva el honor de la
literatura, y me releva
del privilegio que
creería tener de mi
lugar.
La
cuestión es saber si
aquello de lo que los
manuales parecen hacer
alarde, o sea que la
literatura sea
acomodamiento de los
restos, es asunto de
colocación en lo escrito
de lo que en principio
sería canto, mito
hablado, procesión
dramática.
Para
el psicoanálisis, que él
esté suspendido del
Edipo, no lo califica en
nada para reconocerse en
el texto de Sófocles. La
evocación por Freud de
un texto de Dostoievski
no basta para decir que
la crítica de textos,
caza hasta aquí
reservada al discurso
universitario, haya
recibido del
psicoanálisis más aire.
Aquí
mi enseñaza tiene lugar
dentro de un cambio de
configuración que se
muestra con un eslogan
de promoción de lo
escrito, pero del cual
otros testimonios, por
ejemplo, que sea en
nuestros días que por
fin Rabelais sea leído,
muestran un
desplazamiento de los
intereses con lo cual
estoy más acorde.
Ahí
estoy como autor menos
implicado de lo que se
imagina, y mis Escritos,
un título más irónico de
lo que se cree: cuando
se trata, ya sea de
ponencias, función de
Congresos, ya sea
digamos de "letras
abiertas" donde
cuestiono una faceta de
mi enseñanza.
Lejos
en todo caso de
comprometerme en ese
codearse literario en el
cual se denota el
psicoanalista falto de
invención, allí denuncio
la infaltable tentativa
de demostrar la
inadecuación de su
práctica para motivar el
mínimo juicio literario.
Es sin
embargo asombroso que yo
abra este compendio con
un artículo que aislo de
su cronología, y que se
trate allí de un cuento,
él mismo bien particular
de no poder entrar en la
lista ordenada de
situaciones dramáticas:
aquél de lo que adviene
del franqueo de una
letra misiva, de a
sabiendas de quién
suceden sus
reexpediciones, y en qué
términos se sostiene que
yo pueda declararla
llegada a destinación,
luego de que, de los
desvíos que ella
soportó, el cuento y su
cuenta se hayan
sostenido sin ningún
recurso a su contenido.
No es sino más admirable
que el efecto que ella
produce sobre aquellos
quienes por turno la
poséen, alegando todo
del poder que ella
confiere al que ellos
pretenden, pueda
interpretarse, lo que
hago, como una
feminización.
He ahí
habida cuenta de lo que
distingue la letra del
propio significante que
ella conlleva. Lo que no
implica hacer metáfora
de la epístola. Puesto
que el cuento consiste
en que allí pasa [,]
como por arte de magia
[,] el mensaje del cual
la letra hace peripecias
[,] sin él.
Mi
crítica, si considerar
se puede como literaria,
trataría, aquí lo
intento, sólo sobre lo
que Poe hace por ser
escritor al formar un
tal mensaje sobre la
letra. Está claro que al
no decirlo tal cual, no
es insuficientemente, es
tanto más rigurosamente
que él lo confiesa.
Sin
embargo su elisión no
sabría ser elucidada
mediante algún rasgo de
su psicobiografía:
obturada más bien sería.
(Así
la psicoanalista que
restregó los otros
textos de Poe, aquí
abandona la partida).
Mi
texto no sabría más que
los otros resolverse por
la mía: el voto que yo
formularía por ejemplo
de ser al fin leído
convenientemente. Porque
aún haría falta para eso
que se desarrolle lo que
yo entiendo que la letra
lleva para llegar
siempre a su destino.
Es
cierto que, como de
ordinario, el
psicoanálisis aquí
recibe, de la
literatura, si él toma
de la represión en su
campo una idea menos
psicobiográfica.
Para
mí, si propongo al
psicoanálisis la letra
como en suspenso, es que
él muestra ahí su
fracaso. Y es por ahí
que lo aclaro: cuando
invoco así las Luces, es
para demostrar donde él
hace agujero. Lo sabemos
desde hace mucho tiempo:
nada más importante en
óptica, y la más
reciente física del
fotón se arma de ello.
Método
por el cual el
psicoanálisis justifica
mejor su intrusión:
porque si la crítica
literaria pudiera
efectivamente renovarse,
sería por el hecho de
que el psicoanálisis
esté ahí para que los
textos se midan a él, el
enigma estando de su
lado.
Pero
esos de los que no es
mal decir el avanzar
que, más que ejercerlo,
son ejercidos por él,
por lo menos al ser aún
tomados en cuerpo —,
entienden mal mis
propósitos.
Opongo
en su dirección verdad y
saber: la primera es
donde enseguida
reconocen su oficio,
mientras que en el
banquillo, es la verdad
de ellos que espero.
Insisto en corregir mi
tiro con un saber en
jaque: como quien diría
figura en abismo, no es
fracaso del saber. Me
entero, entonces, de que
se creen dispensados de
dar pruebas de saber
alguno.
¿Sería
letra muerta que haya
puesto en el título de
uno de esos fragmentos
que dije Escritos,...,
de la letra la
instancia, como razón
del inconsciente?
¿Acaso
no se designa bastante
en la letra lo que,
debiendo insisitir, no
está allí en pleno
derecho, tan fuerte de
razón que aquello se
avanza? ¿Decirla mediana
o bien extrema, es
mostrar la bifidez donde
se compromete toda
medida, pero no hay
acaso nada en el real
que prescinda de esta
mediación? La frontera
cierto es, al separar
dos territorios,
simboliza que son los
mismos para quien la
franquea, que tienen
común medida. Es el
principio del Umwelt,
que hace reflejo del
Innenwelt. Fastidiosa,
esta biología que se da
ya todo desde el
principio: el hecho de
la adaptación sobre
todo; sin hablar de la
selección, franca
ideología que se bendice
de ser natural. La letra
no es ella... más
propiamente litoral, es
decir figurando que un
dominio entero se haga
para el otro frontera,
de ser extranjeros, al
punto de no ser
recíprocos.
¿El
borde del agujero en el
saber, no es lo que ella
dibuja? ¿Y cómo el
psicoanálisis, si,
justamente lo que la
letra dice "al pie de la
letra" por su boca, no
debía desconocerlo, cómo
él podría negar que él
sea, este agujero, —de
lo que al colmarlo, él
recurra ahí a invocar el
goce?
Queda
por saber cómo el
inconsciente que digo
ser efecto de lenguaje,
en tanto que de aquél
supone la estructura
como necesaria y
suficiente, rige esta
función de la letra.
Que
ella sea instrumento
propio de la escritura
del discurso, no la
vuelve impropia para
designar una palabra por
otra, incluso por otro,
en la frase, para
simbolizar entonces
ciertos efectos de
significante, pero no
impone que ella sea en
esos efectos primaria.
Un
examen no se impone, de
esta primaridad, que no
se debe ni siquiera
suponer, sino de aquello
que del lenguaje llama
litoral a lo literal.
Lo que
he inscrito, valiéndome
de letras, de las
formaciones del
inconsciente para
recuperarlas de donde
Freud las formula, para
ser lo que son, efectos
de significante, no
autoriza a hacer de la
letra un significante,
ni a afectarla, tampoco,
de una primaridad con
respecto al
significante.
Tal
discurso confusional no
ha podido surgir sino de
aquel que me importa.
Pero me importa a otro
que yo designo, llegado
el momento, como
discurso universitario,
es decir el saber usado
a partir de lo
semblante.
La
menor impresión de que
la experiencia de la que
me ocupo, no puede
situarse sino en otro
discurso, debió
abstenerse de
producirlo, sin
confesarlo como mío. Que
me eviten ¡a Dios
gracias! no impide que
al importarme en el
sentido que acabo de
decir, me importunen.
Si
hubiera encontrado
válidos los modelos que
Freud articula en un
Proyecto al horadarse
rutas impresivas, no
habría por eso tomado
metáfora de la
escritura. Ella no es
impresión, aunque no le
guste al bloque
maravilloso.
Cuando
saco partido de la carta
52ª a Fliess, es al leer
lo que Freud podía
enunciar bajo el término
que forja como WZ,
Wahrnehmungszeichen,
como lo más cercano al
significante, en la
época en la que Saussure
todavía no lo ha
reproducido (del signans
estoico). Que Freud lo
escriba en dos letras,
no prueba más que en mí,
que la letra sea
primaria.
Voy a
intentar pues indicar el
meollo de lo que me
parece que produce la
letra como consecuencia,
y con respecto al
lenguaje, precisamente
lo que digo: que lo
habita quien habla.
Tomaré
los rasgos de lo que [,]
de una economía del
lenguaje [,] permite
dibujar lo que promueve
a mi parecer, que la
literatura vire quizás a
lituraterra.
No
causará asombro el verme
proceder a una
démostración literaria
ya que eso es andar al
paso al que la cuestión
se produce. En lo que
puede sin embargo
afirmarse lo que es tal
demostración.
Vuelvo
de un viaje que esperaba
hacer al Japón de lo que
de un primero había
experimentado... de
litoral. Que se me
entienda a medias
palabras de lo que
recién del Umwelt
repudié como volviendo
el viaje imposible: ***
de un lado entonces,
según mi fórmula,
asegurando su real, pero
prematuramente,
solamente por hacer [al
volver], pero por error
[una mala distribución],
imposible la partida, es
decir [o sea ] a lo sumo
cantar "Partamos".
No
mencionaré sino el
momento que obtuve por
[de] una ruta nueva, al
ya no tomarla como fue
la primera vez [,]
prohibida. Reconozco sin
embargo que no fue al ir
[a la ida] a lo largo
del círculo ártico en
avión, que me hizo
lectura lo que veía de
la planicie siberiana.
Mi
ensayo presente, en
cuanto podría
intitularse a propósito
[sobre, de] una
siberiética, no habría
entonces visto la luz
[el día] si la
desconfianza de los
Soviéticos me hubiera
dejado ver las ciudades,
incluso las industrias,
las instalaciones
militares que son
[hacen] para ellos el
precio [valor] de
Siberia, pero no es sino
condición accidental,
aunque menos quizá al
llamarla occisontal, al
indicar [ahí] el
accidente de un
amontonamiento de la
occisión.
La
única decisiva es la
condición litoral, y
ella no jugaba sino al
regreso por [al, de] ser
literalmente lo que el
Japón con su letra me
había sin duda hecho ese
pequeño exceso que es
justo lo necesario [que
se necesita] para que yo
lo sienta, ya que
después de todo yo había
dicho que ahí se
encuentra eso [aquello]
de lo que su lengua
eminentemente se afecta.
Sin
duda este exceso se debe
a lo que el arte
transporta [vehicula,
transmite] de él: diré
al respecto [sobre esto]
que la pintura [ahí]
demuestra de su
matrimonio [sus
esponsales] con la
letra, muy precisamente
bajo la forma de la
caligrafía.
Cómo
decir lo que me fascina
en esas cosas que
cuelgan [se balancean],
kakemono como se dice
vulgarmente, cuelgan
[penden] de los muros de
todo museo en esos
[aquellos] lugares,
llevando inscritos
caracteres, chinos de
formación, que conozco
un poco, pero que, por
poco que los conozca, me
permiten medir lo que
[de esto] se elide en la
cursiva, donde lo
singular de la mano
arrolla [aplasta] lo
universal, o sea
propiamente lo que les
enseño que vale [valer]
solamente a partir del
[por] significante: yo
ya no lo encuentro [ahí]
pero es que soy novicio
[novato]. Ahí además no
está lo importante, pues
incluso que ese singular
acentúe una forma más
firme, y añada [ahí] la
dimensión, la demansión,
ya lo he dicho, la
demansión del
nomasdeuno, esa de la
que se evoca lo que
instauro del sujeto en
el Huno-Demás, por lo
que amuebla la angustia
de la Sincosa [Cos(a)],
o sea lo que connoto con
[la] a hecho aquí
objeto, por ser lo que
está en juego ¿de qué
apuesta que se gana con
tinta y pincel?
Como
irrefutablemente me
apareció, esta
circunstancia no es
vana: de entre las
nubes, el correr del
agua, único rastro
[huella] en aparecer,
[de] operar ahí aún más
que por indicar su
relieve en esta latitud,
en lo que de Siberia
hace planicie, planicie
desolada sin otra
[ninguna] vegetación que
la de [solamente]
reflejos, los cuales
empujan a la sombra lo
que no espejea de ellos.
El
correr del agua es
reunión del rasgo
primero y de aquello que
lo borra. Lo he dicho:
es de su conjunción que
se hace sujeto, pero por
marcar en ella dos
tiempos. Hace falta
entonces que se distinga
allí la tachadura.
Tachadura de cualquier
rastro [huella] que esté
de antemano, es lo que
hace tierra del litoral.
Litura pura, es lo
literal. Producirla, es
reproducir esta mitad
sin par por la que el
sujeto subsite. Ésa es
la hazaña de la
caligrafía. Intenten
hacer esta barra
horizontal que se traza
de izquierda a derecha
para figurar de un trazo
el uno unario como
carácter, les tomará
mucho tiempo encontrar
en qué punto de apoyo
arranca [comienza,
inicia, se lanza, se
acomete], con qué
suspenso se detiene
[para]. La verdad es que
no hay esperanzas para
un occidentado.
Para
eso hace falta un tren
que se atrapa [agarra]
solamente al
desprenderse [desatarse,
desasirse, separarse] de
lo que sea que les tache
[raye].
Entre
centro y ausencia, entre
saber y goce, hay
litoral, que vira a lo
literal solamente si ese
viraje [curva], pudieran
tomarlo, el mismo, en
todo momento. Sólo
[solamente] por eso
pueden ustedes
considerarse [tenerse
por] agente que lo
sostiene.
Lo que
se revela de mi visión
del correr del agua, por
lo que allí domina la
tachadura, es que al
producirse de entre las
nubes, ella se conjuga
con su fuente, que es
justamente a las nubes
que Aristófanes me llama
para encontrar lo que
ocurre con el
significante: o sea lo
semblante [la
apariencia], por
excelencia, si es desde
su ruptura que llueve,
efecto por lo que de él
se precipita, lo que ahí
era materia en
suspensión.
Esta
ruptura que disuelve lo
que hacía forma,
fenómeno, meteoro, y
sobre [a propósito, de]
la que he dicho que la
ciencia se produce al
investigar este aspecto
[atravesar el aspecto],
no será también que al
expulsar lo que de esta
ruptura haría goce de
manera que el mundo o
también [tanto como] lo
inmundo, ahí tenga
[tuviera] pulsión para
figurar la vida.
Lo que
de goce se evoca cuando
se rompe lo [un]
semblante, he ahí lo que
en lo real se presenta
como agrietamiento.
Es del
mismo efecto que la
escritura es en lo [el]
real el abarrancamiento
del significado, lo que
llovió de lo semblante
en tanto ella [él?] es
el significante. La
escritura no calca éste,
sino sus efectos de
lengua, lo que de ésta
se forja por quien la
habla. Ella no remonta
allí sino para tomar
nombre, como sucede con
esos efectos entre las
cosas que denomina la
batería significante por
haberlas enumerado.
Más
tarde desde el avión se
vieron al ahí sostenerse
en isobaras, aunque
fuese al oblicuar de un
terraplén, se vieron
otros rastros [trazos]
normales a aquellos
donde la pendiente
suprema del relieve se
marcaba con ríos.
¿Acaso
no he visto en Osaka
cómo las autopistas se
posan unas sobre otras
como planeadores venidos
del cielo? Además que
allá la arquitectura más
moderna junta con la
antigua para hacerse
aleteo de pájaro [al
hacerse ala al
"abatirse" de un pájaro
cuando se posa].
¿Cómo
el camino más corto de
un punto a otro se
hubiera mostrado sino
por la nube que empuja
el viento mientras él no
cambie de rumbo? Ni la
ameba, ni el hombre, ni
la rama, ni la mosca, ni
la hormiga no hubiesen
sido ejemplo de eso
antes que la luz se
revelara solidaria de
una curvatura universal,
ésa donde la recta se
sostiene sólo del
inscribir la distancia
en los factores
efectivos de una
dinámica de cascada.
De
recta solamente hay
escritura, como de
agrimensura solamente
venida del cielo.
Pero
escritura como
agrimensura son
artefactos que solamente
habitan el lenguaje [por
habitar sólo el
lenguaje]. ¿Cómo lo
podríamos olvidar cuando
nuestra ciencia es
operante sólo por un
escurrimiento de
letritas y de gráficos
combinados?
Bajo
el puente Mirabeau
cierto es, como bajo
aquél del que una
revista que fue mía hizo
su insignia, al tomar
prestado este
puente-oreja a Horus-Apolo,
bajo el puente Mirabeau,
sí, corre el Sena
primitiva, y es una
escena tal que ahí puede
derrotar al V romano de
la hora cinco (cf. el
Hombre de los lobos).
Pero además no se goza
de eso sino llueve allí
la palabra de
interpretación.
Que el
síntoma instituya el
orden con el que se
evidencia nuestra
política, implica por
otra parte que todo lo
que se articule con este
orden sea pasible de
interpretación.
***
Por
eso tenemos [buena]
razón de poner el
psicoanálisis en el
primer lugar de la
política. Y esto podría
no ser muy fácil para lo
que de la política ha
hecho figura hasta aquí,
si el psicoanálisis se
revelara [de esto]
advertido [enterado,
sagaz].
Bastaría quizás, nos
decimos sin duda eso,
que de la escritura
sacáramos otro partido
que de tribuna o de
tribunal, para que [ahí]
se jueguen otras
palabras a hacernos [de
eso] el tributo.
No hay
metalenguaje, pero lo
escrito que se fabrica
del lenguaje es material
quizá de fuerza para que
[ahí] se cambien
nuestros propósitos
[palabras].
¿Es
acaso posible del
litoral constituir tal
discurso que se
caracteriza por no
emitirse de lo semblante
[la apariencia]? Allí
está la pregunta que se
propone sólo de la
literatura dicha de
vanguardia, la cual está
ella misma hecha de
litoral: y entonces no
se sostiene de lo
semblante [de la
apariencia], pero por
eso no prueba nada sino
la rotura [fractura],
que sólo un discurso
puede producir, con
efecto de producción.
Es lo
que parece pretender una
literatura en su
ambición de
lituraterrizar, es
ordenarse con un
movimiento que ella
llama científico.
Es un
hecho que la escritura
[ahí] ha hecho maravilla
y que todo señala que
esta maravilla no está
por agotarse.
Sin
embargo la ciencia
física se encuentra, va
a verse reducida a la
consideración del
síntoma en los hechos,
por la polución de eso
que de lo terrestre
llamamos, sin más
crítica que el Umwelt,
el entorno: es la idea
de Uxküll behaviorizada,
es decir cretinizada.
Para
lituraterrizar yo mismo,
hago notar que no he
hecho en el
abarrancamiento que lo
llena de imágenes,
ninguna metáfora. La
escritura es ese
abarrancamiento mismo, y
cuando hablo de goce,
invoco legítimamente lo
que acumulo de autorio:
no menos por ahí esas de
las que me privo, pues
ello me ocupa
[entretiene].
Quisiera testimoniar
sobre [de] lo que se
produce de un hecho ya
anotado [indicado]: a
saber el de una lengua,
el japonés, en tanto que
la trabaja la escritura.
Que
haya incluido en en la
lengua japonesa un
efecto de escritura, lo
importante es que él se
quede ligado a la
escritura y que lo que
es portador del efecto
de escritura [ahí] sea
una escritura
especializada en el
hecho [lo] que en
japonés ella pueda
leerse con dos
pronunciaciones
diferentes: en on-yomi,
su pronunciación en
carácter, el carácter se
pronuncia como tal
distintamente, en
kun-yomi la forma con la
que se dice en japonés
lo que él quiere decir.
Sería
cómico [ahí] ver
designar, con pretexto
de que el carácter es
letra, los restos
[pecios] del
significante corriendo
en los ríos del
significando. Es la
letra como tal que hace
sostén al significante
según su propia ley de
metáfora. Es por lo
demás [además]: del
discurso, que él la
agarra en la red de lo
semblante [la
apariencia].
Ella
es sin embargo promovida
de allí como referente
tan esencial como toda
cosa, y esto cambia el
estatuto del sujeto. Que
él se respalde en un
cielo constelado, y no
solamente en el rasgo
unario, para su
identificación
fundamental, explica que
no pueda tomar respaldo
sino en el Tú, es decir
en todas las formas
gramaticales de las
cuales el mínimo
enunciado varía de las
relaciones de cortesía
[respeto] que él implica
en su significado.
La
verdad refuerza [ahí] la
estructura de ficción
que [ahí] denoto, de lo
que esta ficción esté
sometida a las leyes de
la cortesía.
Singularmente esto
parece trer el resultado
de que no haya nada que
defender de reprimido,
ya que lo [él] reprimido
[él] mismo consigue
alojarse en [de] la
referencia a la letra.
En
otros términos el sujeto
está dividido como en
todas partes por el
lenguaje, pero uno de
sus registros puede
satisfacerse de la
referencia a la
escritura y el otro de
la palabra.
Es sin
duda lo que le ha dado a
Roland Barthes ese
sentimiento embriagado
que de todas estas
maneras el sujeto
japonés no hace
envoltura a nada. El
Imperio de los signos,
intitula él su ensayo
queriendo decir: imperio
de los semblantes [las
apariencias].
El
Japonés, me han dicho,
la encuentra mala.
Porque nada [es, hay]
más distinto del vacío
cavado por la escritura
que lo semblante [la
apariencia]. El primero
es cubilete presto
siempre a [para] hacer
acogida al goce, o por
lo menos a invocarlo de
[con, como] su
artificio.
Según
nuestros habitos, nada
comunica menos de sí que
un tal sujeto que en
resumidas cuentas no
esconde nada. Él sólo
tiene que manipularles:
ustedes son un elemento
entre otros del
ceremonial donde el
sujeto se compone
justamente de poder
descomponerse. El
bunraku, teatro de
marionetas, hace ver la
estructura muy
[sumamente] ordinaria
[de eso] para aquellos a
quienes da sus
costumbres mismas.
Además, como en el
bunraku todo lo que se
dice podría ser leído
por un recitador. Es lo
que ha debido aliviar a
Barthes. El Japón es el
lugar donde es lo más
natural valerse de un o
de una intérprete,
justamente de lo que él
no necesita la
interpretación.
Es la
traducción perpetua
hecha lenguaje.
Lo que
me gusta, es que la
única comunicación que
[ahí] tuve (aparte de
los Europeos con los que
sé manejar nuestro
malentendido cultural),
es también la única que
allá como en otras
partes pueda ser
comunicación, de no ser
diálogo: a saber la
comunicación científica.
Ella
llevó un eminente
biólogo a demostrarme
sus trabajos,
naturalmente en el
pizarrón. El hecho de
que, por falta [falto]
de información, no
comprendí nada, no
impide ser válido a lo
que quedaba escrito
allí. Válido para las
moléculas de las que mis
descendientes se harán
sujetos [súbditos], sin
que yo haya tenido nunca
que saber cómo les
transmitía lo que volvía
verosímil que conmigo yo
los clasifique de pura
lógica, entre los seres
vivos.
Una
ascesis de la escritura
no me parece que pueda
pasar sino al juntarse a
un "está escrito" del
cual se instauraría la
relación [referencia,
correspondencia,
analogía] sexual".
Jacques Lacan